Trump, 1 – Resto del Mundo, 0
Lo que ha demostrado Donald Trump este año es que es mucho más consistente de lo que la gente creía o esperaba. Sus supuestos exabruptos son mucho más que las reacciones de alguien temperamental.

Trump en la ONU
Después de haber apostado en su mayoría por una victoria de Kamala Harris, los europeos recibieron la victoria de Donald Trump cual espectadores de la película de Walt Disney Pinocho: volvía un niño caprichoso y mentiroso, tendente a meterse en líos, pero, al final, con la perseverancia y ayuda de sus mayores, la historia acaba bien. Vuelve al redil familiar y se convierte en una persona normal.
Al año, ahora se cumplen los primeros doce meses de Donald Trump en la Casa Blanca, los europeos empiezan a reconocer que se equivocaron de película y que, en lugar de la fábula de Carlo Collodi, lo que están viviendo es, en realidad, una película de terror. Por ejemplo, The Thing, de John Carpenter, donde un alien se va apoderando de los miembros de un equipo de científicos en la Antártida, de uno en uno, actuando desde dentro y sin mostrarse claramente. Y, sin embargo, un ser letal que va dinamitando inexorablemente la existencia de la base. Los europeos piensan hoy que el alien es claramente Trump y la base de la película, Occidente tal y como lo conocíamos desde la Segunda Guerra Mundial.
Primero fueron los aranceles. Contra todos y con diversa severidad. Anuncios de castigos comerciales de hasta el 50%, rebajas posteriores y cambios de fecha de entrada en vigor; los europeos aceptaron un acuerdo comercial que les penalizaba un 15% en sus exportaciones a Estados Unidos, pensando calladamente que los aranceles, al final, no se aplicarían durante mucho tiempo, ya que provocaría inflación en América y el lógico descontento de los consumidores americanos, que perderían capacidad adquisitiva. Eso, al menos, era lo que decía la teoría de los economistas liberales. Sin embargo, un año más tarde, esa supuesta inflación no se ha producido y nadie cuestiona en Estados Unidos ni el recurso a los aranceles ni, más importante, la vinculación de la política económica y comercial al diseño geoestratégico de la nueva Administración. Algo del todo incomprensible en Europa, donde Colbert y el mercantilismo son cosas del pasado remoto.
Luego vino el apoyo de Trump a Israel en la campaña de bombardeo para destruir el programa nuclear iraní, el pasado mes de junio. Los europeos se habían autoconvencido de que Donald Trump era como la gaseosa, mucha burbuja pero que se disipa rápidamente. Perro ladrador pero poco mordedor, abiertamente reluctante al uso de la fuerza. Aún más, siempre se han mofado de que a Trump se le podía frenar al final oponiendo algo de resistencia: el famoso TACO o Trump Always Chicken Out. Al fin y al cabo, no había abandonado a Ucrania con tan sólo unas promesas europeas de enviar más ayuda, ni se había ido de la OTAN tras el vago compromiso de que los aliados de América incrementasen su gasto en Defensa de aquí a 2030 (con la excepción del primer ministro español Sánchez, quien aspira a abanderar una internacional anti-Trump). Pero Trump envió a sus aviones furtivos para liquidar las principales instalaciones nucleares iraníes, para temor de los europeos, que siempre han dicho que esa acción militar provocaría el apocalipsis. Pero no fue así y hoy, como sabemos, el régimen de los ayatolás se encuentra en la cuerda floja, atenazado por un pueblo envalentonado que ya no lo soporta más.
Cuando ya habían caído en el olvido las consideradas bravuconadas irresponsables de Trump sobre Panamá, Canadá y Groenlandia, vino la nueva estrategia de seguridad nacional, en la que claramente se elaboraba una nueva versión de la Doctrina Monroe, la ahora llamada Doctrina Donroe, donde, más que América para los americanos, la columna vertebral es “América sin nadie de fuera, especialmente China”. Cuando todavía se estaba digiriendo en las capitales europeas la seriedad del documento, llegó el shock de la detención por fuerzas especiales y en Caracas del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y su inmediato envío a un tribunal en Nueva York. El shock fue doble. Por un lado, para la izquierda, que veía desaparecer un pilar esencial de eso que se llama el “socialismo del siglo XXI”; por otro, para los moralistas liberal-conservadores europeos, por el realismo pragmático de un Trump que no reinstauraba la democracia de golpe en Venezuela. Pero quizá el shock más significativo fuera el que sufrieron en Teherán, al quedarse sin su principal mercado para su gasolina y para China, que quería acceso barato al crudo pesado venezolano. Y también para Rusia, que perdía un aliado en el continente. Por no hablar de Cuba, que se quedaba sin sustento vital.
