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Acuerdo con Irán: ¿la cuadratura del círculo?

¿Se puede tener una visión no dramáticamente pesimista de este acuerdo inicial? Yo creo que sí, si se toma como un punto de partida y no de destino. Los medios y expertos al uso están tomándolo como el acuerdo final, pero no lo es

Cartel con Trump y el lema Make Iran Great Again

Cartel con Trump y el lema Make Iran Great AgainAFP

Si nada cambia hasta entonces, este viernes 19 de junio los Estados Unidos e Irán firmarán un acuerdo marco que permitirá avanzar hacia un acuerdo de paz que ponga definitiva y formalmente fin al conflicto abierto que se inició en 2025 con la llamada Guerra de los Doce Días y que continuó en una segunda ronda el pasado febrero con la campaña Epic Fury, culminando el 7 de abril en un alto el fuego y el bloqueo del Estrecho de Ormuz. Desde entonces, y en medio de numerosas escaramuzas, ataques limitados y contraataques por ambas partes, se ha estado negociando indirectamente un acuerdo para poner fin a la contienda, iniciada, no lo olvidemos, para poner fin al programa nuclear militar iraní.

El anuncio de este acuerdo preliminar por parte de Donald Trump justo el día antes de su 80 cumpleaños generó todo tipo de reacciones. Las más negativas y críticas consideran que los negociadores norteamericanos han hecho excesivas concesiones, que el verdadero ganador de esa ronda de conversaciones es el nuevo régimen de la Guardia Revolucionaria en Irán y el gran perdedor, Israel.

Hay que decir que, hasta el momento, el Memorándum de Entendimiento (MoU) se mantiene secreto, así que lo que se conoce del mismo procede de filtraciones, que, como es norma, responden a intereses particulares y de agendas que desconocemos. Por lo tanto, hasta que se conozcan los términos reales, lo más que se puede hacer es especular. Con esta salvaguarda, me gustaría hacer algunas consideraciones elementales antes de alabar o condenar las habilidades –o falta de ellas– de Donald Trump.

En primer lugar, hay que recordar que este conflicto ha dividido profundamente al entorno del presidente americano.

Por un lado estaban quienes se oponían a toda acción armada en una región a la que no conceden la suficiente importancia estratégica como para imponerse sobre su visión de lo que significa políticamente el America First. Todo el mundo apunta al vicepresidente Vance como una de las cabezas de esta facción. Su silencio durante todo el conflicto se ha interpretado más como una resistencia pasiva que como apoyo al propio Trump, y su papel ahora de cara a las negociaciones lo resucita frente a su gran contendiente, el secretario de Estado, Marco Rubio. Frente a ellos se levantaría un segundo grupo, favorable a ir hasta el final, bien mediante una mayor presión financiera, bien por una nueva acción militar, de tal forma que se doblegara al nuevo liderazgo iraní forzando una clara capitulación, tal y como demandaba al principio de las hostilidades el propio Trump en su red social.

Dicho de otra manera, esta guerra ha generado dos tipos de impaciencia: la primera pedía hacer lo que fuese necesario con tal de lograr abrir el Estrecho de Ormuz; la segunda, poner un límite temporal a las negociaciones y, de no llegarse a un acuerdo satisfactorio, retomar las acciones militares ofensivas hasta la derrota final de Teherán. Si se lograra con ello un cambio de régimen, mejor que mejor.

Hay que añadir que estas dos impaciencias no se han limitado a los grupos de poder en Washington, sino que también responden a diversas visiones e intereses de otros actores internacionales, desde China y el Sudeste Asiático, muy afectados por el estrangulamiento del petróleo en Ormuz, a Europa, bajo una presión inflacionista fruto de sus carencias energéticas, o Israel, motivado a intentar explotar la situación para acabar con la panoplia de amenazas que le vienen desde Irán, más allá de la nuclear, principalmente a través de los proxies iraníes en sus fronteras, particularmente la libanesa Hezbolá

En medio de esta vorágine está el presidente Trump, que ha tenido que intentar contentar a todas las partes, desde su audiencia MAGA a sus aliados, a veces de una manera contradictoria o incomprensible. Más incompresible si cabe si uno no tiene presente, precisamente, todos los grupos implicados, con sus intereses opuestos.

