El hundimiento de Europa
Europa podría haber hecho de esta guerra su guerra. No ha habido en las últimas décadas un régimen que haya proyectado su violencia sobre suelo europeo con tanta intensidad como el iraní. Ha financiado redes, ha impulsado atentados, ha secuestrado a ciudadanos europeos y ha declarado abiertamente su hostilidad hacia Occidente.

El Parlamento Europeo, durante una sesión. Marzo de 2026
Tras el inicio del ataque israelí y norteamericano contra Irán el sábado 28 de febrero, la presidenta de la Comisión Europea reaccionó como mejor sabe hacerlo Europa: convocando una reunión “urgente” para el lunes siguiente. Ante acontecimientos estratégicos que se desarrollan a velocidad militar, la Unión Europea responde con su ritmo burocrático, lento e inadecuado. Siempre ha sido así. Y no parece que vaya a cambiar.
Pero el problema no es sólo de velocidad. Es más profundo.
Europa no sólo está estratégicamente desarmada. Está moralmente dividida. Una parte significativa de su opinión pública preferiría que Israel y Estados Unidos fracasaran antes que reconocer la legitimidad de la fuerza. La otra, más reducida pero influyente, ha asumido que las guerras ya no se pueden ganar. Que no hay victoria militar posible. Que sólo la negociación —siempre la negociación— puede ofrecernos una ilusión de estabilidad.
Ambas posiciones conducen al mismo resultado: la renuncia.
Ese estado de ánimo explica la reacción europea ante la petición de Donald Trump de que los aliados de la OTAN colaboren en garantizar la seguridad del estrecho de Ormuz. La respuesta ha sido un no. No porque Europa no dependa de ese paso marítimo vital, sino porque no lo considera “su guerra”.
La alta representante para política exterior, Kaja Kallas, lo dejó claro. Alemania lo reiteró. No enviarán tropas. No asumirán riesgos. Trabajarán, dicen, por una solución diplomática. Una fórmula que, en este contexto, no significa nada.
Europa sigue sin entender el mundo en el que vive.
Se ha interpretado la petición de Trump como un signo de debilidad. Como si Estados Unidos estuviera pidiendo ayuda porque no puede actuar por sí mismo. Pero esa lectura es profundamente errónea. No estamos ante una súplica, sino ante una exigencia. Ante lo que, en términos históricos, podría llamarse un tributo imperial.
Un “no” ante la debilidad es irrelevante. Un “no” ante el poder tiene consecuencias. Europa parece no distinguir entre ambos.
Durante décadas, los europeos han vivido bajo el paraguas de seguridad estadounidense, beneficiándose de una relación privilegiada sin asumir los costes que esa relación implicaba. Hoy, ese equilibrio ha desaparecido. No sólo en el terreno militar, sino también en el tecnológico, el económico y el energético.
Europa no está sola frente a los imperios que vienen. Está subordinada a ellos.
¿Puede prescindir de la tecnología americana? ¿Puede sustituir a Microsoft, Google o las infraestructuras digitales de las que depende su economía? ¿Puede sobrevivir sin los productos industriales chinos? ¿Puede permitirse que el estrecho de Ormuz se cierre, cuando por él transitan el petróleo, los fertilizantes y los recursos que necesita para funcionar?
La respuesta es evidente. Pero la política europea se comporta como si no lo fuera.
Europa podría haber hecho de esta guerra su guerra. No ha habido en las últimas décadas un régimen que haya proyectado su violencia sobre suelo europeo con tanta intensidad como el iraní. Ha financiado redes, ha impulsado atentados, ha secuestrado a ciudadanos europeos y ha declarado abiertamente su hostilidad hacia Occidente.
Pero eso parece secundario. Lo importante es que Trump no gane.
Sin embargo, los hechos apuntan en otra dirección. El derrotismo europeo choca con la realidad operativa de la campaña militar. Pero Europa hace tiempo que ha perdido el contacto con la lógica de la guerra. Nacida de un impulso pacifista profundo, la Unión Europea ha convertido la aversión al conflicto en una doctrina. Ha olvidado que la guerra tiene tiempos, ciclos y reglas propias.
Hace apenas un año, en el ejercicio Hedgehog de la OTAN, un pequeño grupo de operadores de drones ucranianos dejó fuera de combate a dos batallones aliados en menos de doce horas. Más de mil soldados neutralizados. No por falta de valor, sino por falta de adaptación. Porque la guerra moderna exige velocidad, flexibilidad y comprensión tecnológica. Europa ha perdido esas tres cosas.
La guerra es el infierno, como decía el general Sherman. Pero no es el apocalipsis inevitable. Requiere inteligencia, sí. Requiere equilibrio entre fuerza y negociación. Pero, sobre todo, requiere voluntad de vencer. Y esa voluntad hoy no está en Europa.
Desgraciadamente, Europa no avanza. Retrocede.
La presidenta de la Comisión llegó a reconocer que Europa no puede seguir actuando como guardiana de un orden que ya no existe, para matizar sus palabras apenas un día después. Mientras tanto, líderes como el presidente del Gobierno español, el Maduro europeo, recurren al rechazo a Trump como eje de movilización política interna.
La combinación de tibieza estratégica y oportunismo político sólo puede conducir a un resultado: la irrelevancia. Henry Kissinger se preguntaba a quién había que llamar cuando se quería hablar con Europa. También señalaba que cuando Estados Unidos aprieta un botón, despega un misil; cuando lo hace Europa, se emite un comunicado.
Seguimos en ese punto. Pero ahora, además, enfadando a quien sigue siendo nuestro principal proveedor de seguridad, tecnología e inversión. Y en el mundo que viene, los comunicados no disuaden, no protegen y no sostienen civilizaciones.