ANÁLISIS
¿Médico o "vendedor de coche"? el informe 'Lobos con batas blancas' del HHS revela cómo doctores presionaron a adolescentes para someterse a procedimientos trans
Un informe oficial del Departamento de Salud y Servicios Humanos documenta cómo hospitales y médicos empujaron a menores hacia hormonas y cirugías irreversibles, minimizaron traumas previos y abandonaron a quienes después quisieron dar marcha atrás.

Personas asisten a una manifestación por el Día de la Visibilidad Trans en Washington
El Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos (HHS) publicó el jueves el informe Lobos con batas blancas, en el que se revelan historias de menores que, según el documento, fueron presuntamente presionados por hospitales y médicos a iniciar tratamientos de afirmación de género. El texto describe cómo, en varios casos, los profesionales minimizaron traumas previos, impulsaron intervenciones médicas rápidas y ofrecieron poco apoyo cuando los pacientes intentaron detener o revertir el proceso.
A continuación, seis de las historias recogidas en el informe.
Sydney Aviles: de la testosterona a los 14 a las secuelas permanentes
Sydney empezó la pubertad a los 9 años. Los cambios corporales, un abuso sexual y el divorcio de sus padres la hicieron sentir “monstruosa”. Tras ver un reportaje sobre personas trans, se convenció de que podía escapar de su cuerpo femenino.
A los 14 años una terapeuta la derivó al Lurie Children’s Hospital de Chicago. Allí le recetaron testosterona sin evaluar a fondo su historial ni advertirle de todos los riesgos. A los 18 se sometió a una doble mastectomía.
Los efectos secundarios llegaron rápido: hipotiroidismo, elevación de glóbulos rojos y problemas cardíacos. Tuvo que dejar la testosterona. Recuperó la menstruación, pero también los síntomas severos de PMDD, y sigue necesitando medicación.
Hoy carga con arrepentimiento y daños irreversibles. Ningún médico sabe cómo ayudarla porque su caso es prácticamente nuevo.
Lily Burns: cómo un chat en Roblox cambió la vida de su hijo
Lily y su marido creían proteger a sus hijos limitando el acceso a internet. No sabían que juegos como Roblox tenían chats. A través de uno de ellos, su hijo Michael conoció a un hombre trans y entró en la ideología de género.
Cuando anunció que era trans y quería ir con un vestido al baile de homecoming, lo llevaron a la clínica Kaiser Permanente en Denver. Tras solo tres citas, una psicóloga diagnosticó disforia de género, recomendó hormonas y lo derivó al Children’s Hospital Colorado. Con 17 años empezó el tratamiento.
Después, un terapeuta LGBTQ+ reforzó una mentalidad de víctima. Michael, que había sido superdotado (CI superior a 140), suspendió la universidad y se distanció de sus padres.
Hoy, con 24 años, sigue identificándose como trans. Su cuerpo está alterado de forma permanente. Los padres han tardado años en reconstruir la relación y cargan con el dolor de lo que consideran un daño irreversible causado por hospitales capturados por la ideología de género.
Rose Marie: de la calle a la testosterona y de vuelta a la calle
Rose Marie pasó su adolescencia en el sistema de acogida y a los 16 años estaba sin hogar en Phoenix. En el centro LGBTQ+ One·N·Ten encontró comida, refugio y una comunidad que afirmaba la identidad de género. Allí conoció la ideología trans.
El centro organizaba actividades con una drag queen que enseñaba a niños pequeños a travestirse, ofrecía presentaciones gráficas sobre sexo e ideología de género y tenía un cajón de fajas de pecho decoradas con superhéroes.
Rose empezó a identificarse primero como no binaria y luego como hombre. Se sintió presionada a seguir el ejemplo de los mayores y del personal, de quienes dependía para vivir.
El centro la derivó a la clínica Prisma Community Care, donde le diagnosticaron disforia de género. Como era tutelada del Estado, no pudo empezar hormonas hasta casi cumplir 18. Usó la app Plume Clinic: solo 15 minutos de consulta por videollamada y le dieron la receta. El día de su cumpleaños se inyectó testosterona por primera vez.
Durante cuatro años se inyectó semanalmente. La voz se le engrosó, perdió la menstruación y le creció vello. Al final de cada semana se sentía enferma. En 2025 dejó la testosterona y empezó a destransicionar, pero su cuerpo no ha vuelto a la normalidad: voz grave, fatiga, debilidad, hormigueos, problemas para ir al baño y ciclo irregular. Los médicos le dicen que está en "territorio inexplorado".
Perdió a todos sus amigos, volvió a quedarse sin hogar y carga con la culpa de haber influido en otros jóvenes vulnerables que también se sometieron a estos tratamientos.
