El parque temático de la revolución
l problema fundamental de esta pintoresca comitiva fue su perspectiva completamente alienada y frívola: para ellos, Cuba no es un país real, habitado por ciudadanos exhaustos que sufren una represión sistemática y la peor crisis alimentaria y energética de su historia reciente.

Un miembro de la flotilla comunista en La Habana
En estos días, el llamado "Nuestra América Convoy a Cuba" atracó en el puerto de La Habana como si de un safari anticapitalista se tratara. Vendida al mundo como una gesta épica de solidaridad y un convoy humanitario indispensable para romper el "cerco imperialista", la expedición logró reunir a un ecléctico y predecible elenco de la izquierda radical internacional.
En la lista de pasajeros, que parecía sacada de un casting global para militantes nostálgicos, destacaban el exvicepresidente español y actual director de Canal Red, Pablo Iglesias; el incombustible exlíder laborista británico, Jeremy Corbyn; el streamer estadounidense de Twitch, Hasan Piker; y, para darle un barniz contracultural al asunto, el grupo de rap irlandés Kneecap. En total, según los propios organizadores, 650 delegados de 33 países y 120 organizaciones. Lo que la épica del anuncio omitía era el detalle logístico central: la gran mayoría llegó en avión. Tres embarcaciones partieron desde México; el resto tomó vuelos comerciales corrientes. La flotilla era, en buena medida, una metáfora.
El problema fundamental de esta pintoresca comitiva fue su perspectiva completamente alienada y frívola: para ellos, Cuba no es un país real, habitado por ciudadanos exhaustos que sufren una represión sistemática y la peor crisis alimentaria y energética de su historia reciente. Para estos turistas ideológicos, la isla es un fetiche, la idealización estática de la Guerra Fría, un "Disney" caribeño donde pueden ir a revalidar sus credenciales revolucionarias sin tener que soportar jamás las asfixiantes consecuencias del sistema que tanto aplauden frente a las cámaras.
Esta ceguera voluntaria ante el sufrimiento ajeno tiene una tradición casi centenaria en la izquierda. El paralelo más directo es la visita del dramaturgo irlandés George Bernard Shaw a la Unión Soviética en 1931. Mientras millones morían de inanición durante las hambrunas provocadas por las políticas colectivistas de Stalin, Shaw se paseaba por suntuosos banquetes estatales, devoraba caviar y, a su regreso a Londres, declaraba que en Rusia no había visto a una sola persona pasar hambre.
Noventa y cinco años después, la disonancia cognitiva se repite en el Caribe, calcada como una farsa. Los delegados de la flotilla llegaron con la pompa de los grandes redentores, posando junto a unas veinte toneladas de insumos y paneles solares que no alcanzan ni para enmendar un error de cálculo de la desastrosa red eléctrica nacional. Llegaron para "salvar" a una población que, tras los estallidos sociales por la falta de pan y electricidad, soporta apagones de hasta 18 horas diarias. ¿Y cuál fue la trinchera proletaria elegida por estos mártires modernos para librar su batalla cultural? El Gran Hotel Bristol Habana Vieja.
El salvavidas de plomo que desnudó el apartheid castrista
El contraste resultó de un cinismo obsceno que la prensa internacional no tardó en despedazar. Mientras el pueblo cubano lucha por conseguir lo básico, la delegación VIP se instaló en un resort de cinco estrellas. Desde la comodidad de sus suites climatizadas, con vistas privilegiadas y conexión wifi de alta velocidad, Pablo Iglesias pontificaba sobre las bondades del sacrificio y declaraba ante las cámaras de Canal Red que la situación cubana era "ciertamente difícil, pero tampoco como se está presentando desde fuera." La frase, grabada desde una habitación que cuesta más que el salario mensual de varios cubanos juntos, merece un lugar en algún museo de la hipocresía política.
