Charlie Kirk: que su muerte no sea en vano
El activista conservador defendía el diálogo como el único camino para la convivencia pacífica en una sociedad diversa y promovía la libertad para todos, incluso para quienes buscan abolirla. La normalización de la violencia y la intolerancia debe terminar.

El activista Charlie Kirk
La muerte de Charlie Kirk, el carismático activista conservador y fundador de Turning Point USA, asesinado a tiros el 10 de septiembre de 2025 durante un evento en la Universidad de Utah Valley, no es solo una tragedia personal. Es el punto culminante de una tendencia violenta que se ha normalizado en Estados Unidos, particularmente en el ala radical de la izquierda. Lo que comenzó como discursos incendiarios, cánticos de odio en protestas y retórica divisiva en redes sociales, ha escalado a actos de violencia extrema que han cobrado vidas inocentes.
Recordemos casos como el asesinato de Brian Thompson, el empresario de la salud y CEO de UnitedHealthcare, baleado en Nueva York en diciembre de 2024 por un descontento radicalizado; o el atroz ataque a tiros contra la joven pareja de empleados de la embajada israelí, acribillados en mayo de 2025. No olvidemos tampoco el intento de asesinato contra el expresidente Donald Trump en julio de 2024 en Butler, Pensilvania, o del otro lado, el asesinato de la demócrata Melissa Hortman, presidente de la Cámara de Representantes de Minnesota. Estos son solo algunos casos extremos de una violencia cotidiana que azota a quienes piensan diferente.
Esta escalada demanda una profunda introspección en la izquierda estadounidense. Es hora de una autocrítica honesta: el radicalismo debe ser dejado atrás. La explosión de odio delirante contra cualquiera que ose afirmar que existen solo dos sexos, que Israel se defiende legítimamente del terrorismo genocida de Hamás, que se opone al aborto, que quiere vigilar las fronteras o que presenta argumentos conservadores sólidos ha envenenado el discurso público.
Esta retórica no sólo ha silenciado voces disidentes, sino que ha permeado las calles y las universidades, fomentando agresiones físicas contra conservadores y proisraelíes.
Los extremos se tocan
Trágicamente, esta dinámica radical ha generado un eco en un sector minoritario de la derecha, donde figuras como Tucker Carlson y Candace Owens han amplificado un discurso que, irónicamente, se asemeja al de sus supuestos adversarios radicales. Su antisemitismo mal disimulado, su defensa del terrorismo islámico y de regímenes autoritarios sangrientos enemigos de Occidente son idénticos a los extremos que critican. Siempre envueltos en argumentos basados en teorías conspirativas disparatadas, distorsiones históricas e incluso mentiras absolutas, la intención de estos dos extremos parece clara: imponer preconceptos delirantes o difundir propaganda de patrocinadores oscuros que buscan erosionar los pilares de Occidente. Esto ha infectado a jóvenes impresionables, que terminan viendo el debate político como una cuestión de vida o muerte, justificando ataques violentos contra figuras como Kirk, o alguna otra, bajo la ilusión de estar haciendo el bien.
Los conservadores como Kirk defienden precisamente esa libertad para todos, incluso para quienes buscan abolirla. Sin embargo, sólo reciben odio... y balas.
Sin embargo, Charlie Kirk se mantuvo al margen de estos delirios. A diferencia de algunos antiguos aliados que optaron por amplificar la propaganda destructiva contra Estados Unidos, Israel y Occidente en general, Kirk era un patriota genuino. Amaba su país, valoraba la libertad y apreciaba el costo histórico de las instituciones que protegen nuestros derechos. Sí, tenía críticas a lo que consideraba que estaba mal en su nación, pero siempre dentro de un marco de libertad de expresión que permitía el disenso.
Lo acusaban de racista, misógino y homofóbico, pero eran calumnias proyectadas por sus detractores. Hablar de los desafíos reales en la comunidad negra no es racismo; es lo opuesto. Creer en la familia tradicional y en proteger a la mujer no es misoginia; es sólo ser conservador. Afirmar que hay solo dos sexos es reconocer la biología básica, no odiar a los homosexuales o personas transgénero. Y señalar la doble vara de la izquierda no es intolerancia; es racionalidad pura.
Kirk abogaba por el diálogo para una convivencia pacífica
Kirk no buscaba silenciar a nadie. Al contrario, defendía el diálogo como el único camino para la convivencia pacífica en una sociedad diversa. Por eso, en sus eventos y debates, daba el micrófono a extremistas de izquierda y de otro tipo, permitiendo confrontaciones públicas ante miles —o millones, vía redes sociales—. Era un maestro de la retórica: inteligente, rápido en las respuestas, con ideas cristalinas que a menudo dejaban a sus oponentes mudos.
Estudiantes intentaban humillarlo recordando su falta de estudios académicos formales, pero él, con astucia, les volteaba el argumento: una persona sin título desarmaba a un académico solo con sentido común. Así exponía la erosión de la sensatez en las universidades, culpables de adoctrinar en lugar de educar. Lo hacía siempre con una sonrisa serena, una lucidez envidiable que desenmascaraba a los woke autoproclamados dueños de la moral y a los nazis ignorantes alimentados por memes virales.
A pesar del odio que recibía, Kirk robaba jóvenes a la izquierda: convencía con lógica, no con furia. Si hubiera sido un skinhead violento y descerebrado, quizás lo habrían ignorado o incluso tolerado, usándolo como excusa para su narrativa. Pero Kirk no entraba en esa trampa binaria de extremos. Era devoto creyente, inspirado en la Biblia, pero sus argumentos eran seculares, accesibles a todos.
Uno podía disentir de Kirk —yo mismo no comparto todos sus puntos de vista—, pero su estilo invitaba a la reflexión. Obligaba a meditar, a cuestionar los propios sesgos, rompiendo el muro de la polarización que nos impide escuchar al otro. Eso no es fácil en estos tiempos.
Política
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Williams Perdomo
La peligrosa normalización de la violencia y la intolerancia
Es inconcebible que defender posiciones conservadoras requiera valentía, que Kirk haya muerto por apoyar a Israel, rechazar la ideología de género o afirmar que el islamismo es incompatible con los valores occidentales de libertad y derechos humanos, etc. De hecho, nadie debería morir por opinar lo contrario. Los conservadores como Kirk defienden precisamente esa libertad para todos, incluso para quienes buscan abolirla. Sin embargo, sólo reciben odio... y balas.
Esta normalización de la violencia ha escalado durante años, y las celebraciones nauseabundas de jóvenes —y no tan jóvenes— tras su muerte revelan una sociedad donde la vida humana vale menos que un like en redes. Quizá por eso los radicales woke defienden el terrorismo islámico: se están convirtiendo en eso, globalizando la Intifada junto a aliados islamistas que los ven como idiotas útiles, ansiosos por decapitarlos una vez cumplido su rol. Y cuidado con los extremistas de derecha, que alimentan el mismo ciclo.
Que su muerte no sea en vano
La extrema izquierda, ansiosa por imponerse, ve a figuras como Kirk como obstáculos. Si no pueden ganar por las buenas —con argumentos—, lo harán por las malas. Este asesinato debe marcar un antes y un después. Que la muerte de Charlie no sea en vano: que impulse una introspección colectiva, frenando la violencia que él siempre repudió. Solo así honraremos su legado de diálogo en un país donde la intolerancia se está volviendo la norma.