Clementine Breen: de los 12 años a la mastectomía y el arrepentimiento
Clementine tenía 12 años cuando, sin haber procesado un abuso sexual sufrido a los 7, empezó a odiar los cambios de la pubertad. Buscó en internet “por qué odio ser niña” y encontró la ideología de género. La transición le pareció una forma de escapar de su cuerpo.
Una consejera escolar contactó de inmediato a sus padres y coordinó su transición social en el colegio. En la primera cita en el Children’s Hospital de Los Angeles, los médicos dijeron a los padres que era "100% trans" y que corría alto riesgo de suicidio si no la afirmaban.
A los 12 años le pusieron bloqueadores Lupron, a los 13 testosterona y a los 14 se sometió a una doble mastectomía. Nadie evaluó a fondo el abuso sexual. Tras la cirugía le duplicaron la dosis de testosterona. Empezó a sufrir insomnio, trastornos alimentarios, ira, autolesiones y un episodio psicótico. Le recetaron varios psicofármacos, pero nadie relacionó los síntomas con las hormonas.
A los 18 años, en terapia para el trauma, comprendió el origen real de su malestar y dejó la testosterona. La psicosis desapareció. Hoy tiene ciclos irregulares, dolores intensos, atrofia vaginal y necesita estrógeno tópico. Cuando busca reconstrucción de pecho le cuestionan su estabilidad mental; a los 14 no le hicieron esas preguntas.
Estudia teatro en UCLA y se considera bien, pero carga con secuelas permanentes. Su mensaje es claro: "Si no puedo darte una razón de por qué lo hago, no deberías hacerlo. ¿Cómo puede un niño consentir perder la fertilidad?".
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Karina Mariani
Luke Healy: de los foros a los 10 años a la destransición
A los 10 años, explorando anime online, Luke se topó con adultos que hablaban de transgenderismo. A los 13 se convenció de que era una niña. Sus padres se negaron a consentir hormonas mientras fuera menor; hoy lo considera "una de las cosas más valientes que hicieron".
A los 18 años, sin embargo, Luke empezó a obtener estrógeno a través de proveedores como Planned Parenthood y Kaiser. Lo tomó dos años y medio y consultó cirugías (le cotizaron $200.000 dólares por feminización facial). Un médico le habló "como un vendedor de coches". Luke se dio cuenta de que le estaban vendiendo procedimientos, no ayuda psicológica. Las hormonas no resolvieron su malestar; solo generaban presión para más intervenciones.
Reconoció el mismo patrón destructivo que en su adicción a las drogas. Dejó las sustancias, recuperó su nombre masculino y destransicionó. Hoy no duda de esa decisión, aunque carga con secuelas físicas y el daño de más de una década marcada por una identidad que nació en internet y fue reforzada por instituciones que nunca investigaron las causas reales.
Soren Aldaco: de la testosterona a las complicaciones quirúrgicas sin red de apoyo
Soren, aún adolescente, sintió malestar con su cuerpo y su identidad. En internet encontró comunidades que presentaban el rechazo del sexo como la única respuesta adecuada. Entró en el sistema médico, le recetaron testosterona y un equipo de terapeutas, médicos y cirujanos la trató bajo un modelo de afirmación, sin ofrecerle alternativas.
En poco tiempo le aprobaron y realizó una doble mastectomía en el Crane Center. Tras la cirugía siguió con testosterona seis meses. Empezó a sufrir reflujo, gastritis y un malestar general. Nadie reevaluó el tratamiento.
La recuperación fue mucho peor de lo esperado: le reabrieron las heridas para drenar "tres tazas de sangre" y le extrajeron hematomas con bastoncillos. El dolor, dice, "es una sensación que no creo que olvide nunca". Nadie le había advertido de esas complicaciones.
A pesar de todo, los médicos no revisaron el plan. Soren dejó la testosterona por su cuenta, sin protocolo de destransición ni seguimiento. El camino hacia las intervenciones estuvo coordinado y rápido; el camino de salida, no existió.
Hoy habla en público de su experiencia. Señala que la influencia de internet en los adolescentes se ignora y que la mastectomía se normalizó demasiado rápido.
Los profesionales no presentaron la mastectomía como una opción de último recurso que debiera considerarse tras una evaluación prolongada. Al contrario, esta cirugía que cambia la vida se trató como un paso intermedio dentro de la vía de tratamiento de afirmación.
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Según el documento, la rápida expansión de estos tratamientos se debió a una combinación de incentivos económicos de la industria médica, presiones ideológicas y fallos de supervisión a todos los niveles. El resultado, afirma, ha sido un daño físico y psicológico a largo plazo para numerosos pacientes.
La investigación y los testimonios recogidos apuntan a un posible fraude a gran escala y reclaman mayor control sobre hospitales, aseguradoras, organizaciones de activismo y organismos públicos que, en muchos casos, no solo lo permitieron sino que lo fomentaron.
Los autores advierten que lo expuesto en el informe podría ser solo la punta del iceberg.