El curioso caso de los 'antisionistas'
Puede que Israel, como cualquier país, no sea perfecto, pero al señalarlo con el dedo sus enemigos sienten la necesidad de fabricar mentiras. Demonizar al Estado judío es, por supuesto, una herramienta siempre útil para un gobernante corrupto o incompetente que desea desviar la atención de sus propios fracasos.

Conmemoración del ataque en Bondi Beach
Israel es una nación espiritual, multiétnica y trabajadora; una nación fundada sobre casi cuatro milenios de persecución, fermentada por un pacto divino que impartió una perdurable identidad nacional y moral a su pueblo.
Los dramáticos acontecimientos del monte Sinaí, cuando las doce tribus recibieron la Torah con sus 613 leyes, establecieron no sólo principios religiosos sino una identidad social unida a una asignación de tierras a perpetuidad. Sólo cuando estuvo arraigado en la propia tierra prometida pudo el pueblo judío convertirse verdaderamente en una nación con un destino.
Los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob recibieron una promesa divina de tierra, cuyos límites eran sorprendentemente específicos. En la actualidad, aunque Israel sólo ocupa una pequeña porción de la tierra prometida, esta pequeña porción sigue siendo fundamental para los judíos de todo el mundo. El Estado es considerado por la nación judía en general como tierra "santa", donada exclusivamente a los judíos por el Creador. La consideran una mitzvah -una orden- para habitar allí: "Yo les he entregado la tierra", dice el versículo bíblico, "tómenla y vivan en ella".
"Demonizar a Israel es siempre una forma útil de desviar la atención para un gobernante corrupto o incompetente."
La historia y la identidad judías -nacional, social y personal- están inextricablemente ligadas a Eretz Yisrael: la Tierra de Israel. Es casi incomprensible, por tanto, que un judío denigre a otros judíos que apoyan el derecho de su pueblo a vivir en Eretz Yisrael. Cuando la gente, incluidos los judíos, niega el derecho de Israel a existir como Estado, tal actitud contradice no sólo los fundamentos del judaísmo, sino el núcleo de la compasión humanitaria.
Zionismo es básicamente el derecho de la nación judía a vivir en su hogar ancestral: la tierra que se les prometió en milenios pasados. Ni más ni menos. El refugio seguro de este minúsculo trozo de tierra -aproximadamente 22.000 km2, más o menos lo mismo que el estado de Nueva Jersey- es, por tanto, irreversiblemente importante. La periodista Caroline Glick enmarcó esta opinión de la siguiente manera: "Es la resurrección de la independencia estratégica -del sionismo- lo que asegurará el futuro de Israel durante los próximos cien años".
Sin embargo, se ha convertido en habitual que otros denigren el derecho de Israel incluso a existir.
El 'sionismo liberal' y otras mentiras
En tales casos, ha quedado claro que la hostilidad ideologizada se ha impuesto a la historia, los principios fundamentales de la fe y la compasión humanitaria básica por aquellos judíos que buscan refugio tras siglos de pogromos, genocidio, discriminación flagrante, prejuicios y odio cuando sus antepasados vivían entre naciones hostiles. ¿Pueden considerarse creíbles tales adversarios? Es obvio que han perdido gran parte de su aceptabilidad, incluido el derecho a hablar en nombre de los demás, pues se han alineado con terroristas y otros enemigos de la civilización occidental.
Lamentablemente, tras el 7 de octubre de 2023, incluso algunos grupos antisionistas supuestamente judíos como J Street y New York Jewish Agenda "apoyaron los esfuerzos de quienes trataban de impedir que Israel atacara a Hamás e Irán", según el periodista Jonathan Tobin. El mundo parece haber olvidado ya que cuando los judíos fueron empujados a las cámaras de gas de Auschwitz-Birkenau, Treblinka y otros campos de exterminio, nadie les preguntó primero si eran observantes o laicos, de izquierdas o conservadores, ortodoxos o reformistas, sionistas o antisionistas.
Escribiendo sobre Phylisa Wisdom, la activista de izquierdas a la que el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, nombró directora de la llamada Oficina para Combatir el Antisionismo, Tobin señaló que su nombramiento "simboliza lo que ha sucedido con la idea del sionismo liberal en el siglo XXI":
"Si actuar y hablar como ella lo ha hecho es lo que significa ser un sionista liberal hoy en día, entonces existe una verdadera desconexión. No es simplemente el momento de darse cuenta de que la frase ha perdido su significado original; por el contrario, debemos entender que quienes se han apropiado de esa etiqueta no son ni sionistas ni auténticamente liberales".
En palabras llanas, son falsos partidarios de la libertad y la justicia y deberían ser considerados falsos humanitarios. Porque se imaginan falsamente vinculados a una identidad que encarna la virtud, y en su lugar abrazan al terrorismo y las organizaciones que lo propugnan.
