Detener los objetivos apocalípticos de Teherán es más importante que frustrar a Trump
Los críticos sostienen que el precio que Estados Unidos está pagando para obligar a la República Islámica a abandonar sus ambiciones nucleares y su fervor por el terrorismo es demasiado alto. Pero las alternativas son mucho peores.

Central nuclear de Bushehr, Irán/ Atta Kenare
Dos semanas después del comienzo de la ofensiva estadounidense-israelí contra Irán, los detractores sobre la sensatez de la operación siguen siendo omnipresentes y ruidosos. Los argumentos contra la guerra se basan en diversas preocupaciones. Las motivaciones de muchos de los que denuncian las decisiones del presidente Donald Trump son claramente partidistas, ideológicas y, en el caso de un porcentaje considerable de los de extrema derecha e izquierda, conectadas con prejuicios.
Independientemente de la validez de esas quejas —y muchas, si no la mayoría, merecen ser desestimadas—, no puede eludirse la pregunta central que debe responderse en un conflicto de este tipo: ¿vale la pena el coste en vidas, recursos y capital político, tanto dentro como fuera del país, que la Administración está asumiendo en una lucha sin un punto final claramente definido?
Y a esa pregunta no hay respuestas fáciles. Hay buenas razones para preocuparse por si, a largo plazo, las consecuencias negativas imprevistas de la guerra acabarán considerándose más importantes que los asuntos que actualmente obsesionan a los responsables políticos.
Patear el problema hacia adelante
Sin embargo, incluso los escépticos más razonables del esfuerzo —por no hablar del ensordecedor coro de partidarios e ideólogos que auguran el desastre para los planes de guerra de Trump— pasan por alto en gran medida otra cuestión igualmente importante que debe responderse: ¿es más alto el coste de permitir que continúe el statu quo previo a la guerra que el asociado a las incertidumbres del conflicto?
Irán estaba reconstruyendo de forma constante su programa nuclear, con la opción inminente de acelerar la producción de una bomba, ampliando la fabricación de misiles y continuando la organización de un "eje de resistencia" dedicado a fomentar el caos y la guerra. Eso es más que suficiente para justificar los riesgos de un posible desastre que son una parte inevitable de toda guerra.
"Los peligros que acechan no se limitan a la cuestión a corto plazo de si Washington y Jerusalén alcanzarán sus objetivos, que están alineados entre sí pero no son idénticos".
Al igual que ocurre con la pregunta sobre el coste de la guerra, la respuesta solo quedará clara a posteriori. Sin embargo, incluso ahora, cuando el resultado de la campaña sigue siendo en parte incierto, es evidente que continuar con la política de "patear el problema hacia adelante" que adoptaron los predecesores de Trump —ya fuera por mal juicio, una simpatía injustificable hacia Teherán, cobardía o simple apatía— habría sido un error tan colosal como la más costosa de las equivocaciones militares.
Los peligros que acechan no se limitan a la cuestión a corto plazo de si Washington y Jerusalén alcanzarán sus objetivos, que están alineados entre sí pero no son idénticos.
El primer objetivo de la campaña es la erradicación de los programas nuclear y de misiles balísticos de Irán, además de su apoyo y participación activa en el terrorismo internacional. Washington y Jerusalén están comprometidos con esos objetivos, que consideran —con razón— no solo cruciales para sus propios países, sino también fundamentales para la seguridad de Occidente en su conjunto. Esos son ampliamente vistos como objetivos alcanzables, en mayor o menor medida
Ambos gobiernos también han declarado que están a favor de un cambio de régimen en Irán. Eso es algo que Israel cree que es absolutamente necesario lograr. A la Administración Trump le gustaría que sucediera, pero podría vivir sin ello, siempre y cuando los ayatolás fueran despojados de sus armas nucleares y misiles, y tuvieran su opción terrorista excluida.
No está nada claro si el objetivo de derrocar al Gobierno islamista de Teherán puede alcanzarse o llegará a lograrse. Si no se produce un levantamiento interno exitoso, ambos países se muestran, con razón, reacios a comprometerse con una incursión terrestre de la magnitud necesaria para instalar un nuevo Gobierno.
