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ANÁLISIS

Marca América: cuando el mundo empezó a parecerse a Estados Unidos

De una joven república nacida en la costa atlántica al país que conquistó el imaginario mundial con Hollywood, el jazz, internet y Silicon Valley. Un recorrido por dos siglos y medio de poder cultural.

Anuncio de los premios de la Academia de Cine (Archivo)

Anuncio de los premios de la Academia de Cine (Archivo)AFP

Diane Hernández
Publicado por

El 4 de julio de 2026, Estados Unidos conmemora los 250 años de la firma de la Declaración de Independencia. Pero el aniversario no solo invita a mirar hacia Filadelfia, 1776 o los Padres Fundadores. También permite formular una pregunta más contemporánea: ¿cómo ha visto el mundo a Estados Unidos durante estos dos siglos y medio?

La respuesta no está únicamente en sus presidentes, sus guerras o su economía. Está también en una sala de cine, en una canción de jazz, en una camiseta de una universidad americana, en una hamburguesa, en un iPhone, en una serie de Netflix, en un vídeo de YouTube o en una conversación mediada por una red social.

El país ha sido una potencia militar, económica y diplomática. Pero su influencia más profunda quizá haya sido cultural. Antes de que muchos ciudadanos del mundo supieran explicar el sistema electoral estadounidense, ya habían visto Nueva York arder en una película, habían escuchado rock, rap o pop en inglés, habían deseado unas zapatillas Nike o habían aprendido a imaginar la libertad a través de imágenes producidas en Hollywood.

Ese es el rasgo singular del poder estadounidense: su capacidad para convertir una forma de vida en relato global.

Hollywood: la fábrica mundial de los sueños

Durante el siglo XX, Hollywood no solo produjo películas. Produjo imágenes del mundo.

El western convirtió la expansión territorial estadounidense en mito. El cine negro hizo de la ciudad moderna un escenario moral. Las películas bélicas narraron la Segunda Guerra Mundial desde una óptica estadounidense. Las comedias románticas hicieron de Nueva York una capital sentimental. Los superhéroes transformaron el poder individual, la salvación y la justicia en mitología de masas.

Desde los años veinte y treinta, el sistema de estudios de Hollywood industrializó la creatividad: actores, directores, guionistas, técnicos y campañas de distribución fueron integrados en una maquinaria capaz de fabricar estrellas y exportarlas al mundo.

El resultado fue una hegemonía cultural sin precedentes. Para millones de personas, Estados Unidos fue primero una imagen antes que un país real: carreteras infinitas, diners, rascacielos, institutos con taquillas, suburbios, universidades, coches descapotables, policías de Nueva York, playas de California.

Hollywood convirtió lo local en universal.

Esa influencia no desapareció con el fin de la edad dorada del cine. Se transformó. En el siglo XXI, las grandes franquicias —Marvel, Star Wars, Jurassic Park, Fast & Furious— siguieron construyendo una lengua visual compartida. Incluso cuando las salas de cine perdieron centralidad frente al streaming, el modelo narrativo estadounidense continuó dominando buena parte del entretenimiento global.

La Motion Picture Association sostiene que la industria estadounidense del cine, la televisión y el streaming distribuye contenidos en más de 130 países y que más de la mitad de los ingresos de sus compañías asociadas procede del exterior.

Ese dato resume una paradoja: Hollywood es profundamente estadounidense, pero depende del mundo. Sus historias nacen en Los Ángeles, pero se prueban en Seúl, Madrid, Ciudad de México, Lagos, São Paulo o Bombay.

Una réplica del cartel de Hollywood para una película (Archivo)

Una réplica del cartel de Hollywood para una película (Archivo)AFP

La música: una lengua franca emocional

Si Hollywood enseñó al mundo a mirar a Estados Unidos, la música le enseñó a escucharlo.

Jazz, blues, gospel, country, rock, soul, funk, disco, hip hop, R&B y pop forman parte de una genealogía cultural que no puede separarse de la historia social del país: esclavitud, segregación, migraciones internas, lucha por los derechos civiles, juventud, consumo, protesta y globalización.

El jazz fue una de las primeras grandes exportaciones culturales estadounidenses del siglo XX. Durante la Guerra Fría, Washington entendió que la música podía ser diplomacia. A partir de 1956, el Departamento de Estado envió a figuras como Dizzy Gillespie, Louis Armstrong, Duke Ellington o Sarah Vaughan como “embajadores del jazz”, en un intento de mostrar al mundo una imagen de libertad y creatividad frente a la Unión Soviética.

