Traición en todos los frentes: el legado de Keir Starmer
Su mandato puede resumirse en una sola palabra: traición. Traición a un aliado histórico, traición a las víctimas que el Estado debía proteger, traición a la libertad que distinguía a Gran Bretaña, y traición al electorado que le pidió control y recibió caos, burocracia, mentiras y decadencia.

El ex primer ministro británico, Keir Starmer
Se fue. Esta mañana, desde el atril de Downing Street y con la voz llorosa, Keir Starmer anunció su renuncia, incapaz de sobrevivir el superpromocionado ingreso al Parlamento de Andy Burnham y, sobre todo, al desplome de su propio partido a lo largo de su gestión y en un tiempo récord.
El abogado que llegó al poder prometiendo “un gobierno al servicio del país” se marcha como el primer ministro más impopular de la historia reciente británica, derribado no por la oposición, sino por sus propias huestes. Conviene no dejarse engañar por la liturgia lacrimógena de la despedida. El balance de estos casi dos años no es el de un tecnócrata competente derrotado por las circunstancias, sino el de un proyecto de poder que, una y otra vez, eligió ponerse del lado equivocado de cada cuestión que importaba a los británicos.
Su mandato puede resumirse en una sola palabra: traición. Traición a un aliado histórico, traición a las víctimas que el Estado debía proteger, traición a la libertad que distinguía a Gran Bretaña, y traición al electorado que le pidió control y recibió caos, burocracia, mentiras y decadencia.
La traición a Israel
Empecemos por la política exterior, porque ahí el giro fue más nítido. En septiembre de 2025, Starmer hizo del Reino Unido uno de los primeros países de peso en reconocer formalmente un Estado palestino, apenas dos años después de la peor masacre de judíos desde el Holocausto y con los rehenes israelíes todavía en los túneles de Hamás. Lo había anticipado meses antes, incluso había suspendido licencias de exportación de armas a Jerusalén. El gesto se presentó como diplomacia humanitaria; en los hechos fue una recompensa diplomática otorgada mientras Hamás seguía reteniendo cautivos, y un mensaje inequívoco a las familias de los rehenes, a las que el propio primer ministro decía haber escuchado, de que su dolor pesaba menos que la presión de las bases propalestinas de su partido. El patrón de Starmer fue siempre el mismo: ceder a la facción más fanática, antioccidental y ruidosa, para luego tratar de disfrazar sus claudicaciones como principios.
La cobardía ante el escándalo de las bandas de violadores
Si hubo un episodio que desnudó la jerarquía moral del starmerismo, fue el de las grooming gangs. Durante meses, Starmer despreció las peticiones de una investigación nacional sobre las bandas, compuestas de forma desproporcionada por hombres de origen pakistaní, que durante años abusaron de niñas blancas de clase trabajadora, acusando a quienes lo reclamaban de subirse a un «carro» de la extrema derecha.
Solo cuando el informe de la baronesa Casey volvió insostenible esa postura, documentando cómo se «esquivó durante años» la cuestión étnica, hasta el extremo de hallar expedientes donde la palabra «pakistaní» había sido borrada, el primer ministro ejecutó otra de sus célebres marchas atrás y aceptó la investigación que antes ridiculizaba.
Que un exdirector de la Fiscalía de la Corona necesitara que se lo explicara una auditoría externa dice mucho. Y lo que la izquierda llama «cohesión comunitaria» se reveló como lo que siempre fue: la disposición del Estado a sacrificar a las víctimas más vulnerables para no incomodar a un grupo identitario.
El 16 de junio se publicó la investigación sobre las Bandas de Violación en Gran Bretaña, un trabajo financiado con las donaciones de más de veinte mil ciudadanos. El documento demuestra que estas redes operaron en 149 distritos durante décadas. La estimación de 250.000 víctimas y los testimonios de las sobrevivientes en Rotherham, en Rochdale, etc es tan descomunal y terrorífico que constituye uno de los mayores fracasos institucionales de la historia británica.