Puede que Israel, como todos los países, no sea perfecto, pero en las acusaciones que lanzan en su contra sus enemigos sienten la necesidad de mentir. Acusan a los israelíes de ser colonos o colonialistas, mientras se las arreglan para olvidar que, por el contrario, fueron los ejércitos musulmanes los que invadieron, conquistaron, colonizaron y se asentaron en gran parte del planeta. Sólo en Occidente algunos ejemplos son el gran Imperio bizantino cristiano, el Egipto copto cristiano, Iberia, Europa y, en 1974, el norte de Chipre. Francia, por nombrar otro caso, sólo se salvó de la invasión musulmana gracias a Carlos Martel en la Batalla de Tours del año 732 de la era cristiana.
Otras mentiras que circulan actualmente son las acusaciones de que Israel es un Estado racista o de apartheid; que Israel ocupa tierras robadas; que Israel oprime a los palestinos -y no sus propios líderes corruptos-; que Israel comete genocidio -cuando, en realidad, es Hamás, como declaró en su propia carta fundacional que llama explícitamente al genocidio, no sólo contra Israel, sino contra todos los judíos (Artículo 7)-. Todos los hechos apuntan a que esas acusaciones son falaces. Sin embargo, como es de esperar en el clima político actual, las tergiversaciones ideológicas prevalecen sobre toda consideración de exactitud, objetividad y verificabilidad.
Los que envidian y los que prosperan
Demonizar al Estado judío es, por supuesto, una herramienta siempre útil para un gobernante corrupto o incompetente que desea desviar la atención de sus propios fracasos. A lo largo de la historia, los judíos y más recientemente Israel parecen haber sido reclutados repetidamente para esta distinción.
El rabino estadounidense Chaim Steinmetz observó:
"En esta era de gran polarización, la política ha sustituido a la ética y la religión. Si lo que se hace está bien o mal ya no es relevante; lo único que importa ahora es si favorece a la derecha o a la izquierda. La política se ha convertido en una pasión que todo lo abarca; los defensores están ciegos a su propia subjetividad".
Dentro del propio Israel, las reivindicaciones contradictorias sobre la auténtica identidad judía, y por tanto sobre la autoridad representativa, han estado presentes desde hace mucho tiempo. Sus orígenes no son difíciles de rastrear: los partidos socialistas de izquierda israelíes eran una fuerza fuerte en el país incluso antes del restablecimiento de Israel como Estado en 1948, con fricción entre el partido socialista Mapai del primer ministro David Ben-Gurion y el partido conservador revisionista de Ze'ev Jabotinsky, que con el tiempo se transformó en el partido gobernante Likud de hoy.
La discordia entre las élites izquierdistas y la derecha conservadora, que correspondía en gran medida a judíos asquenazíes que habían vivido en tierras europeas frente a judíos sefardíes/mizrachi que habían vivido en tierras árabes, continúa hasta el día de hoy, polarizando a la sociedad y dando la apariencia de una nación débil, a la vista de los numerosos enemigos de Israel. Esta división nacional -por ejemplo, las reivindicaciones de los israelíes a favor de la tan necesaria reforma judicial y la réplica de los izquierdistas que amenazaron con que, si eran llamados al servicio militar de reserva, rehusarían servir si se aplicaba la reforma judicial- bien pueden haber sido un factor significativo en la decisión de Hamás de invadir el 7 de octubre de 2023. La historia revela que cuando los enemigos de una nación la perciben débil, ésta se vuelve vulnerable a los ataques y el derrumbe: "Una casa dividida contra sí misma no puede sostenerse."
Los antagonistas de Israel, sobre todo en Europa, parecen tener envidia de que una pequeña nación, que empezó con arena, desierto y pantanos de malaria, haya tenido el descaro de convertirse en una potencia internacional, mientras ellos siguen enfrascados en economías diseñadas para fracasar y con millones de recién llegados aparentemente decididos a sustituir los valores de Europa por los suyos propios.
Los denigradores de Israel probablemente se preguntan cómo esos advenedizos pueden ser tan innovadores y exitosos al mismo tiempo que ellos, los virtuosos, comparten tan generosamente innumerables beneficios sociales con inmigrantes necesitados (muchos de los cuales abiertamente dicen que les gustaría derrocar al Gobierno de las urnas y transformar Europa en un califato islámico).
La animadversión y la contrariedad de destacados individuos y grupos, ya sean religiosos o laicos, hacia Israel ha exacerbado, como se pretendía, el odio a los judíos y el antisionismo. El odio a los judíos, ya sea en forma de antijudaísmo, antisemitismo, antisionismo o como quiera llamársele, está relacionado con la furia por el éxito ajeno.
A pesar de todas las adversidades, durante casi 4.000 años, el pueblo judío ha sobrevivido y prosperado, y a pesar de las guerras y los incesantes ataques de sus enemigos, los judíos -que no desean el mal a nadie- los han derrotado a todos y se han vuelto cada vez más fuertes. Con valentía y brillantez, la decidida nación del rey David no sólo seguirá prosperando; se elevará.