La operación contenía una contradicción evidente: muchos de esos músicos negros representaban en el exterior a un país que en casa aún negaba derechos fundamentales a millones de afroamericanos. Pero precisamente ahí residía parte de la fuerza cultural estadounidense: su música no ocultaba del todo el conflicto; muchas veces lo expresaba.

El rock and roll llevó esa energía a la cultura juvenil global. Elvis Presley, Chuck Berry, Little Richard o Buddy Holly no solo cambiaron la música: cambiaron el cuerpo, el baile, la moda y la idea misma de adolescencia. Después llegaron Bob Dylan, Jimi Hendrix, Aretha Franklin, Bruce Springsteen, Madonna, Michael Jackson, Prince, Nirvana, Beyoncé, Taylor Swift, Kendrick Lamar y una larga lista de artistas que convirtieron experiencias estadounidenses en emociones globales.

El hip hop, nacido en el Bronx en los años setenta, es quizá el ejemplo más poderoso de esa expansión. Surgió como cultura urbana afroamericana y latina, pero terminó convirtiéndose en un lenguaje mundial para hablar de desigualdad, barrio, identidad, rabia, estilo y aspiración.

Hoy la música estadounidense ya no viaja solo por discos, radios o MTV. Viaja por plataformas. La IFPI estimó que los ingresos mundiales de música grabada alcanzaron los 29.600 millones de dólares en 2024, impulsados sobre todo por el streaming. Spotify, aunque sueca, opera en 184 mercados y declara cientos de millones de usuarios, lo que confirma que la música global vive ya en infraestructuras digitales transnacionales.

La influencia de Estados Unidos en la música no consiste solo en exportar artistas. Consiste en haber creado buena parte de los géneros con los que el mundo expresa juventud, rebeldía, deseo, fiesta, dolor y protesta.

Silicon Valley: del sueño americano al algoritmo

Durante décadas, el poder cultural estadounidense tuvo forma de pantalla de cine o canción de tres minutos. Hoy tiene forma de interfaz.

Google organiza búsquedas. YouTube distribuye vídeos. Apple diseña dispositivos que funcionan como símbolos de estatus. Meta conecta relaciones, imágenes y conversación pública a través de Facebook, Instagram y WhatsApp. Amazon transformó la idea de consumo. Microsoft moldeó la informática personal y empresarial. Netflix cambió los hábitos audiovisuales. OpenAI y otras compañías de inteligencia artificial están empezando a modificar la producción de texto, imágenes, educación, trabajo y entretenimiento.

La clave es que las grandes tecnológicas no solo venden productos. Median la experiencia diaria.

Meta declaró 3.350 millones de personas activas diariamente en su familia de aplicaciones en diciembre de 2024. YouTube se ha consolidado como una de las mayores plataformas audiovisuales del planeta y, según datos recientes, ha superado incluso a Netflix en tiempo medio diario de visionado en varios mercados internacionales. Netflix cerró 2024 con más de 300 millones de membresías pagadas en más de 190 países, según su informe anual.

La cultura estadounidense ya no llega solo mediante una película concreta o una canción concreta. Llega mediante la arquitectura invisible de las plataformas: recomendaciones, tendencias, algoritmos, rankings, notificaciones, formatos breves, métricas de popularidad.

Hollywood decía: "Mira esta historia". Silicon Valley dice: "Te mostraremos lo que probablemente quieras mirar".

Ese cambio es enorme. El poder cultural ha pasado de la producción de contenidos a la organización de la atención.

La marca Estados Unidos

El poder cultural estadounidense también se mide en objetos cotidianos.

​Unos vaqueros Levi’s, una botella de Coca-Cola, unas Nike, un Big Mac, una gorra de béisbol, una sudadera universitaria, Halloween, Black Friday, el modelo startup, el garaje como mito de innovación, la idea de self-made man, la estética de Silicon Valley o la promesa del sueño americano forman parte de una gramática global.

​No todos esos símbolos son admirados de la misma manera. A veces generan deseo; otras, rechazo. Pero incluso el rechazo confirma su presencia.