Problemas económicos y estratégicos
Sin embargo, los problemas que está generando la guerra no se limitan a la posibilidad de que Irán conserve su capacidad nuclear o a que los teócratas puedan aferrarse al poder. Igual de importante es determinar si las consecuencias económicas del conflicto, o su impacto en otros desafíos estratégicos igualmente relevantes a los que se enfrenta Occidente, acabarán eclipsando lo que ocurra en el Golfo Pérsico o en Oriente Medio.
"Que Irán intentara detener su flujo a través del Estrecho de Ormuz siempre fue una posibilidad muy real".
En lo que respecta a la economía, es evidente que Trump y su equipo —contrariamente a las narrativas falsas que afirman que la guerra se decidió impulsivamente por un capricho presidencial o como resultado de siniestras presiones israelíes o judías— eran plenamente conscientes de las implicaciones que tendría el conflicto en la región sobre el precio del petróleo. Que Irán intentara detener su flujo a través del Estrecho de Ormuz siempre fue una posibilidad muy real. Y era un hecho que el precio del petróleo —y, en consecuencia, el de la gasolina en los surtidores de Estados Unidos— aumentaría una vez iniciada la guerra.
Un aumento prolongado en los precios del petróleo perjudicaría a la economía mundial, frenaría los objetivos de prosperidad de Trump para Estados Unidos y afectaría tanto a la política interna como a las posibilidades de su partido de conservar el control del Congreso en las elecciones legislativas de este otoño. No hace falta ser un aislacionista contrario a cualquier intervención exterior para entender que cualquiera de estos factores podría considerarse una razón suficientemente válida para que un presidente estadounidense pospusiera sus esfuerzos contra Irán.
El factor China
A esto hay que añadir el impacto del conflicto en la escena internacional, donde Estados Unidos —lo entiendan o no muchos estadounidenses— está atrapado en una rivalidad y conflicto geoestratégico con los aliados de Irán: Rusia y, aún más importante, China. Como ha señalado el historiador Niall Ferguson, partidario de la acción contra Irán, esta guerra debe entenderse en el contexto de una segunda Guerra Fría, en la que Estados Unidos se enfrenta a lo que podría resultar ser un oponente chino mucho más formidable que la Unión Soviética en el primer conflicto de este tipo en el siglo XX.
Eliminar la amenaza iraní supone un golpe para China, tanto por su búsqueda estratégica de dominar el escenario global como porque Irán es una fuente importante de petróleo para Pekín. Pero si Estados Unidos quedara atrapado en una guerra infructuosa en Oriente Medio, eso beneficiaría a los chinos en otros frentes. Y Rusia, por su parte, se está viendo favorecida por el modo en que la guerra actual está incrementando sus ingresos por petróleo y gas, además de servirle como distracción de sus estancados esfuerzos por desgastar a Ucrania en esa guerra que ya dura cuatro años.
Como Ferguson escribe esta semana en The Free Press, bloquear el Estrecho de Ormuz durante un periodo apreciable de tiempo sería un desastre para Washington, además de sentar un precedente desafortunado respecto a la capacidad de China y sus aliados para hacer lo mismo en otros puntos de estrangulamiento importantes, como el Estrecho de Taiwán. Casi sobra decir que, como señala el analista, "cuanto más dure la guerra, mayor será la presión interna sobre Trump; más pesados serán los costes para los aliados de Estados Unidos en Asia y Europa; más dinero recibirá Rusia; y mayor será la tentación para China".
"El hecho de que un país tan grande como Irán no haya sido completamente derrotado en dos semanas no es motivo para considerar que la guerra ha sido un fracaso hasta ahora".
Esos riesgos son reales. Pero asumir el tipo de fracaso militar o de estancamiento en Irán —como hacen la mayoría de los críticos de Trump— que daría lugar a un escenario en el que China se beneficiara de la guerra no resulta convincente.
Aunque el éxito de la ofensiva estadounidense-israelí no podrá evaluarse plenamente hasta que concluya el conflicto, está claro que en las dos primeras semanas de la campaña conjunta ninguno de los dos ejércitos se ha visto frustrado. Al contrario, han eliminado de forma sistemática las capacidades militares de Irán, han localizado y destruido sus lanzamisiles y han infligido nuevos daños a su programa nuclear.
