Biden y Hamás prolongaron la guerra, no Netanyahu
'The New York Times' promueve la calumnia de que el primer ministro dejó que se derramara más sangre para aferrarse al poder. Fueron sus oponentes, sin embargo, quienes hicieron política con Gaza.

El primer ministro israelí Benjamín Netanyahu
Una de las grandes ironías de los recientes acontecimientos históricos mundiales es que un conflicto que se planeó para debilitar, si no destruir, al Estado de Israel condujo al inconmensurable fortalecimiento de ese país. Irán ayudó a fomentar una guerra de múltiples frentes contra el Estado judío que comenzó el 7 de octubre de 2023, cuando un asalto árabe palestino dirigido por Hamás contra las comunidades del sur de Israel provocó la mayor matanza de judíos desde el Holocausto. Aquella orgía de asesinatos en masa, torturas, violaciones, secuestros y destrucción gratuita dejó al Estado judío en lo que podría haber sido el punto más bajo de su historia. Su pueblo se tambaleaba por el horror y veía a los dirigentes de su país como responsables de una serie de errores colosales que hicieron posible esta catástrofe.
Aquel trágico día podría haber sellado el destino político del primer ministro israelí Benjamín Netanyahu bajo cuyo mandato ocurrió todo. Pero gracias a las posteriores victorias de los soldados israelíes en el campo de batalla contra sus adversarios, el primer ministro no sólo sigue en el cargo, sino que probablemente tenga posibilidades de ganar otro mandato cuando los votantes de la nación acudan a las urnas el año que viene.
Esas victorias tuvieron un alto precio, que supuso la muerte (en el momento de escribir estas líneas) de 893 miembros de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI). Esos éxitos contra los enemigos del Estado judío sólo fueron posibles gracias al firme liderazgo de Netanyahu y a su negativa a dejarse avasallar por su única superpotencia aliada para que renunciara a la seguridad de su país. Al hacerlo, fue capaz de liderar el exitoso esfuerzo posterior para derrotar a Hezbolá e Irán, y ayudar a provocar la caída del régimen de décadas de Bashar Assad en Siria, un aliado iraní. Esto ha dado lugar a lo que incluso sus oponentes deben admitir que es un asombroso resurgimiento de su popularidad y del prestigio de su Gobierno.
Y también enfurece a sus enemigos políticos en Israel y Estados Unidos.
En respuesta, se está intensificando el bombo de incitación contra él que ha estado sonando a todo volumen desde el momento en que regresó al cargo tras ganar las elecciones a la Knesset (Parlamento israelí) celebradas en noviembre de 2022.
Gatestone Institute
Por qué los terroristas palestinos quieren un alto el fuego en Gaza
Khaled Abu Toameh
Culpar de todo a Netanyahu
Los lectores de la revista dominical de The New York Times tuvieron una muestra completa de lo que eso significa esta semana con un extenso reportaje recopilado por sus principales corresponsales, entre ellos el jefe de la oficina de Jerusalén Patrick Kingsley y el redactor Ronen Bergman, que es autor de varios libros sobre la historia de las operaciones de la inteligencia israelí.
La tesis principal del artículo es que el 7 de Octubre y la guerra que siguió no sólo fueron culpa de Netanyahu, sino que él la prolongó de manera crucial. Afirma que se negó a aceptar un acuerdo que habría puesto fin al conflicto y a todo el sufrimiento que conllevaba en abril de 2024. Y argumenta que lo hizo principalmente por un afán cobarde y sin principios de aferrarse al poder.
Esta calumnia, que equivale a un libelo de sangre político, no es simplemente injusta. La verdad es más o menos lo contrario. Lejos de que Netanyahu esté motivado principalmente por consideraciones políticas, han sido sus oponentes -tanto en el Gobierno de Biden como en los partidos de la oposición israelí- quienes han hecho política con la guerra mucho más que el primer ministro.
La tesis del Times se basa en cuatro argumentos que giran en torno a la idea de que todo lo que va mal en Israel es culpa de Netanyahu.