Finalmente, en estas consideraciones previas, no se debe descartar el interés político de muchos de los comentarios que se están sucediendo en estos días y cuyo único objetivo poco tiene que ver con Irán, sino con los intentos de destrucción política tanto de Donald Trump como de Benjamín Netanyahu, los dos diablos de la izquierda internacional y de todos los enemigos del mundo civilizado.

Dicho todo esto: ¿es este MoU que se va a firmar el apocalipsis que muchos denuncian o el arranque del “Big Beautiful Deal” que Trump quería?

Quienes denuncian este principio de acuerdo y alertan de la victoria que supone para Teherán tienden a creer que el nuevo régimen iraní sale reforzado política, militar y estratégicamente, que mantiene intacta su capacidad para abrir y cerrar Ormuz a su antojo y, aún peor, que no ha cejado en su empeño de acelerar el programa atómico… en parte gracias al dinero que se va a dar a Irán para contribuir a su reconstrucción.

No estoy seguro de que ese análisis sea el más realista. Para empezar, incluso aceptando que la ambición nuclear y de hegemonía regional sigan vivas en los actuales dirigentes iraníes, sus capacidades para materializarlas posiblemente no estén a la altura de sus expectativas. Ni ahora ni en mucho tiempo. A pesar de su narrativa de victoria, el régimen iraní ha sufrido enormemente en esta nueva guerra, la más intensa en términos de ataques aéreos y objetivos bombardeados de todos los conflictos recientes. En las primeras cien horas de la guerra fueron alcanzados más de 4.000 objetivos. En total, Israel condujo cerca de 11.000 ataques, con 10.800 bombas lanzadas contra 4.000 objetivos. Por su parte, EEUU llevó a cabo unos 13.000 ataques. Han sufrido daños o destrucción instalaciones de misiles, fábricas de componentes misilísticos, factorías y depósitos de drones, además de radares y elementos de las defensas antiaéreas. A lo que hay que añadir la inhabilitación completa de las instalaciones de enriquecimiento de uranio lograda el año pasado. Pensar que hoy Irán es más fuerte militarmente es pura fantasía. Es imposible que vaya a poder recomponer su programa nuclear en el corto plazo, o fabricar misiles en un número verdaderamente intolerable para Israel. 

Hace algo más de un año, Irán era capaz de producir cerca de 3.000 misiles al año. Si hoy llegara a unas decenas sería un tremendo logro.

En segundo lugar, se suele presentar al nuevo régimen iraní como una entidad consolidada y coherente, y eso está muy lejos de ser así. Sus más altas y más experimentadas instancias han sido diezmadas. El nuevo líder supremo sigue sin mostrarse en público (algo vital para su legitimidad) y posiblemente no esté desempeñando papel alguno; los mandos visibles representan claramente intereses contrapuestos que tienen que ser negociados dolorosamente. Es más, el control de la represión interna no parece tan monolítico como se quiere presentar. Escasea el reclutamiento para las fuerzas de seguridad, y la necesidad que están teniendo de recurrir a elementos sin vínculos con la población civil y a milicias extranjeras, lleva a dudar del poder doméstico real del régimen. Cierto, no ha habido grandes manifestaciones como las que vimos hace unos meses (brutalmente reprimidas), pero por regla general se puede decir que no se produce una revolución interna en medio de una guerra, cuando están cayendo las bombas en el país, sino cuando el Gobierno de la paz es incapaz de dar soluciones a los problemas de la postguerra. Y en Irán son muchos.

A esos problemas domésticos se suma la tibieza de los supuestos aliados de Irán, Rusia y China, que o son incapaces o no tienen interés en contribuir financieramente a la reconstrucción militar de Irán. Por no hablar del estado de los peones regionales de Teherán, con unos hutíes muy disminuidos, unas milicias en Irak cada vez más iraquíes y menos a su servicio, Hamás a punto de ser destruida por completo y la joya de la corona, Hezbolá, progresivamente marginada dentro del Líbano y reducida en su potencial militar. Irán se ha quedado sin red clientelar con la que amenazar a sus vecinos. De ahí la inversión en la ecuación estratégica que estamos viendo: en vez de movilizar a Hezbolá para defender sus intereses, Irán tiene que comprometerse con atacar directamente a Israel para salvar a Hezbolá.