El hecho de que un país tan grande como Irán no haya sido completamente derrotado en dos semanas no es motivo para considerar que la guerra ha sido un fracaso hasta ahora. Si se permite que las fuerzas armadas de ambos aliados continúen sus operaciones, los resultados —ya devastadores para Irán— probablemente serán aún más contundentes. Esto podría contribuir de forma significativa a que el régimen quedara inofensivo para sus vecinos y/o incapaz de resistir el deseo de su población de un nuevo Gobierno. No hay razón alguna para sostener que la guerra es ya un "embrollo", salvo el deseo de los opositores de Trump de que eso sea lo que finalmente ocurra.
Incluso si los resultados no son todo lo que ambos gobiernos desearían, resultan poco convincentes los argumentos que sostienen que Estados Unidos habría estado mejor retrasando la acción o incluso apaciguando a Irán, como hicieron las Administraciones de Obama y Biden.
Locura partidista
La política de enriquecimiento y empoderamiento de Teherán, que fue la consecuencia del principal logro de la política exterior del expresidente Barack Obama —el acuerdo nuclear de 2015—, resultó desastrosa para Oriente Medio y para Estados Unidos. Condujo a un régimen islamista más fuerte y agresivo. Alimentó su aventurerismo, sus ambiciones hegemónicas y su disposición a iniciar guerras contra Israel desde Gaza y Líbano a través de sus apoderados terroristas, Hamás y Hezbolá, así como las acciones de sus aliados hutíes en Yemen, que intentaron interceptar el transporte marítimo internacional en el Cuerno de África.
Más aún, permitir que Irán obtuviera un arma nuclear —como en la práctica garantizaba el pacto de Obama— o que avanzara aceleradamente hacia ella, como se volvió un escenario cada vez más probable en el último año, habría causado mucho más daño a los intereses de Estados Unidos que incluso una subida permanente de los precios del gas o un Pekín envalentonado. Los analistas económicos y estratégicos tienen razón al reflexionar sobre lo que podría seguir a la campaña actual y sobre si algunas o todas sus consecuencias serán problemáticas o terminarán desarrollándose de formas que hoy no podemos prever. Pero permitir que un régimen tiránico, gobernado por fanáticos religiosos empeñados en imponer su versión del islam radical en Oriente Medio y en el resto del mundo, obtenga un arma nuclear con la que chantajear e intimidar a sus adversarios sería una auténtica pesadilla.
Y ése habría sido el resultado inevitable si Estados Unidos no se hubiera preparado para actuar en algún momento en un futuro próximo. Aunque Washington podría haber esperado hasta que la amenaza fuera tan inminente que evitarla hubiera sido tan catastrófico como esperar a que sucediera, Trump decidió sabiamente que anticiparse a ese escenario valía la pena el riesgo.
"Lo primero es prever una catástrofe mundial crónica llevada a cabo por teócratas que no tienen reparos en masacrar inocentes".
Aunque el cálculo implicaba determinar que actuar en 2026 era mucho menos costoso y peligroso que esperar hasta algún momento en el futuro, lo que no se puede discutir es que detener a Irán era en interés de casi todos. Tratar la necesidad de detener las implicaciones apocalípticas de una bomba iraní como algo menos importante que los aumentos a corto plazo del precio del combustible o las ventajas teóricas que podrían caer sobre Pekín es como comparar un cáncer mortal con un miembro roto. El segundo es doloroso y puede perjudicar el estilo de vida. Lo primero es prever una catástrofe mundial crónica llevada a cabo por teócratas que no tienen reparos en masacrar inocentes.
La falta de reconocimiento de esta premisa básica es lo que hace que tantas críticas a la Administración sean poco convincentes.
Y eso nos lleva de nuevo a las motivaciones de los críticos. Como fue evidente desde los primeros días de la guerra, la mayoría de los que se oponen a Trump sobre Irán lo hacen por razones partidistas.
