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El mundo sin Europa

Ese es el triste destino de un continente que ha apostado por su propia desaparición. Que quería ser el gran regulador y faro del mundo pero que se está suicidando homeopáticamente

Foto de familia de autoridades de Europa, durante un acto por Ucrania

Foto de familia de autoridades de Europa, durante un acto por UcraniaAFP

En los últimos años (y más recientemente en la era Trump) los expertos estratégicos y en asuntos internacionales han gastado toneladas de tinta y papel en intentar predecir cómo sería el mundo sin América. Gurús diplomáticos, ensayistas de prestigio, ex dirigentes políticos, y editoriales de renombre han dedicado sangre, sudor y dinero para avisar de todo lo malo que se les avecinaba a los europeos cuando Washington mirara hacia otro lado, por encima de sus cabezas o se replegará en sí misma. Títulos como “El retorno de la Jungla” o “El fin de Occidente” o “Un Mundo sin América” ilustran esta tendencia.

Pero tenemos que admitir que estos intentos de aviso y, a la vez, expresiones de temor, han resultado del todo equivocados. Lo que estamos viviendo en el segundo mandato de Donald Trump no es un repliegue de América hacia la introspección estratégica. Que se lo digan a Jamenei o Maduro sin ir más lejos. Ni estratégica un languidecer de Occidente hacia la irrelevancia. Hoy América es más fuerte, más rica y está mejor preparada para la revolución tecnológica de nuestros días, que hace 4 años.

No. Lo que los expertos no han sabido o querido ver, posiblemente motivados por su exceso de eurocentrismo mental, es la realidad de la situación: 

No es América la que se va del mundo, es Europa, en realidad, quien lo deja. 

En lugar de escribir sobre un mundo sin América, más valdría que hubieran pensado en un mundo sin Europa. Nos habrían preparado mejor para los retos a los que se tienen que enfrentar todos los europeos.

En primer lugar, Europa tiene un grave problema militar para el que no tiene ninguna solución: Ucrania. Deseosos de satisfacer a Joe Biden se lanzaron a una escalada retórica de apoyo a Zelenski hasta el final y, lógicamente, de confrontación con el Kremlin, sin tener la voluntad ni la capacidad de cumplir con sus promesas. Sin los Estados Unidos -y eso lo sabe bien Zelenski- Ucrania está perdida. Pero los dirigentes de la UE siguen hablando como si estuvieran dispuestos a lanzarnos a la III Guerra Mundial, salvo que no cuentan ni con las armas ni con los soldados para librarla. Pero en lugar de buscar una desescalada en la retórica y aceptar lo inevitable, que solo Donald Trump podría forzar un acuerdo de paz, por doloroso que fuese para Ucrania, Europa sigue subida al tren de la belicosidad, metiendo miedo a su población y dibujando escenarios apocalípticos pero poco más.

En segundo lugar, Europa tiene un gravísimo problema social que arranca de hace décadas pero especialmente agudizado por las nefastas y decisiones de quien se consideraba ser el faro de Europa, la canciller Angela Merkel

Y ese problema tiene nombre y apellidos: la inmigración descontrolada y el islamismo. 

No hay país ni ciudad que no sufra un aumento de una minoría religiosa islamista y que no trate de imponer sus normas sobre las tradiciones y creencias tradicionales europeas. Lo vemos todos los días en las cifras de criminalidad y, muy particularmente, en los ataques contra la integridad y seguridad de las mujeres. Pero también lo acabamos de sufrir estas Navidades pasadas con los múltiples ataques a los símbolos cristianos y en los lugares donde las familias suelen disfrutar en estos días, mercadillos y plazas públicas. No es de extrañar que la nueva estrategia de seguridad de Estados Unidos avise de que si Europa no cambia de rumbo en el 2040 habrá dejado de ser Europa.

