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El Consejo Ejecutivo de Gaza y la ilusión de la salvación internacional

Las tiranías no cambian de naturaleza porque los líderes occidentales lo deseen.

Militantes palestinos de Hamás en el campo de refugiados de Yabalia.

Militantes palestinos de Hamás en el campo de refugiados de Yabalia.AFP.

Llama la atención el repentino entusiasmo que rodea al llamado Consejo Ejecutivo de Gaza. Una masa de países, una plétora de organismos supervisores y subsupervisores, comités superpuestos sobre comités: todo ello presentado con gran confianza en el futuro y en los demás. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, desveló esta arquitectura internacional al mundo como si fuera una promesa de orden, estabilidad y esperanza.

Esta película ya la hemos visto antes.

Recuerda al reciente anuncio de Steve Witkoff, enviado especial de Trump a Oriente Medio, de que 800 presos iraníes condenados a muerte serían perdonados.La República Islámica no tardó en ridiculizar la afirmación y, poco después, Erfan Soltani, de apenas 26 años, fue ejecutado junto a otros por el régimen asesino. Un escorpión no puede evitar picar. Las tiranías no cambian de naturaleza porque los líderes occidentales lo deseen.

Mientras tanto, la realidad se entromete. Cuarenta y ocho aviones de combate estadounidenses F-35 están desplegados ahora en Jordania, el portaaviones USS Abraham Lincoln se acerca a la región y la lógica sugiere lo que la diplomacia prefiere no decir en voz alta: Tarde o temprano, se producirá un ataque.

Volvamos a Gaza y a la esperanza.

Se están diseñando inmensas estructuras casi faraónicas para reconstruir la devastada Franja de Gaza. Uno espera rápido, y espera bien. Pero la esperanza no puede sustituir a la claridad. El anuncio del nuevo Consejo Ejecutivo no sólo es amplio, sino peligrosamente incoherente. Turquía y Qatar -abiertos adversarios de Israel- aparecen entre sus miembros, metafóricamente sentados en la frontera de Israel. Muy pronto aparecieron también Pakistán y Rusia.

Al conocer los dos primeros nombres, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, declaró sin rodeos que la decisión"no ha sido coordinada con Israel y es contraria a su política".

La razón es evidente. Qatar es el principal mecenas financiero de Hamás y su más poderoso aliado mediático a través de Al Yazira, por no hablar del generoso anfitrión de la cúpula terrorista de Hamás, que nunca ha ocultado su objetivo: la destrucción del pueblo judío.

Turquía, por su parte, es el hogar ideológico de los Hermanos Musulmanes, matriz de la que nació Hamás. Su presidente, Recep Tayyip Erdoğan, lleva décadas conspirando contra Israel, abierta y sistemáticamente.

Para que la fase 2 de cualquier acuerdo sobre Gaza comience realmente, quedan dos condiciones por cumplir: la devolución del cuerpo del último israelí secuestrado, y el desarme completo de Hamás. Estos requisitos están escritos en el propio acuerdo. Sin embargo, ni Qatar ni Turquía tienen el menor interés en que se cumplan. Al contrario, buscan influencia, legitimidad y, sobre todo, seguir contando con el favor de Trump. Se presentan como "garantes", mientras no garantizan nada que importe.

Si juega bien sus cartas, Israel aún puede neutralizar los daños. Esta administración estadounidense nunca le ha dicho "no" a Israel, y Jerusalén insistirá en que estos actores intrusos no envíen tropas, no lleven armas y no ejerzan ninguna autoridad de decisión o verificación. Pueden sentarse a la mesa, pero no deben tocar las cartas.

¿Le suena familiar?

Puede que Trump simplemente se haya cansado de las Naciones Unidas. Tal vez esté intentando algo sin precedentes: la construcción de un foro internacional alternativo, no bajo la sombra del viejo eje soviético-tercermundista o sus descendientes ideológicos, sino bajo una égida estadounidense. De ser así, sería un cambio histórico.

La reacción de París refuerza esta interpretación. El presidente francés, Emmanuel Macron, declinó rápidamente la invitación estadounidense. Aunque relativamente joven, ya es un líder en salida, moldeado por un antiamericanismo claramente francés. A Macron le gustan las Naciones Unidas. Un centro de poder estadounidense -especialmente uno que reconstruya Gaza sin deslegitimar a Israel- le molesta. Lo dice abiertamente.

Israel, mientras tanto, soporta el coste de presencias no deseadas como siempre ha hecho. Debe defenderse de lo indefendible. El odio islamista sigue siendo una amenaza existencial, no un malentendido diplomático. Por tanto, la primera prioridad no ha cambiado: desarmar a Hamás.

Si los ayatolás de Teherán son finalmente apartados del poder, toda la red terrorista perderá a su patrón más fuerte. El tablero puede ser grande, la mesa amplia y los jugadores muchos, pero las líneas rojas de Israel son pocas y no negociables.

Si Israel debe actuar de nuevo, lo hará. Otro 7 de octubre no está en la agenda. Y sea lo que sea lo que declare esta nueva junta, Trump dejará que Israel haga lo que deba para sobrevivir.

©JNS

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