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La amenaza de utilería: Mamdani, Netanyahu y el antisionismo performático

Mamdani es muy joven y posee una ambición nacional evidente y una influencia que ha sido subestimada. Si su fórmula funciona en Nueva York, es decir, una gestión local deficiente y de bajo perfil, pero expone la agenda del antisionismo de alto voltaje como energizante de las cada vez más grandes bases fanatizadas, no hay razón para pensar que otros no la van a exportar.

Alcalde de Zohran Mamdani

Alcalde de Zohran MamdaniAFP

Zohran Mamdani nunca podría arrestar a Benjamin Netanyahu. Vociferó amenazas mientras pudo y reconoció su imposibilidad con el mismo entusiasmo. Dijo una cosa y la contraria y sus seguidores los aplaudieron ambas veces, como si se tratara de una puesta en escena, una estudiantina, una sitcom. El propio alcalde terminó diciendo a cámara que no podía hacer lo que había prometido hacer, porque la promesa cumplió su función antes de ser descartada: activó una base de fanáticos, les hizo marcar agenda contra toda lógica, definió un enemigo y convirtió al alcalde con problemas de vivienda, transporte y seguridad, en un actor de política exterior.

Lo que pasó en Nueva York no fue un error de cálculo jurídico, sino una estrategia.

La amenaza que no necesita cumplirse para funcionar. Mamdani puede seguir señalando a Netanyahu sin necesidad de cumplir nada de lo que diga, porque el valor político es su viabilidad. La película del arresto fue un pretexto retórico que le permitió despacharse contra Israel, repitiendo libelos rancios, sin tener que hablar nunca de los problemas reales de la ciudad que malamente gobierna. Si no fuera por el barniz de islamismo radical, su accionar no difiere del de cualquier demagogo barato de manual. Y cuanto más ridícula la promesa, más fácil resulta generar enemigos externos que impiden su cumplimiento, porque nunca vas a tener que rendir cuentas por no cumplirla.

A pesar de su espíritu maquiavélico, a Mamdani le falló el timing. El tribunal cuya autoridad invocaba para justificar su amenaza está hoy seriamente cuestionado, y no precisamente por sus críticos de siempre: el propio fiscal que firmó las órdenes contra Netanyahu y Gallant, Karim Khan, fue destituido el 24 de julio por una votación aplastante. Es la primera vez en la historia de la CPI que se destituye a un fiscal jefe, y el organismo que debía supervisarlo concluyó que había incurrido en "falta grave y grave incumplimiento del deber". Khan cuya firma sostiene la orden de arresto que Mamdani prometió ejecutar en las calles de Nueva York termina convertido en un paria expulsado por sus pares.

Y el problema de fondo con esa orden ya venía de antes del escándalo personal de Khan. La Corte Penal Internacional emitió las órdenes contra Netanyahu y Gallant por "hambruna como método de guerra" mientras los propios datos del ministerio de salud de Gaza desmentían con creces el relato de una hambruna deliberada como arma de guerra. Mamdani, entonces, no sólo prometió ejecutar algo jurídicamente imposible en suelo estadounidense: prometió ejecutar la sentencia de un tribunal cuyo propio fiscal terminó destituido en desgracia. Es la amenaza performativa elevada al cuadrado, firmada por un hombre que hoy es, para buena parte del mundo, poco más que un despojo institucional. La autoridad moral con la que Mamdani blandió las acusaciones se derrumbó junto con su firmante.

Pero las mentiras de Mamdani, sus falsas acusaciones tienen consecuencias. Horas después de su infame discurso, dos hombres fueron apuñalados en el Upper West Side; mientras el atacante gritaba "Allahu Akbar". El alcalde hizo lo que los defensores del islamismo hacen en cada atentado, sostener que el atacante está mentalmente enfermo, lo que nos deja una proporción de trastornos mentales llamativa para ciertas religiones.

Netanyahu no dejó pasar la oportunidad y conectó explícitamente la retórica de Mamdani sobre Israel con el clima que hizo posible el ataque, y lo acusó de "fomentar el odio". El razonamiento es válido: ¿qué efecto tiene, en una ciudad con la comunidad judía más grande fuera de Israel, que su alcalde difunda libelos israelófobos como el eje diario de su discurso público, mientras evita nombrar con la misma contundencia el terrorismo que ese discurso parece excusar.

Mamdani no llegó a la alcaldía por su política exterior; llegó prometiendo autobuses gratis, control de alquileres y supermercados municipales. Pero con el correr de los meses va quedando cada vez más claro que no era la gestión municipal su pasión y que no llegaba al gobierno de la ciudad para mejorar la cotidianeidad de sus habitantes, sino como un programa de subversión más profundo y extenso. Su rol como kingmaker de candidatos islamosocialistas a lo largo del país demuestra la verdadera trama. Por eso, el margen real limitado de sus funciones no impiden que siga en campaña promocionando una agenda absurda. La política exterior simbólica se vuelve el sustituto perfecto de la gestión. Israel, en este esquema, es la agenda.

Mamdani es muy joven y posee una ambición nacional evidente y una influencia que ha sido subestimada. Si su fórmula funciona en Nueva York, es decir, una gestión local deficiente y de bajo perfil, pero expone la agenda del antisionismo de alto voltaje como energizante de las cada vez más grandes bases fanatizadas, no hay razón para pensar que otros no la van a exportar.

Nueva York debería preocuparse por Mamdani y no por Netanyahu. Si su alcalde fabrica una amenaza jurídica que sabe inejecutable, que la sostiene meses después de que su propio equipo legal le explicara que no tiene sustento, y que la sigue repitiendo apenas horas antes de que un hombre grite "Allahu Akbar" y clave un cuchillo en la piel de un judío en Manhattan, no está cometiendo un error de comunicación. Está ejecutando un plan que no es gobernar sino usar la ciudad como plataforma de lanzamiento para una marca política que ya empieza a replicarse con otros candidatos, bajo la misma fórmula que parece impune: gestión mala o irrelevante, antisionismo como combustible de campaña permanente. Esa misma comenzará a ganar estados, más bancas y alcaldías y con este precedente nadie va a poder decir que no lo vimos venir. Estaba ahí delante, en vivo, sacando popularidad de su antisionismo performático.

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