El primero es que creen que no debería haber sido candidato en las elecciones de 2022, que debería haberse retirado de la política tras ser acusado de un puñado de cargos de corrupción. Pero estos cargos son, en el mejor de los casos, endebles y un ejemplo de lawfare utilizado por la clase dirigente progresista/izquierdista de Israel para eliminar a un líder al que no pudieron derrotar en unas elecciones.
La segunda es que Netanyahu es culpable de los sucesos del 7 de Octubre porque permitió que el Gobierno terrorista de Hamás permaneciera en el poder durante años, en lugar de actuar para derrocarlo, permitiendo incluso que Qatar lo apoyara financieramente.
Eso es cierto, aunque no fue ni mucho menos el único que pensó que esta política mantendría el statu quo con la Franja de Gaza. Prácticamente todos los miembros de la oposición política que ahora claman por su caída estaban de acuerdo con esa política. La incapacidad de comprender que Hamás y sus patrocinadores iraníes seguían siendo ideólogos dedicados a la destrucción de Israel y al genocidio de su pueblo, en lugar de pragmáticos, fue real. Pero fue un error cometido por todo el espectro del establishment político, militar y de inteligencia del Estado judío, que proporcionó la mayoría de los comentarios extraoficiales que constituyeron la base del artículo de la revista del Times.
El tercer elemento es la noción de que los esfuerzos de Netanyahu para reformar el descontrolado y todopoderoso sistema judicial israelí (que socava la democracia), y no para –como afirman falsamente sus oponentes– tratar de socavarla o destruirla, causaron tal división en Israel que animaron a Hamás a atacar en ese mismo momento.
El revuelo causado por la cuestión a lo largo de 2023 socavó, en efecto, la seguridad del país y, sin duda, distrajo al primer ministro. Sin embargo, la responsabilidad de ello corresponde tanto o más a los rivales internos de Netanyahu, cuyos esfuerzos por detenerle incluyeron negativas públicas por parte de algunos en puestos de responsabilidad a seguir sirviendo en el Ejército. Si la oposición hubiera limitado su campaña contra la reforma judicial al discurso político normal -en lugar de amenazar con provocar una guerra civil antes de aceptar el veredicto de las urnas- Hamás no habría tenido la falsa impresión de que existe un abismo político en el Estado judío y de que los votantes progresistas y laicos de Israel no lucharían para defender a su país.
La cuarta acusación contra Netanyahu es que podría haber puesto fin a la guerra tras solo unos meses, pero decidió no hacerlo porque creía que eso acabaría con su carrera política.
La idea de que Netanyahu -que perdió a su hermano mayor a manos del terrorismo y al que a menudo se llama el primer ministro de la "seguridad"- dio prioridad a la política sobre el fin de la guerra es fundamentalmente errónea.
Lo primero que hay que recordar sobre esta acusación es que la idea de que este o cualquier otro conflicto está totalmente separado de la política se basa en un malentendido de la naturaleza de la guerra. Como escribió el famoso estratega político y militar prusiano Carl von Clausewitz: "La guerra es una continuación de la política por otros medios". Eso es cierto en el caso de Irán y Hamás, y también lo ha sido en todas las guerras que Israel ha librado para preservar su existencia y asegurarse de que sus enemigos no quedaran en situación de amenazarle.
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La motivación política de Biden
Más que eso, los que jugaban a la política eran los que buscaban forzar el fin de la guerra antes de que Israel lograra los resultados decisivos que finalmente obtuvo.
Los esfuerzos del equipo de política exterior de Biden para obligar a Israel a no llegar a derrotar a Hamás y poner fin a la guerra antes de que este o sus aliados de Hezbolá, los hutíes e Irán fueran derrotados estaban motivados en parte por su animadversión hacia Netanyahu. No querían que Israel se volviera demasiado fuerte, para que el país pudiera ser presionado eventualmente a hacer concesiones a los palestinos.
