De Groenlandia a Israel: lo que Estados Unidos debe esperar de sus aliados
La exigencia del presidente Trump de que Dinamarca venda la masa continental ártica ha sido tachada de megalomanía. Pero la dependencia europea de Estados Unidos plantea dudas sobre la OTAN.

Soldados daneses en Groenlandia
Al principio, parecía un ejemplo más de Donald Trump troleando a sus críticos. Cuando, tras su reelección en 2024, el presidente revivió la idea de que Estados Unidos adquiriera Groenlandia por uno u otro medio, es probable que la mayoría de sus partidarios pensaran que no iba tan en serio.
Pero a medida que, en las últimas semanas, aumentaban sus llamados a que Dinamarca vendiera la masa continental ártica, quedó claro que no bromeaba. Sus amenazas de que EEUU podría castigar a los aliados de la OTAN con aranceles si no aceptaban su plan o de que podría incluso tomar la isla por la fuerza han convertido la cuestión de la propiedad de uno de los lugares menos verdes del planeta en una crisis de política exterior.
Más que una mera expresión de lo que los críticos consideran su megalomanía y autoritarismo instintivo, el control de Groenlandia es una cuestión importante que requiere un examen serio. Más aún, el debate plantea serias cuestiones no sólo sobre cómo valorar a los aliados, sino sobre lo que Estados Unidos tiene derecho a esperar de ellos. Cuestión válida tanto para su relación con la OTAN como con Israel: qué puede esperar Washington de Jerusalén y qué debería esperar Jerusalén de Washington y qué debería esperar Jerusalén de Washington. Mientras tanto, los países de la OTAN se siguen llevando las manos a la cabeza y lamentando lo que consideran el mal comportamiento de Trump.
Óptica mala, cuestión importante
El espectáculo de Trump y otros funcionarios de la Administración intimidando a la pequeña Dinamarca ha sentado muy mal en el extranjero. Y para los críticos nacionales de Trump, que ya están actuando como si su aplicación de las leyes de inmigración marcara el fin de la democracia, si no de la propia civilización occidental, la indignación por su política en Groenlandia es sólo una razón más para su disgusto.
Puede resultar difícil ver más allá de la mala óptica que genera meterse con los daneses o de la pregunta sobre si merece la pena arriesgar la posible destrucción de la OTAN por Groenlandia. Pero resulta que no son frívolas las preocupaciones de Trump sobre la importancia estratégica de la enorme isla cubierta de hielo. Tampoco es escandaloso que piense que dejarla en manos de los daneses mientras Estados Unidos está obligado a pagar su defensa, al igual que la del resto de Occidente, es injusto.
Aquella injusticia era justamente la conclusión de un artículo del New York Times en su aluvión de piezas destinadas a afear la postura del presidente. El periódico progresista concede en aquel que en una era de ciberguerra, desarrollo del Ártico impulsado por tecnología sofisticada y preocupación por el futuro del hielo que lo cubre en su mayor parte, Groenlandia es realmente vital para la seguridad de Occidente.
"Israel es un aliado que está preparado para defenderse. Las naciones de la OTAN se han comportado como vividoras, dejando que los estadounidenses paguen su defensa."
A pesar de la obsesiva preocupación de los ecologistas por los casquetes polares, el mundo no ha prestado demasiada atención al hecho de que el Ártico se ha convertido en el escenario de una nueva rivalidad entre, por un lado, Estados Unidos y sus aliados, y, por otro, los chinos y los rusos. El artículo también afirmaba que Trump tenía una "salida de emergencia" que podía tomar fácilmente para poner fin a la controversia. Dado que un tratado existente le otorga el derecho a construir bases allí, Washington podría simplemente seguir adelante y hacerlo con la bendición de Dinamarca, y evitar más tensiones a Europa y el mundo.
Sin embargo, como deja claro el artículo, aunque Copenhague y otras naciones de la OTAN se han pasado las últimas semanas bufando sobre los malos modales de Trump, estos países no tienen ninguna intención de contribuir a enfrentar el peligro que (hasta el Times lo reconoce) supone la agresión rusa y china en el Ártico.
Beneficiarse de Estados Unidos y quejarse de ello
En otras palabras, esperan que Estados Unidos haga en Groenlandia lo que ha hecho esencialmente por el resto de Europa desde 1945: pagar por su seguridad y aceptar dócilmente que los beneficiarios de su generosidad se quejen de que los estadounidenses les mangonean.
Gran parte de la cobertura de la polémica se centra en algunos de los aspectos menos halagüeños de las bravatas de Trump sobre un país que es más hielo que verde, como los reportes de que envió un mensaje de texto al primer ministro de Noruega diciendo que desde que se le había negado el Premio Nobel de la Paz (que concede el Comité Nobel con sede en Oslo y no el Gobierno noruego), no se siente obligado a jugar limpio con Europa.
Pero la demanda de Trump parece menos irrazonable cuando se sitúa en el contexto de la necesidad de Occidente de invertir fuertemente en seguridad en Groenlandia y el largo historial de países prósperos de la OTAN que dejan que los contribuyentes estadounidenses paguen la factura de su defensa.
Así que, si el Times y los demás críticos de Trump van a ponerse líricos sobre la forma en que la retórica y las posibles acciones de Trump podrían romper la alianza de la OTAN, sería un buen momento para preguntar qué se debería esperar de los aliados de Estados Unidos —aparte de un desprecio ardiente hacia el presidente—.
El aliado modélico para América Primero
La controversia sobre Groenlandia arroja luz sobre por qué la alianza Estados Unidos-Israel —a pesar de las constantes quejas de quienes odian al Estado judío y están resentidos por los 3.000 millones de dólares de ayuda que recibe de Washington— es en realidad mucho más equitativa en muchos aspectos que la tan alabada alianza de la OTAN.
