Voz media US Voz.us

El problema de la democracia alemana

Si AfD triunfa en las elecciones, Berlín se enfrentará a una pregunta difícil: ¿Se permitirá que un partido denunciado como tan enfrentado al Gobierno federal gobierne un estado cuando los votantes le den los números para hacerlo?

AfD party leaders Tino Chrupalla and Alice Weidel

AfD party leaders Tino Chrupalla and Alice WeidelAFP.

Más que casi cualquier otro país, Alemania se enfrenta a una agitación política debido a la oposición generalizada a la inmigración masiva. Las políticas de fronteras abiertas desde 2015 han impulsado el crecimiento de un partido de derecha, Alternativa por Alemania (AfD), que está a punto de lograr victorias importantes en dos estados de de la antigua Alemania Oriental. Una victoria de AfD será un desafío directo al Gobierno centrista del canciller Friedrich Merz.

En septiembre, los votantes de Sajonia-Anhalt y Mecklemburgo-Pomerania Occidental acudirán a las urnas. AfD está muy alta en las encuestas, gracias sobre todo a su principal reivindicación de políticas migratorias restrictivas. Sus oponentes la atacan como “fascista” y como un retorno al nazismo. Si AfD triunfa en las elecciones, Berlín se enfrentará a una pregunta difícil: ¿Se permitirá que un partido denunciado como tan enfrentado al Gobierno federal gobierne un estado cuando los votantes le den los números para hacerlo?

Hasta ahora, la política alemana ha mantenido un estricto “cordón sanitario” contra AfD mediante un boicot político total. Los demás partidos rechazan cualquier tipo de cooperación. Sin embargo, excluir a AfD del normal toma y daca político ha tenido el efecto no deseado de protegerla de las responsabilidades. Como resultado, la curiosidad de los votantes sigue aumentando. Cuanto más se denuncia al partido, más crece su atractivo.

AfD ronda actualmente el 40% en las encuestas de Sajonia-Anhalt y cerca del 28% a nivel nacional. Sus propuestas de restricciones a la inmigración se asemejan a posiciones conservadoras de otros países que han afrontado una inmigración ilegal a gran escala. Estas políticas antiinmigración simplemente no son prueba del “fascismo” que le atribuyen sus oponentes. Sin embargo, como esos críticos imaginan que AfD representa una amenaza mortal para la democracia, piden explícitamente su prohibición. Pasan por alto la ironía de que prohibir un partido con este nivel de apoyo popular socavaría su propia credibilidad democrática.

¿Qué ocurre cuando la marcha inexorable de AfD hacia la victoria electoral se encuentra con esta condena intransigente? Berlín no podrá permanecer impasible si un Gobierno estatal es tomado por un partido al que juzga con tanta dureza. Sin embargo, si el Gobierno central de Berlín anula la voluntad del electorado en un estado, se producirá una crisis de legitimidad democrática.

Alemania ha visto recientemente una versión en menor escala de este dilema. En 2020, Thomas Kemmerich, un político liberal del Partido Democrático Libre, fue elegido ministro-presidente de Turingia con la ayuda de los votos de AfD en el Parlamento regional. Solo esa cooperación con AfD bastó para que la entonces canciller Angela Merkel declarara el resultado “imperdonable”. Utilizó su presión para revertir el desenlace, y Kemmerich dimitió de inmediato.

Si AfD gana en Sajonia-Anhalt en septiembre, los riesgos serán mucho mayores. El canciller Merz no puede anular una elección estatal por decreto. Sin embargo, el orden constitucional alemán sí contiene instrumentos de emergencia. El Artículo 37 de la Ley Fundamental permite al Gobierno federal obligar a un estado a cumplir sus obligaciones federales. Esta herramienta coercitiva nunca se ha utilizado: no está claro hasta qué punto el Gobierno federal puede llegar para imponer su voluntad a un estado recalcitrante.

Alemania tiene antecedentes en este tipo de asuntos. En 1932, el Gobierno nacional conservador de Franz von Papen utilizó poderes de emergencia para destituir al Gobierno socialdemócrata electo de Prusia, entonces el estado más grande de Alemania. Este “golpe de Prusia” debilitó uno de los últimos bastiones republicanos antes de la llegada de Hitler al poder. Cualquier intento federal hoy de neutralizar un Gobierno estatal de AfD evocaría esa historia.

Un escenario más probable en Sajonia-Anhalt es una espiral de confrontación. Alemania tiene una cultura de protesta política violenta de izquierda. Si AfD llega al poder, las grandes manifestaciones están aseguradas. Elementos marginales recurrirán a la violencia. El Ministerio del Interior del estado, responsable de la supervisión policial, estaría dirigido o influido por AfD. Imágenes de brutalidad policial contra los manifestantes podrían proporcionar el pretexto para una intervención federal.

Si es elegida, AfD promete adoptar medidas conservadoras de derecha en cultura y educación. Seguro que desafiará la ideología de género, los estudios poscoloniales y el apoyo estatal al arte ideológico. Sin embargo, la prominencia de estas tendencias hoy en la educación superior y el mundo del arte es indicativa de hasta qué punto las instituciones culturales alemanas ya están politizadas hacia la izquierda.

Un Gobierno de AfD también intentará cumplir sus promesas de limitar la inmigración. Hay informaciones periodísticas de que algunos residentes inmigrantes de Sajonia-Anhalt ya están considerando abandonar el estado si AfD llega al poder. Esas informaciones podrían, por sí mismas, aumentar el voto a AfD, ya que el descontento con la política migratoria laxa sigue siendo la principal fuente de su atractivo.

Washington debería tomar nota de las consecuencias de política exterior por una razón adicional. AfD es más blanda con Moscú que otros partidos. Si un estado oriental liderado por AfD presiona por cualquier apertura hacia Rusia, Berlín se resistirá. Esto sería especialmente sensible en Mecklemburgo-Pomerania Occidental, con sus puertos del Mar Báltico y su historial en los debates energéticos de Nord Stream. AfD ya está pidiendo la reanudación de las importaciones de energía rusa barata para reactivar la moribunda economía alemana. Moscú verá sus intereses en juego y explotará cualquier conflicto entre un Gobierno estatal liderado por AfD y Berlín. Una elección regional alemana puede, por tanto, convertirse rápidamente en algo más que un asunto regional.

Gran parte del liderazgo político en Alemania insiste en que AfD es demasiado peligrosa para que se le permita gobernar. Pero muchos votantes están dispuestos a darle un mandato. Si AfD gana, la democracia significa que merece gobernar. Una vez en el poder en Sajonia-Anhalt, intentará aplicar sus políticas en ese pequeño estado. Entonces se pondrá a prueba ante el resto de Alemania si esas políticas son productivas. Así es como se supone que funciona un sistema federal. Si, por el contrario, se impide gobernar a una AfD victoriosa mediante alguna intervención federal, sus oponentes habrán demostrado que el sistema solo es democrático cuando ganan los partidos aprobados.

Russell A. Berman, investigador senior de Hoover Institution y exasesor senior de Planificación de Políticas en el Departamento de Estado de EEUU durante la primera Administración Trump.

tracking