​El concepto de soft power, popularizado por Joseph Nye, ayuda a entender este fenómeno: la capacidad de un país para influir no solo por coerción o dinero, sino por atracción. En 2025, Brand Finance situó a Estados Unidos en el primer puesto de su Global Soft Power Index, destacando su liderazgo en familiaridad, influencia, educación, ciencia, medios y comunicación.

La cultura popular estadounidense ha funcionado como una invitación constante: ven, mira, escucha, compra, imita, sueña.

​Pero también ha generado críticas. Desde Francia hasta América Latina, desde Oriente Medio hasta Asia, muchos intelectuales, Gobiernos y movimientos sociales han denunciado la americanización como una forma de imperialismo cultural: la sustitución de lenguas, tradiciones, estéticas y narrativas locales por productos globales diseñados en inglés y distribuidos por corporaciones estadounidenses.

​Ahí está la tensión central del reportaje: Estados Unidos no solo exporta cultura; exporta poder envuelto en cultura.

Visto desde fuera: admiración, dependencia y resistencia

La mirada internacional hacia Estados Unidos nunca ha sido uniforme. Ha combinado fascinación y sospecha.

Pew Research Center señalaba en 2024 que una mediana del 54% de adultos en 34 países tenía una opinión favorable de Estados Unidos, frente a un 31% desfavorable. En 2025, el mismo centro apuntaba que aproximadamente la mitad de los adultos encuestados en distintos países veían favorablemente a Estados Unidos, con diferencias muy marcadas entre regiones.

La cultura suele resistir mejor que la política. Puede caer la popularidad de un presidente, pero seguir sonando una canción estadounidense. Puede haber rechazo a una guerra, pero éxito de una película de Hollywood. Puede criticarse el poder de Silicon Valley y, al mismo tiempo, depender de sus aplicaciones.

Esa disociación explica parte de la permanencia del poder estadounidense. El país puede ser discutido como actor geopolítico y, aun así, seguir siendo central como productor de símbolos.

El mundo no siempre quiere seguir a Estados Unidos. Pero rara vez puede ignorarlo.

El desafío: un mundo culturalmente multipolar

La hegemonía cultural estadounidense ya no es tan indiscutible como en el siglo XX.

Corea del Sur ha demostrado con el K-pop, el cine y las series que otro país puede construir una estrategia cultural global. India mantiene una de las mayores industrias audiovisuales del mundo. China compite por influencia tecnológica y mediática, aunque con límites políticos. América Latina ha ganado peso en la música urbana global. Turquía exporta telenovelas. Japón conserva una enorme influencia mediante el anime, el manga y los videojuegos.

La diferencia es que Estados Unidos sigue ocupando un lugar estructural. No solo produce contenidos; controla muchas de las plataformas por las que circulan contenidos de otros países.

Una canción coreana puede hacerse global en YouTube.

Un artista puertorriqueño puede dominar Spotify.

Una serie española puede triunfar en Netflix.

Un creador nigeriano puede viralizarse en Instagram o TikTok.

La globalización cultural ya no es simplemente Estados Unidos exportando al mundo. Es el mundo compitiendo dentro de infraestructuras, formatos y modelos de negocio que, en buena parte, fueron diseñados o escalados desde Estados Unidos.

El país que enseñó al mundo a imaginarse

A los 250 años de su independencia, Estados Unidos puede ser analizado como república, imperio, mercado, potencia militar o democracia en crisis. Pero también debe ser entendido como una máquina cultural de alcance histórico.

​Su influencia no se explica solo por el Pentágono, Wall Street o la Casa Blanca. Se explica por Hollywood, por el jazz, por el rock, por el hip hop, por Disney, por Coca-Cola, por Apple, por Google, por Netflix, por YouTube, por Instagram y por la promesa —real o ilusoria— de que cualquiera puede reinventarse.

​El poder cultural estadounidense ha consistido en convertir su experiencia nacional en imaginario global. Ha hecho que personas que nunca pisaron Estados Unidos reconozcan sus ciudades, canten sus canciones, usen sus dispositivos, adopten sus formatos narrativos y discutan sus contradicciones.

​Ese poder no es inocente. Ordena deseos, mercados y conversaciones. También uniformiza, desplaza y concentra. Pero su eficacia histórica es difícil de negar.

​Durante dos siglos y medio, el país no solo ha intentado gobernar el mundo. Ha intentado narrarlo. Y quizá esa sea su mayor influencia: haber convencido a buena parte del planeta de mirar la modernidad a través de sus pantallas, sus canciones y sus plataformas.
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