Su principal motivo, sin embargo, era su angustia por las divisiones dentro del Partido Demócrata por el apoyo poco entusiasta de la Administración a Israel después del 7 de Octubre. Para la base interseccional de los demócratas, Biden no era suficientemente hostil al Estado judío; eso suponía una auténtica amenaza para sus posibilidades de reelección en 2024. En la primavera de ese año, la Administración estaba desesperada por poner fin a la guerra porque muchos demócratas se oponían a su política de ayudar a Israel en momentos de necesidad, verbal y militarmente, aunque también ralentizaban la entrega de suministros y hacían todo lo que estaba en su mano para obstaculizar el esfuerzo israelí por erradicar a Hamás.
La oposición política de Netanyahu también pretendía poner fin a la guerra sin lograr nada parecido a una victoria sobre Hamás. Sus razones eran igualmente complejas.
Desde el principio, muchos israelíes creyeron que la única prioridad debía ser el rescate de los rehenes en manos de Hamás, independientemente de si esto fortalecería o no a los terroristas y sólo provocaría futuras víctimas a largo plazo. Igualmente importante, la izquierda israelí había aceptado durante mucho tiempo la idea de que había que apaciguar a los palestinos, en lugar de derrotarlos, aunque la inmensa mayoría de los ciudadanos del Estado judío hacía tiempo que habían renunciado a la esperanza de que el intercambio de territorio por paz lograra algo más que un intercambio de territorio por más terrorismo.
Durante toda la guerra, han clamado por el derrocamiento del Gobierno de coalición, independientemente de la naturaleza indecorosa de sus argumentos. Esta agitación reforzó la determinación de Hamás de seguir adelante con un conflicto que -desde el momento en que quedó claro que estaban perdiendo- creían que aún podía salvarse si se ejercía suficiente presión por parte de Estados Unidos, los críticos internos israelíes y el apoyo internacional de agencias malignas y protestas masivas en las principales ciudades como para hacer que Netanyahu se rindiera.
Los historiadores imparciales que no sean partidarios anti-Netanyahu se verán obligados a concluir que no solo esta acusación era falsa, sino que, al aferrarse a sus principios, el primer ministro prestó un servicio inestimable a su país y al mundo, que está materialmente mejor con un Irán, Hamás y Hezbolá debilitados.
El Gobierno de Biden no fue un espectador pasivo de la agitación política de Israel. Tomó partido en la batalla interna israelí sobre la reforma judicial. Fue un acto de hipocresía manifiesta, ya que su apoyo a un Tribunal Supremo israelí todopoderoso contrastaba con el deseo abiertamente declarado de los demócratas de limitar la capacidad del Tribunal Supremo estadounidense, mucho menos poderoso, para decidir sobre cuestiones constitucionales.
Peor aún, como muchos sospechaban desde hace tiempo y ahora se ha demostrado recientemente con el descubrimiento de los documentos pertinentes, la Administración Biden canalizó ayuda financiera a grupos activistas israelíes que buscaban derrocar a Netanyahu a través de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) y el Departamento de Estado. Además de constituir una posible violación de la ley estadounidense, esos desembolsos eran una prueba clara de que el equipo de política exterior de Biden era el que jugaba sin escrúpulos a la política cuando se trataba de prolongar la guerra. También da más peso a la posterior decisión del presidente Donald Trump de cerrar USAID porque, en este y otros casos, no era tanto una ayuda a los necesitados como un instrumento de intervención estadounidense en la política interna de otras naciones, incluido el democrático Israel.
El mito de la paz perdida
La afirmación de que Netanyahu descartó una oportunidad de paz para aferrarse al poder es especialmente falsa.
Como afirma el artículo de la revista del Times, un acuerdo concluido en abril de 2024 habría dejado las formaciones militares y el liderazgo de Hamás en su lugar cerca de la ciudad de Rafah, en el sur de Gaza. Allí, habría permitido el flujo continuo de suministros al grupo terrorista a través de los túneles bajo la frontera entre Egipto y el enclave de Hamás.
Según el artículo, el entonces jefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel, el teniente general Herzi Halevi, pensaba que la captura de Rafah no tenía importancia. Esto nos recuerda que él -y muchos otros mandos militares y de inteligencia del país- no sólo se equivocaron fatalmente sobre las intenciones de Hamás y fueron los principales responsables del 7 de Octubre. Tampoco estaban preparados para la guerra posterior a la masacre terrorista en la que, especialmente en sus primeros meses, parecían aceptar la idea de que Hamás era una "idea" que no podía ser derrotada en lugar de un oponente militar terrorista real que podía ser vencido.