Aunque las encuestas muestran que una mayoría de estadounidenses se opone a la guerra, las que desgranan la opinión pública sobre la cuestión también muestran que mayorías mucho más amplias están de acuerdo con Trump sobre la naturaleza de la amenaza de Irán y la necesidad de hacerle frente. Sin embargo, cuando se les pregunta simplemente si están a favor de las políticas del presidente, sus respuestas están en consonancia con la naturaleza hiperpartidista de la sociedad estadounidense contemporánea.
Los demócratas están unidos contra la decisión del presidente hasta un punto sin precedentes en la historia de los partidos de la oposición en tiempos de guerra. Al haberse comprometido con una visión de Trump como un villano absoluto (y además un autoritario fascista), pocos entre sus detractores parecen dispuestos —a diferencia de generaciones anteriores de estadounidenses— a dejar que la política se detenga en la orilla del agua, incluso cuando están en juego intereses vitales para Estados Unidos.
Como escribió el veterano abogado demócrata David Boies la semana pasada en The Wall Street Journal, todos los presidentes de los últimos veinticinco años coincidieron en que Irán representaba una amenaza que debía abordarse. Sin embargo, prácticamente todo el Partido Demócrata se ha opuesto a actuar en función de ese imperativo, y no lo hacen porque les preocupen los precios del petróleo o porque crean que China podría encontrar la manera de beneficiarse de ello. La única razón de su oposición es que es Trump quien lo está haciendo.
La otra razón para oponerse a actuar contra Irán es, si cabe, aún más deleznable.
Un argumento enraizado en el odio
Para muchos en la izquierda y en la ruidosa aunque menos numerosa extrema derecha, la razón para no detener a los mulás es que hacerlo podría ayudar a Israel en el proceso.
Como han señalado analistas serios —así como el propio Trump y su equipo—, el Estado judío y sus líderes no forzaron ni siquiera persuadieron realmente a Estados Unidos para que hiciera algo que constituía un imperativo tanto para los intereses estadounidenses como para los israelíes.
El hecho de que, desde la Revolución iraní de 1979, la República Islámica haya buscado la eliminación del único Estado judío del planeta —el "Pequeño Satán", junto con Estados Unidos como el "Gran Satán"— se convirtió en un argumento en su contra para aquellos ideólogos de izquierda y de derecha que simpatizan con ese objetivo.
"No es de extrañar que algunos, como el presentador Tucker Carlson, que trafica con el odio a los judíos, no quisieran que Washington actuara con Jerusalén para impedir el genocidio de su población...".
Los tropos antisemitas y las teorías conspirativas que se han difundido en los últimos meses y semanas sobre la influencia israelí y judía en la política estadounidense no se basaban tanto en falsas concepciones sobre los intereses de Estados Unidos como en la hostilidad hacia la seguridad o la existencia de los judíos. No es de extrañar que algunos, como el presentador Tucker Carlson, que trafica con el odio a los judíos, no quisieran que Washington actuara con Jerusalén para impedir el genocidio de su población, aunque ello significara también reforzar la seguridad estadounidense. Pero como deja claro la confesión de Carlson sobre sus comunicaciones con el régimen islamista en el período previo a la guerra, la lealtad de los extremistas que odian a Israel y a los judíos está más con quienes comparten sus viles creencias que con Estados Unidos, y mucho menos con Trump.
Los estadounidenses pueden —y deben— mantener un debate sobre el coste y el beneficio de la guerra. Dada la incertidumbre inherente a cualquier conflicto militar, siempre existe la posibilidad de que la lucha conduzca a resultados que, con el tiempo, demuestren que el riesgo no merecía la pena.
Sin embargo, junto a ese debate debe existir otro sobre los costes de permitir que Irán siga buscando —y, en última instancia, obtenga— las armas nucleares y los misiles que transformarían el mundo para peor. Impedir que un régimen islamista y terrorista adquiera semejante poder será siempre una prioridad mayor que incluso los esfuerzos sensatos por mantener bajos los precios del petróleo o preservar los recursos de Estados Unidos para afrontar otras amenazas planteadas por China y Rusia.
En cambio, todo lo que estamos escuchando de los oponentes de Trump es bilis partidista o invectivas antisemitas. Ese no es un debate que tenga relación alguna con los intereses o los costes para Estados Unidos; es una agenda irresponsable y odiosa que no merece ningún respeto.