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La Generación Z estadounidense y su apoyo a Hamás: cobardía disfrazada de ‘rebeldía'

Si continúan siendo manipulados por fuerzas externas y su propia inmadurez, el precio podría ser demasiado alto.

Manifestación pro-Hamás en la Universidad George Washington

Manifestación pro-Hamás en la Universidad George WashingtonAndrew Thomas / AFP

En un mundo cada vez más polarizado, los resultados de una encuesta reciente realizada por la Universidad de Harvard y la Harris Research Foundation han encendido alarmas sobre las percepciones de la juventud estadounidense. Según el estudio, la mayoría de los jóvenes de la Generación Z, específicamente aquellos entre 18 y 24 años, expresan un mayor apoyo a Hamás que a Israel en el conflicto palestino-israelí. Este grupo etario es el único entre los encuestados que inclina la balanza hacia el grupo terrorista palestino, un hecho que invita a una profunda reflexión sobre las raíces de esta postura y sus implicaciones para el futuro de Occidente.

Podríamos atribuir este fenómeno a lo que se ha denominado la Generación de Cristal: jóvenes que, aunque proyectan una imagen de rebeldía y fuerza en manifestaciones y redes sociales, en realidad han crecido en un entorno de privilegios heredados. Cuanto más se alejan las generaciones de las guerras, el sudor y las lágrimas que forjaron las libertades democráticas y la prosperidad económica de la que gozan hoy, más dan por sentadas esas conquistas. De hecho, hasta las atrocidades cometidas durante el Holocausto son banalizadas. 

Sin haber derramado una gota de sangre ni esfuerzo significativo (o alguno), ven el mundo como un derecho adquirido, lo que los lleva a exigir constantemente a las generaciones anteriores sin apreciar el valor de lo que tienen. Como adolescentes eternos, su instinto primordial es rebelarse contra el establishment sin importar el porqué, simplemente por el afán de oponerse.

Esta vida de lujos no ganados genera en ellos una mezcla tóxica de envidia, frustración y culpa. En su búsqueda por forjar una identidad propia, desprecian todo aquello que les proporciona comodidad: el capitalismo que les permite consumir sin límites y las sociedades abiertas que toleran su disidencia. Intentan cambiar el mundo sin haber aprendido aún a navegar incluso la realidad cotidiana. 

El ‘fuerte’ contra el ‘débil’

Para aliviar su complejo de inferioridad, adoptan el discurso del fuerte contra el débil, posicionándose invariablemente del lado del supuesto oprimido. Poco importa si ese débil representa una cultura de muerte e intolerancia, una que no dudaría en masacrar a quienes critican su ideología, dibujan a un profeta, eligen amar a personas del mismo sexo o simplemente muestran algo de piel. La distancia geográfica y cultural hace que todo sea irrelevante; el horror está lejos, en un lugar abstracto. Distinta será la situación cuando la sangre de los suyos comience a derramarse con mayor frecuencia en Occidente.

Es precisamente esta dinámica la que explica su adhesión a la causa palestina. Lo que llaman rebeldía no es más que cobardía disfrazada. Pueden propagar las peores mentiras, revivir libelos de sangre antisemitas y escupir odio sin temor a represalias físicas. De manera similar, se atreven a burlarse del cristianismo. Sin embargo, hacen la vista gorda ante conflictos mucho más devastadores, donde se cometen verdaderos genocidios con cientos de miles de víctimas: el Congo, Sudán, Siria, Yemen o Nigeria, entre tantos otros. 

Ojalá reconozcan a tiempo que la verdadera rebeldía radica en defender los principios que han hecho de Occidente un faro de progreso, en lugar de alinearse con quienes buscan destruirlo.Leandro Fleischer

Ni siquiera les preocupan los palestinos que sufren discriminación sistemática en países como Jordania o el Líbano. Se autoproclaman feministas, pero guardan un silencio ensordecedor frente a regímenes opresores como el iraní o los talibanes en Afganistán, donde las mujeres enfrentan atrocidades diarias. Saben que, si alzaran la voz allí, su integridad correría peligro real. Es una rebeldía selectiva, conveniente y, en última instancia, hipócrita, impulsada por el orgullo adolescente, el capricho y una disonancia cognitiva extrema que les impide reconocer su propia inconsistencia.

Esta paradoja se agrava cuando consideramos la narrativa que equipara a Israel (y a EEUU) con un imperialismo opresor, mientras que los islamistas, que abiertamente buscan la destrucción de Occidente desde dentro de sus propias sociedades, son vistos como víctimas. Israel, un país diminuto construido por refugiados que huyeron de persecuciones reales en Europa y Medio Oriente, es acusado de colonizar por la fuerza, mientras que los verdaderos ideólogos de la intolerancia, que operan desde las entrañas de las democracias occidentales, son excusados o incluso celebrados, ellos no son imperialistas ni colonizadores, aparentemente. 

Al adoptar esta postura, la Generación Z no sólo malinterpreta la historia, sino que, sin saberlo, compra su propio suicidio, apoyando fuerzas que, de triunfar, no dudarían en erradicar los valores de libertad y pluralismo que ellos mismos dicen defender. De hecho, no dudarían en separar las cabezas de los cuerpos de sus actuales aliados (idiotas útiles).

La influencia de Qatar y la Hermandad Musulmana

A esto se suma un factor externo y siniestro: la influencia creciente de Qatar y la Hermandad Musulmana en las universidades estadounidenses y los medios internacionales. Estos actores geopolíticos han invertido millones en cátedras, becas y campañas de propaganda, explotando la vulnerabilidad de mentes jóvenes ávidas de rebelarse sin una causa clara. Los bombardean con narrativas sesgadas y falsas, convirtiéndolos en idiotas útiles para una agenda que busca socavar los valores occidentales desde dentro. Con paciencia y sin prisa, aspiran a moldear las futuras élites estadounidenses y europeas. Sin embargo, si logran su objetivo, estos mismos jóvenes serán los primeros en sufrir las consecuencias: decapitaciones ideológicas o literales, como ya se ve en la creciente islamización de Europa Occidental, con atentados terroristas cada vez más frecuentes contra civiles inocentes que sólo quieren vivir en libertad.

El futuro está en juego

Es hora de que esta generación despierte, que empiece a pensar en qué se dice en internet o los medios de comunicación tradicionales, a analizar los discursos de la manera más objetiva posible, y no sólo prestar atención a quién lo dice o si lo que dice se adapta a lo que quiere escuchar para que encaje en su preconcepto

Su postura actual no sólo ignora la complejidad del mundo real, sino que pone en riesgo las mismas libertades que les permiten protestar y vivir como les plazca. Si continúan siendo manipulados por fuerzas externas y su propia inmadurez, el precio podría ser demasiado alto. Ojalá reconozcan a tiempo que la verdadera rebeldía radica en defender los principios que han hecho de Occidente un faro de progreso, en lugar de alinearse con quienes buscan destruirlo. El futuro depende de ello.

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