Piker, por su parte, no se quedó atrás. Cuando las críticas en redes sociales señalaron el detalle del alojamiento de lujo, respondió con una explicación que hubiera sido imposible inventar: "El gobierno americano hace que sea ilegal para los estadounidenses alojarse donde queremos en Cuba. Tenemos que quedarnos en hoteles de cinco estrellas." El activista anticapitalista, en definitiva, era víctima del imperialismo hotelero. Mientras tanto, transmitía en directo para sus seguidores con una conexión a internet impecable que el cubano de a pie, cuando tiene electricidad, no puede ni imaginar.
La noche del 21 de marzo, mientras Kneecap ofrecía su actuación de "solidaridad", Cuba sufrió una desconexión total del sistema eléctrico nacional, confirmada por el propio Ministerio de Energía. Once millones de personas a oscuras. El Gran Hotel Bristol fue uno de los pocos puntos del país que mantuvo la luz, cortesía de sus generadores propios. Las imágenes que circularon en redes eran de una elocuencia brutal: el hotel resplandeciendo como un faro en medio de una ciudad apagada, con los delegados revolucionarios adentro y el pueblo cubano afuera, en las tinieblas. El decorado de la revolución, iluminado. La revolución, a oscuras.
Lo que los encuadres de Canal Red intentaban ocultar era que ese hotel forma parte de un sistema diseñado exactamente para eso: garantizar el confort a los extranjeros mientras se le niega lo básico a los locales. El gasto de la delegación fue a parar directamente a los bolsillos del Estado cubano, el mismo que mantiene presos a cientos de disidentes y que encarcela a quienes se atrevieron a salir a la calle a pedir libertad.
Lejos de apuntalar la narrativa de victimización de Díaz-Canel, el nivel de desconexión de la flotilla validó la existencia de un brutal apartheid económico en la isla. Al mundo, y a los propios cubanos, les quedó una estampa clarísima: si la asfixia del embargo es tan absoluta y es la única causante de la miseria general, ¿cómo se explican esas moles de hormigón con generadores propios y lujos que el Estado garantiza religiosamente a los extranjeros mientras se los niega a los locales? Los revolucionarios VIP, en su miopía, le demostraron al planeta que en Cuba sí hay recursos, pero están destinados a enriquecer a la cúpula y a financiar la propaganda.
Jeremy Corbyn completó el cuadro con la solvencia del veterano. El laborista, que viajó a La Habana junto a Kneecap (banda cuyo miembro Mo Chara fue procesado bajo legislación antiterrorista británica por exhibir presuntamente una bandera de Hezbolá en un concierto), se reunió personalmente con Díaz-Canel y ofreció una conferencia de prensa en la que desafió a Europa a mandar un petrolero a Cuba. Su argumento es que si Francia, Alemania o Gran Bretaña enviaran un petrolero a Cuba, Trump cedería. Una apuesta geopolítica notable para alguien que llegó en vuelo comercial desde Londres, se hospedó en un hotel con generador y no se reunió con un solo preso político durante su visita.
Kneecap, por su parte, sostuvo que no está en su naturaleza quedarse callados ante la injusticia. Una postura comprensible, aunque más convincente si no hubiera sido enunciada desde un hotel de cinco estrellas el mismo día en que el país entero se quedaba sin electricidad. La banda terminó siendo la imagen más perfecta de todo el viaje: la revolución como accesorio estético, la solidaridad como performance.
La visita fue una payasada gigantesca, y una afrenta hacia un pueblo al que nadie le preguntó si quería servir de escenografía. En ningún momento los organizadores explicaron cómo se distribuiría la ayuda una vez en Cuba, quién supervisaría que llegara a la población y no al aparato estatal, ni qué porcentaje de los fondos recaudados se destinó a los gastos de viaje y alojamiento de los propios delegados. Las preguntas prácticas quedaron sin respuesta, sepultadas bajo el ruido del espectáculo.
En cuestión de días, estos activistas de temporada regresaron a sus vidas sin sobresaltos, dejando atrás a una población condenada a la miseria que utilizaron como telón de fondo. Cruzaron el mar convencidos de que serían los salvadores de un sistema que se descompone día a día. Terminaron siendo sus peores publicistas, exponiendo con su propia frivolidad las miserias morales de una dictadura que llevan décadas negándose a denunciar.