El precio de la ayuda militar estadounidense a Israel sigue siendo elevado. Y sin embargo, para ponerlo en perspectiva, es una fracción de los cientos de miles de millones de dólares que Washington ha enviado a Ucrania en los últimos cuatro años. Israel haría bien en reducir y eventualmente eliminar completamente la ayuda, ya que es un lastre político para el Estado y sus partidarios.
Pero lo que olvidan los detractores de Israel que se quejan de que se le destinen miles de millones que, en su opinión, deberían gastarse en su país, es que casi todo el dinero se gasta en Estados Unidos, no en el extranjero. En ese sentido, es tanto un programa de ayuda para los fabricantes de armas estadounidenses y sus empleados como para el Estado judío.
Es dinero bien gastado en términos de las ventajas que aporta. Permite a Israel comprar armas y municiones que son vitalmente necesarias para mantener su ventaja estratégica sobre sus enemigos y para librar guerras largas como las batallas contra los terroristas de Hamás y Hezbolá. Las victorias de Israel en esas batallas también benefician a Estados Unidos, que es el objetivo último de sus enemigos islamistas. Y las armas que Israel compra en Estados Unidos son luego mejoradas por la destreza tecnológica israelí. Los proyectos conjuntos en los que han trabajado ambos países no sólo han permitido a nuestra nación contar con un programa viable de defensa antimisiles, sino que la inteligencia que Israel comparte con Washington ofrece ventajas inestimables.
Además, Israel es un aliado preparado para defenderse. Sólo requiere de ayuda para conseguir las armas necesarias para hacerlo.
Por el contrario, las naciones de la OTAN se han comportado como vividoras durante muchas décadas, tomando asiento y dejando que los estadounidenses paguen su defensa e incluso estacionen tropas y bases en el continente europeo para garantizar que siga siendo libre. Los países ricos de Europa occidental, como Dinamarca, han disfrutado del paraguas de la seguridad estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial y solo ocasionalmente han correspondido a la ayuda con acciones que demuestran que están dispuestos a compartir la carga.
Si bien, gracias a la insistencia de Trump, muchos aliados de la OTAN ahora están pagando más por su defensa, la situación actual sigue siendo una en la que Estados Unidos en gran medida subvenciona la defensa europea, a pesar de las mayores preocupaciones regionales debido a la agresión rusa contra Ucrania. Y en lugar de que esa asistencia se reparta bajo una legislación etiquetada como "ayuda", gran parte de lo que los contribuyentes estadounidenses dan a Europa se oculta en el presupuesto de defensa, lo que hace más difícil ver hasta qué punto estas naciones están en deuda con su generosidad.
Por el contrario, y como dijo el vicepresidente JD Vance en un discurso el año pasado, Israel es el aliado estadounidense ideal desde la perspectiva del movimiento América Primero. Habló de que es "sobre una base per cápita uno de los países más dinámicos y tecnológicamente avanzados del mundo". Esto es beneficioso para Estados Unidos porque, como señaló, le proporciona "paridad en defensa antimisiles" frente a sus enemigos.
Más que eso, dijo, era justo preguntarse qué debería querer Estados Unidos de sus aliados.
"¿Queremos clientes que dependan de nosotros, que no puedan hacer nada sin nosotros? ¿O queremos verdaderos aliados que realmente puedan promover sus intereses por sí mismos, con Estados Unidos desempeñando un papel de liderazgo?", dijo. Como dejó claro, Israel encaja en su definición de "verdaderos aliados" mientras que los países de la OTAN no.
El futuro de la OTAN
Por eso, la postura europea sobre el divorcio de la OTAN y Estados Unidos a causa de la disputa por Groenlandia no es más que palabrería. Si los países implicados quisieran pagar su propia defensa, podrían hacerlo. Sin embargo, es dolorosamente obvio que la mayoría de ellos consideran que incluso contribuciones mínimas al esfuerzo para disuadir a Rusia y China son una carga irrazonable. Lo que quieren de Estados Unidos es que se calle y siga aportando fondos para su seguridad, incluida la enorme inversión necesaria en Groenlandia.
Trump cree que eso no es justo. Y no se equivoca al verlo así.
¿Necesita Estados Unidos soberanía sobre Groenlandia para garantizar que el Ártico no se convierta en un lago ruso o chino? No necesariamente. Pero si los europeos no van a pagar lo que les corresponde por defender la isla, no es una locura que Trump diga que Dinamarca debería simplemente venderla.
Gobiernos estadounidenses anteriores han intentado comprarla, remontándose a la Administración Truman de posguerra e incluso a la década de 1860 (cuando el secretario de Estado William Seward intentó en vano comprarla, pero luego se conformó con conseguir que Rusia vendiera Alaska). Por lo tanto, describir la petición como una típica locura de Trump es engañoso, incluso si es difícil de entender la forma en la que el presidente la ha llevado adelante. Por otro lado, si no estuviera fanfarroneando y amenazando a Groenlandia, ¿escucharían los europeos sus argumentos?
Independientemente de cómo se resuelva este asunto, la polvareda sobre Groenlandia debería servir como punto de partida para un debate serio sobre lo que significan las alianzas en el siglo XXI. La OTAN cumplió una función esencial durante la guerra fría. Pero el debate sobre Groenlandia y la reticencia de los europeos a apoyar su desarrollo como centro de seguridad, o incluso a vendérselo a los norteamericanos, demuestran que cada vez parece más un tributo al pasado que un elemento esencial de la seguridad estadounidense. Por el contrario, Israel, que no tiene la ventaja de ser miembro de la OTAN —y todos los derechos y privilegios que ello conlleva—, es más importante que nunca para la defensa de Estados Unidos.
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