Tercero, Europa sufre un grave problema de retraso económico y tecnológico. En lugar de ser un paraíso de desarrollo, sólo ha sabido regular y regular hasta asfixiar por completo cualquier atisbo de innovación. No está ni en la carrera de la IA, ni en el espacio, ni en la energía. La lucha contra las grandes tecnológicas americanas y el afán de la UE por tasar sus actividades, más producto de su propia impotencia que de afán de justicia retributiva, aleja cada días más al Viejo Continente del futuro. Aún peor, el miedo al abandono americano, cuando no asco a la figura del presidente Trump, lleva a un abrazo suicida a China, como si los coches eléctricos de Xi Jinping no vinieran cargados de totalitarismo y deseos de dominación global. Mientras la burocracia de la UE siga siendo la fuente dominante de legislación industrial, las naciones europeas están condenadas al fracaso.

En cuarto lugar, Europa es prisionera de sus malas decisiones energéticas y su apuesta por la llamada “transición energética”, que supuestamente pondría a Europa a la cabeza de la descarbonización. Lo que nunca se dijo es que además de la factura trillonaria de ese paso, que todo el entramado reposaba en el acceso garantizado al gas ruso y al Gas Natural Licuado del Golfo. El enfrentamiento con Rusia y las sanciones cerraron ese acceso y los impuestos a los hidrocarburos de todo tipo amenaza a que el principal proveedor, Qatar, deje de vender a Europa. 

O la UE renuncia su ambiciosa agenda energética o se queda sin energía. No ha más opciones.

De momento ya ha dado marcha atrás en la prohibición de los coches de combustión fijadas en el 2030, a la vuelta de la esquina. La alergia a la energía nuclear alimentada por Merkel y toda la izquierda europea tampoco ayuda.

Finalmente, Europa tiene un grave problema político. Habiéndose creado como el paraíso terrenal de la libertad y el bienestar, sus continuos problemas para hacer realidad sus promesas han llevado a un creciente autoritarismo, un sistema institucional que tiende a bunquerizar el establishment y a condenar a cualquier otra opción que no comulgue con eso que se viene denominando el “consenso socialdemócrata”, a saber, menos nación, más Estado, más impuestos, más regulación y más control social. 

Pero si todo eso parecía ser aceptado por los ciudadanos era a cambio de dos cosas vitales: seguridad y prosperidad. Nada de ello se ofrece hoy.

Al contrario, los europeos son cada vez menos ricos o más pobres y se sienten agredidos en su suelo y amenazados por una previsible gran guerra otra vez. Son un cambio en las élites políticas del continente es muy difícil que Europa salga del actual impasse. Desgraciadamente, los dirigentes de la UE están empeñados en evitar que ese cambio se produzca. De ahí su creciente autoritarismo y su desdén a los valores profundos de la democracia. España es un caso especialmente agudo en este terreno, pues su actual presidente ha transformado la democracia española en una cáscara completamente hueca de valores y respeto a los procedimientos democráticos. Pero el Reino Unido va en la misma dirección, por no hablar de Francia o Alemania. Se detiene a la gente por rezar en la calle, pero solo si son cristianos; se multa y encarcela por dar opiniones contrarias a las políticas gubernamentales porque toda crítica se juzga como un delito de odio, especialmente si trata de la inmigración. Se aspira a eliminar judicialmente a los líderes de la oposición ajenos al establishment y se promueve la ilegalización de los partidos que no forman parte de ese gran consenso nacido tras la Segunda Guerra Mundial.

Pero mientras está incipiente “guerra civil fría” tiene lugar, Europa se ha vuelto invisible como actor en el resto del mundo. No pinta nada en Oriente Medio (para bien); se alinea contra el cambio de los dictadores (véanse las declaraciones sobre la captura de Maduro o sobre el régimen iraní); y se cree que poniéndose chulito ante su principal aliado, los Estados Unidos, se vuelve más fuerte. En Moscú y Pekín debe haber mucha gente riéndose sonoramente.

Y lo peor de todo, es que un mundo sin América sería inhabitable, pero un mundo sin Europa apenas sufriría.

Ese es el triste destino de un continente que ha apostado por su propia desaparición. Que quería ser el gran regulador y faro del mundo pero que se está suicidando homeopáticamente, eso sí, ante el bostezo generalizado los demás.

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