No hace falta ser un pensador militar del nivel de von Clausewitz para preguntarse por qué no se tomó Rafah en los primeros meses de la guerra para cortar a Hamás su principal fuente de suministros. Si las FDI estuvieron a veces dando vueltas en círculos en Gaza en la primera fase del conflicto, como alega el Times, es culpa de los generales y no de Netanyahu, que, a diferencia de un presidente estadounidense, no es el incuestionable comandante en jefe de las fuerzas israelíes.
Otro mito que apuntala el artículo del Times es que si Netanyahu hubiera cedido a la presión estadounidense en abril de 2024 y hubiera permitido que Hamás volviera a su estatus del 6 de octubre de 2023 como Gobierno de Gaza, Arabia Saudí habría reconocido entonces a Israel.
Tanto los estadounidenses como el Gobierno de Netanyahu consideran que la voluntad saudí de unirse a los Acuerdos de Abraham e intercambiar embajadores con el Estado judío es un objetivo prioritario de su política exterior. Sin embargo, los saudíes decidieron no unirse a los acuerdos en 2020, y puede que nunca lo hagan. Incluso el modernizador príncipe heredero Mohammed bin Salman entiende que reconocer a Israel abriría el Gobierno de su familia a ataques contra la legitimidad de su estatus como protector de los lugares santos del islam y traicionaría la cepa extremista wahabí del islam que siempre ha sido uno de los principales puntales de su régimen.
¿Un salvavidas para Hamás?
Nadie debería tomarse en serio las afirmaciones del artículo de que la concesión a Hamás hace 13 meses habría aumentado la popularidad de Israel en Europa o entre los demócratas de izquierda de Estados Unidos, cuya hostilidad hacia el Estado judío no ha hecho más que crecer. La alianza rojiverde de izquierdistas e islamistas busca la destrucción de Israel. Cualquier simpatía que algunos pudieran haber sentido tras las atrocidades del 7 de Octubre se evaporó incluso antes de que el Estado judío se movilizara y comenzara a defenderse tres semanas después, buscando la destrucción de los terroristas.
El mito de la oportunidad perdida para la paz también ignora que la razón por la que la coalición de Netanyahu se habría desmoronado si hubiera cedido a la presión estadounidense no radicaba tanto en las exigencias de sus controvertidos socios políticos, Bezalel Smotrich e Itamar Ben-Gvir, como en su deber de no dañar la seguridad del Estado judío. Conceder un salvavidas a Hamás en abril de 2024, en lugar de continuar la guerra hasta que sus formaciones militares estuvieran totalmente destruidas, y Hezbolá e Irán derrotados, así como Assad derrocado, habría sido un desastre estratégico para Israel y bien podría haber garantizado que los terroristas hubieran estado pronto en condiciones de repetir la masacre del 7 de Octubre. Pero habría ayudado políticamente a la Administración Biden y también habría reforzado a los oponentes de Netanyahu.
Hay muchas críticas legítimas que hacer a las decisiones de Netanyahu a lo largo de su dilatado mandato como primer ministro israelí, además de las que contribuyeron a que Israel no estuviera preparado para el 7 de Octubre. Corresponderá a los votantes de Israel emitir el veredicto definitivo sobre si lo que ha hecho desde entonces, que bien puede constituir los mejores momentos de su carrera como político y líder de su país, compensa o no sus errores y faltas personales.
Se diga lo que se diga de él, la afirmación de que la guerra se ha prolongado principalmente para ayudarle a aferrarse al poder es una calumnia que no debería quedar sin respuesta. Los historiadores imparciales que no sean partidarios anti-Netanyahu se verán obligados a concluir que esta acusación no sólo es falsa, sino que, al aferrarse a sus principios, el primer ministro hizo un servicio inestimable a su país y al mundo, que está materialmente mejor con un Irán, Hamás y Hezbolá debilitados.
© JNS