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Que nos dice Maureen Galindo sobre el Partido Demócrata

Una candidata que propone encarcelar y castrar a los "sionistas" no es una anomalía: es el producto de un partido que abandonó su propia vigilancia moral.

Convención Demócrata.

Convención Demócrata.AFP.

¿En qué instancia de la degradación institucional dejaremos de hablar de casos aislados?. Los demócratas tienen una candidata al Congreso de los Estados Unidos que promete convertir un centro de detención en una "prisión para sionistas estadounidenses", con un anexo de castración para pedófilos que, según ella, "probablemente serán la mayoría de los sionistas". Se trata de Maureen Galindo, candidata demócrata por el distrito congresional número 35 de Texas, quien obtuvo el 29,2% de los votos en las primarias de marzo.

Ese solo dato debería bastar para generar una autocrítica feroz dentro del Partido Demócrata. No la generó. Los líderes del partido esperaron a que Galindo publicara en Instagram su amenaza más grotesca para salir a condenarla, como si su perfil judeófobo, conspiracionista y abiertamente totalitario no hubiera sido suficiente señal. No se trató de una posición moral sino un cálculo electoral tardío.

Justo es decir que las declaraciones de Galindo no provienen de un solo extremo del espectro ideológico. Eso es precisamente lo que las hace reveladoras. Mezcla con soltura la retórica de la izquierda identitaria (el colonialismo, el genocidio) con la paranoia de la derecha woke: el "Gobierno Ocupado por Sionistas", la camarilla judía que controla los medios, el ICE como herramienta de ocupación israelí. Usa a Al Jazeera como fuente documental, cita al portavoz del Frente Popular para la Liberación de Palestina en su defensa, y convoca a juzgar por traición a los funcionarios que siempre actuaron con apego a la ley.

No son pocas las voces que remarcan que Galindo repite los libelos de Nick Fuentes. Tratándose de una candidata demócrata, esto no debería pasar inadvertido. El antisemitismo clásico se ha reciclado en un ecosistema progresista, y circula hoy con fluidez en el Partido Demócrata y Galindo es la versión menos filtrada de esa mezcla.

Cuando dice que los "judíos sionistas" no son judíos auténticos sino "colonizadores europeos", no está haciendo un argumento político sino reproduciendo una de las fórmulas más antiguas del odio organizado, que siempre se presentó a sí mismo como una distinción razonada y nunca como lo que era. Los nazis también insistían en que no odiaban a las personas, sino a un sistema.

La pregunta pertinente es cómo llegó a donde llegó. Porque Galindo no apareció de la nada. Ganó el primer lugar en unas primarias demócratas. Eso significa que miles de ciudadanos la eligieron como su primera opción. Significa que las estructuras del partido (sus operadores, sus donantes, sus activistas de base) no se avergonzaron ni consideraron necesario organizarse para que alguien con este perfil llegara siquiera a una posición de liderazgo. El DCCC respaldó a su rival, Johnny García, pero lo hizo tarde y con menos recursos que los que el misterioso Lead Left PAC invirtió en la campaña de Galindo.

Voces demócratas acusan a los republicanos de estar detrás del apoyo financiero a Galindo, pero el argumento de que "los republicanos nos están saboteando" es precisamente lo que el Partido Demócrata necesita evitar decir en voz alta, porque su reverso es demoledor: si basta con que un PAC fantasma gaste dinero para impulsar a una candidata nefasta, el partido tiene un problema de base que no tiene que ver con el dinero republicano.

Alexandria Ocasio-Cortez dijo que "esta basura intolerante y el antisemitismo no deberían estar cerca de nuestra política", cuando Galindo ya acumulaba declaración tras declaración, cuando ya era imposible ignorarla. ActBlue reaccionó en el mismo sentido, después de que la promesa de encarcelar y castrar hubiera circulado masivamente en redes sociales.

El patrón se repite en casos similares: el partido tolera la retórica extrema hasta que se vuelve intolerablemente visible, y entonces aparece la condena. Pero la condena no es un filtro sino control de daños, simples relaciones públicas. Un filtro hubiera impedido que Galindo compitiera en primer lugar, o al menos hubiera generado una respuesta organizada y temprana del partido antes de que sus propuestas de internamiento se volvieran virales. El Comité de Campaña Demócrata del Congreso tardó demasiado, invirtió demasiado poco, y lo hizo solo cuando la presión externa fue insostenible.

Sería cómodo definir a Galindo como el resultado de una campaña bien financiada y una base desinformada. Parte de eso es verdad. Pero sería deshonesto ignorar que hay un segmento creciente del electorado progresista para el que las posiciones de Galindo no suenan a extremismo sino a disidencia valiente. La crítica a Israel se ha normalizado hasta el punto en que el antisionismo militante se presenta como la postura moral correcta, y cualquier objeción es descartada como lobby israelí o complicidad con el genocidio.

Galindo no es simplemente judeófoba. Es, en un sentido más amplio, una candidata que odia los cimientos sobre los que Estados Unidos construyó su singularidad histórica. La Primera Enmienda, la prohibición de los estados de encarcelar a personas por sus creencias políticas, el principio de que un ciudadano que cumple la ley no puede ser convertido en enemigo del Estado por sus afiliaciones, la presunción de inocencia, la separación entre la ley penal y la disidencia ideológica: todo eso desaparece en el programa de Galindo.

Proponer criminalizar una afiliación política es el mismo mecanismo que usaron los regímenes totalitarios del siglo XX para construir sus aparatos de represión. Que se presente con el lenguaje de la justicia social no lo hace menos peligroso; todo lo contrario. Estados Unidos llegó a ser el país más poderoso del mundo gracias a sus principios fundacionales: la protección del individuo frente al Estado, la igualdad ante la ley independientemente de las creencias, la libertad de conciencia como derecho inalienable. Cuando un candidato a un cargo federal propone convertir esos principios en papel mojado en función de quién es el enemigo designado de esta semana, el problema no es sólo ese candidato. Es que haya un público electoral dispuesto a escucharlo, y un partido dispuesto a tolerarlo salvo que se convierta en escándalo.

El Partido Demócrata enfrenta una crisis ideológica producto de años de sumisión a la izquierda identitaria y a la fusión con el islamismo radical. ¿Qué le dice eso sobre sus procesos de selección, sobre su cultura interna, sobre los valores que en la práctica se consideran aceptables?

La respuesta honesta es que han estado tolerando una deriva hacia posiciones que erosionan los mismos valores que dice defender, siempre que esa erosión venga empaquetada en la narrativa correcta. Ha permitido que el antisionismo se instale como posición de base con la absurda y maniquea pretensión de distinguirlo del antisemitismo, cuando es evidente que esa distinción no existe y que la artimaña se vuelve imposible de sostener. Ha dejado que el conspiracionismo anti-israelí circule libremente en sus redes de activistas sin señalarlo como lo que es. Y cuando el producto de esa tolerancia se hace demasiado repugnante hasta para ellos, reacciona con condenas que no van acompañadas de ningún cambio estructural.

Más allá de los resultados de la segunda vuelta, Galindo como síntoma es un factor alarmante. Tan escandaloso y corrosivo, que como problema no desaparece ni con una derrota electoral.

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