Qué nos dice Graham Platner sobre el Partido Demócrata
Un misógino con un símbolo de las SS tatuado en el pecho, disfrazado de ostricultor proletario, candidato al Senado. No es una anomalía: es el parámetro de lo que el partido está dispuesto a tolerar.

Graham Platner.
El 9 de junio, Graham Platner ganó la primaria demócrata al Senado por Maine con el 77,7% de los votos. Su única rival de peso, la gobernadora Janet Mills, había abandonado la carrera en abril. En noviembre enfrentará a la republicana Susan Collins, y los demócratas lo celebran como su mejor oportunidad para recuperar el Senado. Conviene detenerse en qué, exactamente, están celebrando.
Hace pocas semanas la misma pregunta surgía acerca de Maureen Galindo, la candidata demócrata texana que proponía encarcelar y castrar a los "sionistas". Quedaba en ese entonces en evidencia que su caso no era un accidente, sino el producto de un partido que abandonó su propia vigilancia moral y que sólo reacciona cuando el escándalo se vuelve insostenible. Pero Galindo perdió, en cambio, Platner ganó. Y precisamente por eso su caso es más revelador: no estamos ante un voto de protesta marginal, sino ante el candidato ungido por el aparato, por sus donantes y por sus referentes nacionales. Lo (cada vez más) escandaloso ni siquiera es qué clase de hombre es Platner sino qué clase de partido lo eligió sabiendo exactamente quién es.
Este “neo-feminista” que sus exnovias denuncian expone de lleno una hipocresía que a nadie le interesa disimular. El Partido Demócrata convirtió, durante años, en su credo identitario el lema del movimiento #MeToo:"crean a las mujeres". Fue una consigna tan absoluta que bastaba el testimonio sin corroborar de algunas mujeres para exigir el hundimiento de los denunciados. Cuestionar a una denunciante equivalía a traicionar a todas las mujeres; el debido proceso era una coartada de depredadores.
Veamos cómo se aplica ese credo a Platner. The Wall Street Journal y The New York Times revelaron que su propia esposa alertó a un asesor de campaña de que el candidato había intercambiado mensajes sexuales con una docena de mujeres (en campaña hicieron un pequeño descuento para decir que eran "hasta seis"). Esto ocurría al poco tiempo de casarse, en 2023 y 2024.
Después llegó el reportaje del Times sobre sus exparejas. Lyndsey Fifield contó que, durante una discusión, Platner la maltrató físicamente de una manera que, de no ser un político demócrata, habría recibido justificadísimas condenas de todos los sectores. Cuenta Fifield que Platner le torció el brazo hasta la espalda, la empujó a una habitación y mantuvo la puerta cerrada desde afuera para que no saliera, ordenándole que esperara allí hasta "calmarse". Otra exnovia, Jenny Racicot, describió su conducta como "inquietante" y cortó el contacto. Platner niega las acusaciones físicas. Hasta aquí, un demócrata coherente diría: "Hay que creer a las mujeres".
Pero Fifield no es demócrata, y ya se sabe cómo funciona el selectivo aparato de indignación feminista cuando la víctima no es de los suyos. Eso bastó para que la maquinaria de Platner la descartara como una activista del Partido Republicano, hecho que aparentemente le quita la condición de víctima, de mujer y tal vez de humana.
El detalle incómodo es que Fifield no apareció en plena campaña con solo un relato: tenía mensajes guardados y había confiado el episodio a varias amigas años atrás, mucho antes de que Platner fuera figura pública.
Aquí está el doble estándar en su forma más pura. Cuando la denunciante es republicana y el denunciado es la herramienta para recuperar el Senado, la consigna se invierte sin pudor: ahora el escepticismo es virtud, el debido proceso reaparece milagrosamente y la víctima pasa a ser sospechosa. A la lista se sumó un episodio que define el abismo entre la imagen y el hombre. The Wall Street Journal verificó que Platner mantenía una cuenta activa en Kik (una aplicación de mensajería anónima que organizaciones de protección infantil bautizaron como "el paraíso de los depredadores" y que figura en listas de plataformas vinculadas a la explotación de menores). Su perfil exhibía una selfie de él semidesnudo, con una toalla y sus tatuajes a la vista. Su campaña adujo que había borrado la app del teléfono pero "olvidó" desactivar la cuenta. Un hombre que se postula como cruzado de la decencia obrera, casado, mantuvo durante años una presencia en una plataforma cuya reputación cualquier adulto informado conoce. Que su defensa sea "olvidé cerrar la cuenta del paraíso de los depredadores" no es un atenuante: es una confesión del tipo de juicio que lo acompaña.
