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El Gran Cisma de Occidente 2.0

Mientras Europa ha avanzado hacia una forma de post-occidentalismo, con Trump los Estados Unidos han iniciado un movimiento de reafirmación civilizatoria.

Ursula Von der Leyen y Donald Trump durante las negociaciones de un acuerdo comercial

Ursula Von der Leyen y Donald Trump durante las negociaciones de un acuerdo comercialAFP

Rafael Bardají
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En el verano del año 1054, una escena aparentemente menor tuvo lugar en Constantinopla. Una delegación enviada por el papa León IX entró en Santa Sofía durante la liturgia y dejó sobre el altar una bula de excomunión contra el patriarca Miguel Cerulario. El gesto fue tan solemne como provocador. Días después, la respuesta fue simétrica: el patriarca excomulgó a los enviados romanos. Aquella ceremonia selló lo que la historia conocería como el Gran Cisma entre Roma y Bizancio.

Lo llamativo es que, durante años, pocos contemporáneos entendieron que aquello no era una disputa teológica más, sino el síntoma visible de una fractura civilizatoria profunda. Roma y Constantinopla habían dejado de compartir la misma idea de autoridad, de poder y de tradición. El Occidente y el Oriente cristianos ya no eran el mismo mundo.

Algo parecido está ocurriendo hoy entre Estados Unidos y Europa. El vicepresidente americano, JD Vance, lo anunció hace ahora un año, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, cuando alertó de la deriva autoritaria de Europa y su renuncia a los valores que definían la sociedad liberal occidental. Y se ha culminado hace unos pocos días con la negativa del Departamento de Estado norteamericano a conceder visados de entrada al país a antiguos comisarios de la UE abiertamente partidarios de censurar la libertad de expresión de las grandes redes sociales americanas que operan en el Viejo Continente.

El grito no se ha hecho esperar y en Bruselas y buen número de capitales europeas ya denuncian al presidente Trump y su Administración como enemigos de Europa.

Pero se trata de una reacción profundamente equivocada.

Donald Trump no es una excentricidad pasajera, sino la expresión política de una ruptura cultural previa. Su ascenso refleja una reacción contra un modelo de globalización que ha debilitado la soberanía nacional, erosionado las clases medias y relativizado pilares básicos de la civilización occidental como la libertad de expresión, la identidad nacional, las fronteras, el mérito y el trabajo productivo.

Mientras Europa ha avanzado hacia una forma de post-occidentalismo, Estados Unidos –o al menos una parte sustancial de la sociedad americana– ha iniciado un movimiento de reafirmación civilizatoria.

Europa y el camino post-occidental

La Europa actual se define cada vez menos por lo que es y más por lo que rechaza. Rechaza su pasado, sospecha de su identidad cultural, desconfía de la nación como marco político y considera problemático cualquier apego a la tradición. La Unión Europea ha evolucionado desde un proyecto económico pragmático hacia una estructura ideológica, marcada por la hiperregulación, el intervencionismo y una concepción restrictiva de la libertad de expresión en nombre de causas supuestamente superiores.

El resultado es un continente envejecido, demográficamente frágil, energéticamente dependiente y estratégicamente irrelevante. Incapaz de defenderse sin Estados Unidos, Europa tampoco parece capaz de definir qué valores quiere defender. En lugar de ejercer liderazgo moral, se limita a emitir normativas.

"El trumpismo no busca destruir Occidente, sino rescatarlo de su disolución progresista. Por eso resulta incomprensible para las élites europeas, que han asumido como inevitable –e incluso deseable– el tránsito hacia un mundo postnacional, postreligioso y posthistórico".

En este contexto, la crítica de Trump a Europa –su exigencia de mayor gasto en defensa, su rechazo a los dogmas climáticos o su denuncia de la censura ideológica– no es un capricho, sino una constatación incómoda: Europa ya no actúa como un actor occidental pleno, sino como una civilización cansada de sí misma.

Estados Unidos como la nueva Bizancio

Aquí es donde la analogía histórica cobra fuerza. Tras la caída de Roma, el Imperio no desapareció. Se trasladó al Este. Bizancio conservó la ley romana, la estructura imperial, la tradición cristiana y una fuerte conciencia de continuidad. Mientras Occidente se fragmentaba, Oriente resistía.

Estados Unidos ocupa hoy una posición similar. A pesar de sus crisis internas, conserva elementos fundamentales que Europa ha ido diluyendo: una Constitución venerada, una defensa robusta de la libertad de expresión, una identidad nacional compartida y una base moral –religiosa o cívica– que sigue articulando la vida pública.

El trumpismo no busca destruir Occidente, sino rescatarlo de su disolución progresista. Por eso resulta incomprensible para las élites europeas, que han asumido como inevitable –e incluso deseable– el tránsito hacia un mundo postnacional, postreligioso y posthistórico.

Occidente no desaparece, Europa lo abandona. Y en esta ocasión no se preserva en Oriente, sino en el Oeste, los Estados Unidos de América.

Un cisma, no un colapso

Hablar de cisma es más preciso que hablar de declive. Occidente no está muriendo: se está dividiendo. De un lado, una Europa que renuncia a sus fundamentos en nombre de una utopía tecnocrática; del otro, una América que, con Trump como catalizador, intenta preservar aquello que considera esencial.

Como en el siglo XI, la ruptura no se produce de golpe ni mediante una declaración formal. Se manifiesta en desacuerdos acumulados, en gestos simbólicos, en incomprensiones mutuas. Europa ve en Trump una amenaza. Trump ve en Europa un aviso.

La Historia enseña que estas fracturas no se resuelven con buenos modales ni comunicados conjuntos. Son rupturas de visión del mundo. Roma y Bizancio siguieron caminos distintos durante siglos. Compartían un origen común, pero ya no un destino.

La pregunta, hoy, no es si Trump divide a Occidente. La pregunta es si Europa aún quiere seguir siéndolo.

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