Finalmente llegaron las manifestaciones de la población contra los ayatolás en Irán y la posibilidad de un nuevo ataque americano, esta vez contra el régimen. A pesar de que el build-up de las fuerzas militares en la región prosigue su curso, por lo que todas las opciones siguen sobre la mesa, la atención ha girado del Golfo a Groenlandia. Una isla helada, supuestamente rica en minerales raros, pero, sobre todo, emplazada en un lugar estratégico para controlar el Ártico, pegada a América, dependiente de Dinamarca –aunque no forma parte de la UE–, escasamente poblada y merodeada por chinos y rusos. Trump la quiere como un valor esencial de su seguridad nacional y los europeos se revuelven. No porque le hayan prestado atención previamente a Groenlandia, o porque tengan planes para aprovecharse de su riqueza, o crean que deben defenderla frente a las amenazas del Este. No, se revuelven porque no pueden aceptar que su principal aliado se la arrebate bajo lo que consideran pura coerción. Una vez más, para buena parte de Europa valen más las formas que la sustancia. Para los más aguerridos, se trata de una cuestión de honor, aunque la realidad sea que el despliegue militar para oponerse a los planes de Trump haya sido una docena de alemanes, unos pocos noruegos, un británico y poco más. Y sólo durante unos pocos días. Al enrocarse en una guerra de sentimientos, como en Ucrania, la UE se ha colocado ella solita en el centro de una crisis que amenaza su cohesión y futuro, negándose a explorar otras opciones, como un leasing a largo plazo. Europa acabará perdiendo su honor, Groenlandia y quién sabe qué más por su ceguera y empecinamiento.
Lo que ha demostrado Donald Trump este año es que es mucho más consistente de lo que la gente creía o esperaba. Sus supuestos exabruptos son mucho más que las reacciones de alguien temperamental. El tiempo, se dice, todo lo coloca en su sitio, y lo estamos viendo en estos 12 primeros meses. El mundo de Trump se condensa en lo que para Europa es la venganza de sus clásicos, olvidados gracias al postmodernismo que se ha apoderado de las elites dirigentes del Viejo Continente, ya sean de izquierdas, centro o derecha. Por un lado, tenemos a Lord Palmerston, quien defendía en su tiempo que Inglaterra no tenía ni enemigos ni aliados permanentes, sólo intereses permanentes. Visión que Donals Trump aplica ahora a Estados Unidos de una manera muy clara y tajante; por otro, tenemos a los mercantilistas, como el francés Colbert, quien abogaba por la protección de la riqueza nacional mediante el uso de aranceles y cuotas al comercio internacional. Es más, defendía la intervención del Estado en la política económica y comercial con los instrumentos a su alcance. Algo con lo que también Donald Trump está de acuerdo. También tenemos al geógrafo británico MacKinder, uno de los padres de la geopolítica y las ideas sobre el control de las líneas marítimas, el corazón continental y el espacio vital de los estados. Sólo desde este pensamiento olvidado se puede entender qué quiere y cómo lo quiere la América de Trump, no por los intereses financieros de Jared Kushner, como siempre suele decirse simplistamente.
El mundo de Trump es un mundo bipolar, con una América compitiendo directamente con China en todos los niveles. Rusia no tiene la capacidad para ser un gran adversario salvo que se convierta en una marioneta de Pekín. Y Europa es o irrelevante o una molestia pasajera. Pero por culpa de la propia Europa, que habría renunciado a sus valores y principios para convertirse en un conjunto de países envejecidos, dependientes y dominados por una burocracia postoccidental. Un continente que mira con terror la razón de ser de la ICE americana y con pavor sus tácticas contra los inmigrantes ilegales. Esencialmente porque ha aceptado que la ley y el orden público pueden ser vulnerados por la izquierda y los antisistemas a su antojo con absoluta impunidad.
La realidad es que Trump y Europa se enfrentan no por un pedazo de tierra inhóspita como Groenlandia, sino por dos formas de ver y entender la vida y el mundo, el orden, la libertad y la autoridad, la familia y la fe, la tradición y la modernidad. El error estratégico e histórico de los europeos es huir de Trump para caer en los brazos de China, como si ese Estado tecno-totalitario bajo el poder del Partido Comunista fuera a proteger mejor nuestro futuro. Sólo a una mente sin alma y con rasgos autoritarios se le podrá ocurrir algo así. Desgraciadamente, como Washington advierte, a eso es a lo que nos lleva Bruselas.