Por otra parte, es cierto que el Partido Demócrata ya no pretende ser un muro de contención contra el antisemitismo, lamentablemente ha abandonado esa pretensión hace mucho, pero al menos con ese argumento, algunos de sus líderes tardíamente repudiaron a Galindo. Sin embargo, Platner luce desde hace mucho tiempo tatuado, un Totenkopf: la calavera con tibias cruzadas que portaban las unidades de las SS encargadas de custodiar los campos de exterminio. Cuando la imagen se volvió polémica en octubre pasado, Platner aseguró que recién entonces, casi veinte años después de tatuárselo, descubrió su significado, y se lo cubrió.
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La explicación es inverosímil por sí sola. Pero la vuelve aún más insostenible Fifield, que afirma que él hablaba del tatuaje con naturalidad, lo llamaba "mi Totenkopf" y bromeaba sobre su origen ante sus amigos. Interrogado sobre cómo era posible que ella describiera el símbolo a terceros meses antes de su supuesta epifanía, Platner ofreció una respuesta laberíntica: que a él, en todo caso, nadie le había avisado. Aparentemente, el hombre necesitó que una novia le explicara el símbolo que eligió grabarse en la piel y exhibió durante casi veinte años. La excusa, por repugnante, no deja de sorprender por lo infantil, no obstante lo cual, no generó una sola renuncia entre quienes lo respaldan.
Queda otra farsa, por si fueran pocas. Se trata de la que sostiene que se trata de un proletario auténtico enfrentado al sistema. Platner repite que "nunca estuvo cerca del dinero y el poder". Los hechos dicen otra cosa. Su abuelo, Warren Platner, fue un arquitecto de renombre mundial, autor de muebles que hoy se venden por miles de dólares y del diseño del célebre Windows on the World. Su padre, Bronson, es abogado formado en Dartmouth y donante del Partido Demócrata, que le prestó lo necesario para comprar su casa. Su madre dirige un restaurante de lujo que resulta ser el principal cliente de sus ostras. Y antes de su reconversión proletaria, Platner pasó por Hotchkiss, el internado más caro y exclusivo de Connecticut, del que terminó siendo expulsado. Por supuesto que no hay nada deshonroso en una infancia acomodada.
Lo deshonroso es construir una identidad política entera sobre su ocultamiento y vender una biografía de penuria a votantes que sí la padecen. Por cierto, en caso de que le convenga, para grandes sectores del Partido Demócrata sí es deshonrosa la vida acomodada, pero eso no se aplica a los propios tampoco.
La cuestión es que Bernie Sanders, Elizabeth Warren, Brian Schatz, Tina Smith, Chuck Schumer, Kirsten Gillibrand y Ro Khanna respaldaron a Platner. Khanna llegó a calificar su conducta de "errónea y tóxica" para, en la misma frase, exigir comprensión porque el candidato "buscó la redención" y Maine merece a alguien que enfrente "a la clase multimillonaria y al genocidio".
Lejos de hundirlo, cada revelación engrosó su recaudación. Esa es la lección. Para una porción creciente del progresismo, las “fallas” y miserias personales de Platner no restan: confirman su autenticidad de outsider. El abuso, el símbolo nazi, la mentira sobre su origen, todo se disuelve en la única pregunta que importa: ¿sirve para acumular poder? Si la respuesta es sí, el aparato calla, los donantes redoblan y los referentes hablan de redención.
Cuando hablábamos de Galindo, decíamos que el partido tolera lo intolerable hasta que se vuelve demasiado visible, y que entonces la condena llega como relaciones públicas, no como filtro. El caso Platner plantea un descenso moral aún mayor, porque ni siquiera hubo condena: hubo coronación. El Partido Demócrata no perdió un debate moral. Decidió que el esquema moral era prescindible. Y un candidato así, ganador, deja de ser un accidente para convertirse en una declaración de principios. O, más exactamente, en la prueba de que ya no los hay.