Esa misma lógica perversa y traicionera explica la insistencia del gobierno en adoptar una definición oficial de «islamofobia» tan vaga que, según advirtieron juristas, defensores de la libertad de expresión y hasta el propio revisor independiente de la legislación antiterrorista, funcionaría de facto como una ley de blasfemia: protegería a una ideología en lugar de a las personas y blindaría de la crítica a prácticas que ninguna sociedad libre debería tener miedo de discutir. Esa falsa etiqueta de islamofobia fue precisamente uno de los mecanismos que silenció a los testigos del escándalo de las bandas. Starmer no aprendió la lección: quiso institucionalizarla.
La guerra contra la libertad de expresión
Bajo Starmer, Gran Bretaña se convirtió en un caso de estudio internacional sobre la erosión de la libertad de expresión, hasta el punto de que la Administración Trump lo planteó en el Despacho Oval y luego en Múnich. Otro denunciante de los ataques contra la libertad de expresión fue Elon Musk, uno de los más perseguidos por esta ideología liberticida.
Hay muchos casos escandalosos y patéticos. El símbolo de ellos fue Lucy Connolly, condenada a 31 meses de prisión por un tuit. Ella misma describió como el de una presa política del régimen de Starmer. Pero Connolly fue solo la punta del iceberg. Hablamos de más de 12.000 detenciones en un solo año por publicaciones «ofensivas» en internet; de personas arrestadas por rezar en silencio cerca de clínicas abortivas; de una columnista del Telegraph investigada por un mensaje; de cientos de detenidos por manifestarse contra la proscripción de un grupo activista. Es la patria del «dos niveles» (el apodo «Two-Tier Keir» no nació por casualidad) donde una broma en un chat de padres moviliza a seis agentes mientras los delitos comunes quedan sin investigar.
A esa pulsión de control se sumó el empeño del gobierno en imponer una identidad digital obligatoria, vendida como herramienta contra la inmigración ilegal pero denunciada incluso por grupos de libertades civiles como el primer paso hacia una «sociedad de controles» en la que el ciudadano, no el delincuente, debe acreditar permanentemente quién es. El abogado de derechos humanos terminó construyendo el andamiaje del Estado vigilante.
La traición al pueblo en las fronteras
Y luego está la inmigración, el terreno donde Starmer prometió «aplastar a las bandas» y terminó batiendo sus récords. Habiendo cancelado el plan de Ruanda el primer día sin alternativa real, presidió el peor registro de cruces en pequeñas embarcaciones de cualquier primer ministro: decenas de miles de llegadas ilegales por el Canal en sus primeros diecinueve meses, superando en casi la mitad de tiempo la marca de Boris Johnson. La inmigración neta había tocado un máximo histórico cercano a las 945.000 personas, y las bandas criminales que iba a desmantelar siguen operando, con más de diez mil llegadas ilegales en lo que va de 2026. El eslogan duró lo que dura un titular; el problema, en cambio, crece.
El legado
A todo esto se suma el catálogo de errores de juicio que sus propios diputados ya no le perdonaron: los regalos de los primeros meses, los recortes a la ayuda de calefacción a los pensionistas, y el bochornoso ascenso de Peter Mandelson a embajador en Washington, del que tuvo que prescindir cuando salieron a la luz sus vínculos con el pederasta Jeffrey Epstein. Se trata de una gestión corta pero tan bochornosa que cuesta enlistar cada uno de sus desaciertos, muchos de los cuales determinarán la política y la sociedad británica a futuro.
El discurso de despedida de Starmer enumeró logros que casi nadie reconocerá como reales. Su tragedia personal es que probablemente nunca entienda por qué lo abandonaron. Pero el veredicto político es claro: deja un país más dividido, menos libre y peor gobernado de cómo lo encontró. Llegó prometiendo estabilidad y entregó traición, una sociedad quebrada, empobrecida y desanimada.
Lo que viene no tiene los mejores augurios, le toca a Andy Burnham, ungido por default, posiblemente más radicalizado hacia la izquierda, intentar lo que Starmer no pudo. Si el laborismo cree que cambiando al hombre salva su imagen, no ha entendido nada.