De todas formas, precisamente es el Líbano el punto más crítico de cuanto se dice sobre el MoU y el futuro acuerdo de paz entre Estados Unidos e Irán. De momento, parece que Teherán ha logrado que Trump acepte de hecho el nexo entre el acuerdo y un alto el fuego entre Israel y su vecino del norte, a pesar de que Israel no está en guerra con él, sino con el grupo terrorista Hezbolá, que no se ha visto concernido por las conversaciones entre América y su amo. Es verdad que diversos actores de la Administración americana, empezando por el secretario de Estado, han negado que haya una vinculación entre el MoU y el cese de acciones militares israelíes. Sin embargo, el propio Trump se ha mostrado descontento con las mismas, llegando a sugerir que sea Siria quien lidie con Hezbolá, estando Damasco como está vivamente interesada en eliminar al grupo que tanto luchó para salvar a Asad.

En medio de esta confusión, deliberada o no, por parte americana, hay un hecho incontestable: Israel se encamina a unas nuevas elecciones legislativas, donde el futuro de Netanyahu está en juego de nuevo. Presentarle como alguien dócil que ha tenido que sucumbir a las órdenes de Trump es lo natural en una oposición que hasta ahora no ha logrado desbancarle de ninguna manera, política o judicial.

Creer que 'Bibi' no actuará contra los enemigos de Israel si llega la necesidad de hacerlo por no enfrentarse al presidente americano no encuentra base alguna en su comportamiento anterior.

Así las cosas, ¿se puede tener una visión no dramáticamente pesimista de este acuerdo inicial? Yo creo que sí, si se toma como un punto de partida y no de destino. Los medios y expertos al uso están tomándolo como el acuerdo final, pero no lo es. Es simplemente el primer capítulo de una larga serie. Lo que se ha hecho es definir el tablero de juego, ni siquiera quién se va a sentar a jugar. Y lo que tocará después es empezar a mover las fichas.

Mi predicción aquí es que el plazo de los 60 días se irá alargando en sucesivas extensiones, y que, con toda probabilidad, nos plantaremos en otoño (midterms en Estados Unidos, elecciones legislativas en Israel) antes de que se esté en disposición de haber clarificado puntos, acercar posturas y llegar a un acuerdo. O a todo lo contrario: a una ruptura de conversaciones y la vuelta a la amenaza de un nuevo conflicto abierto. Nada se puede descartar en este punto.

Trump ha conseguido algo que parecía imposible: dar algo a todo el mundo para su satisfacción inmediata. Pero también ha logrado lo impensable: no renunciar a su rechazo al programa nuclear de Irán. Si los dirigentes iraníes creen que pueden llevarle a un punto donde acepte el enriquecimiento de uranio y el potencial de conseguir una bomba dentro de muchos años, creo que se equivocan. Trump lleva muchos años manteniéndose firme en este punto.

Es verdad que quienes veían al alcance de la mano el cambio de régimen en Irán, los mismos que afirman con razón que el problema no solo son las capacidades sino también las ambiciones, se sentirán frustrados.

Pero sería ingenuo pensar que quienes tengan la más mínima capacidad de intervenir indirectamente en el futuro del país no lo harán. Si Irán no tiene hoy su bomba atómica no es por falta de medios, sino porque sucesivas acciones en la sombra se lo fueron impidiendo año tras año. El futuro de un régimen debilitado, en conflicto interno, sin capacidad para satisfacer las demandas básicas de su población, etc., puede verse afectado por actuaciones que van más allá del terreno militar.

En todo caso, y de cara a una partida negociadora que se va abrir formalmente este viernes y de cuyos detalles apenas sabemos nada, lo relevante no van a ser las palabras de uno y otros, sino los hechos. Y para mí, el despliegue americano en la zona va ser un buen termómetro sobre la salud del acuerdo.

Advertir de los posibles errores estratégicos a la hora de negociar con Irán es justificable. Clamar al cielo por lo que, se dice, es una capitulación de Trump me parece prematuro e injusto. Les hace el juego a los derrotistas entre nosotros, a la imagen que quieren proyectar los dirigentes de la Guardia Revolucionaria, de que han sido ellos los victoriosos, y a todos aquellos que prefieren ver a un Trump humillado antes que ganador. Por no hablar de Netanyahu.

El momento de hacer justicia aún no ha llegado.

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