La curiosa agenda de Vance en la carrera por la sucesión
Los tropiezos recientes del vicepresidente —desde el fracaso del acuerdo con Irán hasta la polémica por sus declaraciones sobre Israel y la fría recepción de su nuevo libro— han reavivado el debate sobre el rumbo del Partido Republicano y alimentado la incipiente disputa con Marco Rubio por el liderazgo de la era post-Trump.

Imagen del vicepresidente Vance
Como es natural, se corre una carrera por la sucesión presidencial cada vez más cercana. JD Vance sigue siendo, según casi todas las encuestas tempranas, el favorito para heredar la nominación republicana en 2028 pero Marco Rubio le respira cerca. Y en las últimas semanas, el vicepresidente ha tenido el tipo de tramo que un candidato presidencial no elegiría si pudiera evitarlo: un libro que generó más ruido que devoción, un acuerdo diplomático que se desmoronó a días de firmado, y una larga entrevista con Joe Rogan que lo dejó defendiéndose de su propio bando.
Tomados por separado, son anécdotas de una vicepresidencia ajetreada. Juntos, dibujan algo más interesante: una visión del mundo que compite por el alma del Partido Republicano post-Trump cuyos alcances aún desconocemos.
La segunda aparición de Vance en "The Joe Rogan Experience" iba a ser, en el papel, una parada más de su gira por el libro. Terminó siendo otra cosa. Durante casi tres horas, Vance habló de UFC, de Michelle Obama, de política migratoria... y, sobre todo, de Israel y de Jeffrey Epstein, dos temas cuya elección habla no sólo de la agenda del vicepresidente, sino de sus prioridades y recursos narrativos.
Sobre Israel, Vance fue inusualmente directo: sostuvo que había funcionarios israelíes tratando de sabotear las negociaciones con Irán indefinidamente, y llegó a victimizarse al sugerir que existía una campaña de influencia bien financiada orientada a moldear la opinión pública estadounidense en su contra. Sobre Epstein, especuló sobre vínculos del financista fallecido con la inteligencia israelí y estadounidense, y reconoció, esta vez sin rodeos, que la Casa Blanca cometió un error grave en la comunicación de los archivos, apuntando a la exfiscal general Pam Bondi.
La reacción no tardó en llegar. Ben Shapiro publicó una comparación irónica en la que emparentaba el discurso económico y de política exterior que había escuchado en el podcast con figuras de la izquierda demócrata, dejando en claro que no era el tipo de candidato que quiere para 2028. En su propio programa fue más allá: sostuvo que el vicepresidente había construido un argumento en contra del libre mercado y la meritocracia, y que su forma de leer el mundo le resultaba preocupante. Otros comentaristas fueron más duros con la idea de que el fracaso del MOU con Irán se debiera a un sabotaje israelí. Estas posturas se suman a las críticas que ha recibido por la neutralidad frente a los comentarios de su amigo Tucker Carlson y la resistencia a cortar lazos con él, que es precisamente lo que sus críticos señalan como el problema de fondo.
Con el último ruido mediático quedó en segundo plano una derrota de política exterior más concreta. Vance negoció, promovió, defendió y firmó el memorando de entendimiento (MOU) que debía ser el primer paso hacia un acuerdo de paz con Irán. Trump le había delegado a Vance la supervisión de las negociaciones, y fue durante su manejo de las mismas cuando cesaron los combates.
El MOU fue efímero y Estados Unidos e Irán volvieron a intercambiar ataques, el tráfico por el estrecho de Ormuz se complicó más, y los críticos de ese fallido acuerdo recordaron, con razón, lo que ya habían advertido: que el acuerdo subestimó el fanatismo y la malicia de un régimen que tiene en el odio a EEUU su objetivo principal. En el podcast de Rogan, Vance ensayó una defensa controvertida en la que prefirió explicar el fracaso apuntando hacia Israel más que hacia los límites de su propia apuesta negociadora. El patrón empieza a inquietar, cuando el resultado no acompaña, la explicación tiende a desplazar la responsabilidad antes que a revisar la premisa.
En medio de todo esto, Vance publicó recientemente su segundo libro, Communion: Finding My Way Back to Faith, la crónica de su conversión al catolicismo en 2019. Si Hillbilly Elegy servía para explicar el ascenso de Trump en ciertas regiones del país, Communion aspira a ser el manifiesto espiritual de quien quiere sucederlo: menos política y más autobiografía del alma.
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Pero la recepción de la obra fue, cuanto menos, despareja. Fox News destacó los pasajes donde Vance cuestiona si el conservadurismo "reaganista" no está aferrado a supuestos de una Guerra Fría ya ganada. Desde ángulos más críticos, la lectura fue distinta. Quillette calificó al libro de argumentativamente flojo, señalando que, pese a la supuesta erudición del autor, no logra construir un caso convincente ni para el catolicismo ni para la fe cristiana en general. America Magazine, una publicación jesuita, fue más lejos: sugirió que la conversión de Vance parece haber tomado de la Iglesia su autoridad, pero no la obediencia a ella cuando el magisterio disiente de su política migratoria. A eso se sumó un detalle menor pero simbólico: la portada del libro muestra una iglesia metodista de Virginia, no una católica, un desliz que generó más titulares que el contenido del libro mismo.
Nada de esto invalida la sinceridad de la búsqueda espiritual que describe el libro. Pero si el objetivo, más o menos explícito, era consolidar una narrativa presidenciable (fe, familia, arraigo) el resultado fue un producto que dividió a la crítica exactamente por la línea que separa a sus partidarios de sus escépticos.
Todo esto se entiende mejor en contexto. Mientras Vance acumulaba estos tropiezos, el secretario de Estado que había parecido desfigurado en los días en los que se firmaba el MOU, brillaba luego en Líbano y en la conferencia contra el terrorismo de izquierda. Rubio, además, ha evitado la ambigüedad de Vance en materia de Israel y antisemitismo, alineándose con la mayoría proisraelí del partido sin matices.
Las diferencias de estilo y visión están aflorando cada vez más. Vance representa el ala aislacionista que ha crecido dentro del trumpismo: escéptica y dispuesta a cuestionar alianzas históricas si no sirven a una especial definición de interés nacional. Rubio encarna la tradición más clásica del internacionalismo republicano. Ninguna de las dos corrientes es marginal hoy. La votación de la Cámara sobre la enmienda de Thomas Massie para cortar la ayuda a Israel sugirió que, por ahora, el partido sigue firmemente del lado de la postura de Rubio, pero las encuestas no muestran claramente ese favoritismo y en muchos casos Vance aventaja a Rubio.
Una encuesta de Washington Free Beacon entre probables votantes de las primarias republicanas respalda esa lectura: piden un candidato para 2028 que sostenga una relación sólida con Israel y que condene con firmeza el antisemitismo. Es un electorado que, en el papel, se parece más a Rubio que a la línea que Vance defendió ante Rogan.
Como contracara, un estudio de la Universidad de Tufts sugiere que los hombres jóvenes favorecieron a Trump por catorce puntos sobre Kamala Harris en 2024, y esa franja (más escéptica del intervencionismo, más porosa a la desconfianza hacia las instituciones) es precisamente el terreno en el que Vance parece apostar a crecer de cara a 2028. El resultado es una paradoja: Vance podría estar leyendo con precisión hacia dónde se mueve una parte del electorado más joven, mientras se aleja del centro de gravedad, hoy todavía más numeroso, del electorado primario republicano.
Rubio, por su parte, ha señalado que no desafiará a Vance si éste decide presentarse, lo que deja muchos interrogantes abiertos y nada resuelto. Lo único claro, por ahora, es que Vance ha decidido no esconder hacia dónde se inclina y abrir un flanco incómodo para Rubio tanto si decide competir como si decide apoyar la candidatura del vicepresidente. Es una apuesta arriesgada, y también, a su manera, coherente con la imagen que Vance viene construyendo de sí mismo. La carrera, por cierto, se ha vuelto más interesante.