El precio de la demagogia: por qué Mamdani no puede cumplir lo que prometió
Nueva York es el segundo estado con peor clima regulatorio para las empresas, solo detrás de California. Nueva York tiene el triple del promedio nacional de regulaciones que rigen la educación y más del doble que las que rigen los servicios sociales. En una encuesta del Instituto de Políticas Públicas de Nueva York, las empresas señalaron la necesidad de reducción de regulaciones e impuestos como las medidas más importantes que se deberían adoptar para permitir que muchas empresas sobrevivan.

Zohran Mamdani rumbo a una conferencia de prensa/ Angela Weiss
Zohran Mamdani llegó a la alcaldía de Nueva York con un paquete de promesas absurdas que, sin embargo, los votantes eligieron creer. Pero las promesas no eran un plan, eran simples slogans. Ahora la carroza se convirtió en calabaza y el alcalde parece sentirse sorprendido.
El Concejo Municipal dio a conocer su propuesta para el presupuesto del año fiscal 2027, que contrastaba con lo que Mamdani había planteado. El nuevo proyecto rechaza elementos clave del presupuesto del alcalde, alegando con razón que dependía de aumentos en los impuestos a la propiedad, retiros de reservas y recortes a instituciones culturales, bibliotecas y servicios públicos. Si bien esta propuesta no es una oda a la libertad, es menos delirante que la del flamante alcalde. Y es que el problema de base sigue siendo el marco ideológico de quienes piensan la economía de la ciudad.
La propuesta de Mamdani implicaba un aumento del 9,5 % en el impuesto a la propiedad, que los líderes del consejo advirtieron se trasladaría los costos a los propietarios de viviendas, los inquilinos y las pequeñas empresas. Donde el alcalde ve una crisis que sólo se resuelve subiendo impuestos, el Concejo demostró que era posible pensar alternativas a una cacería fiscal contra los sectores de mayores ingresos. El plan legislativo, aun viniendo de mentes socialistas, desató la furia de Mamdani que acusó a sus propios compañeros de partido de proponer algo que, según él, desembocaría en recortes de miles de millones en los presupuestos de las agencias y en una degradación de los servicios públicos.
El problema no es que Mamdani o el Consejo sean ingenuos o desinformados. Es su ideología lo que los incapacita estructuralmente para resolver los mismos problemas que se usaron para ganar votos. El socialismo fue un buen vehículo electoral pero como herramienta de gestión, en cambio, tiene un historial conocido: diagnostica el malestar, lo amplifica, y luego lo administra echando las culpas afuera.
El plato de pollo halal con arroz no cuesta diez dólares porque los ingredientes se encarecieron. Cuesta diez dólares porque vender en la calle en Nueva York es un privilegio regulado hasta el absurdo: la ciudad restringe artificialmente los permisos de venta ambulante, lo que convierte el derecho a trabajar en un bien escaso y caro. Ese sobrecosto no lo absorbe el vendedor: lo traslada al plato. Mamdani usó el precio del pollo como bandera electoral sin decirle a nadie que el problema no se resuelve fijando precios, sino eliminando las barreras que los inflan. Los permisos, además, se terminan negociando en el mercado negro por sumas astronómicas.
Mamdani lo sabe y, de hecho, lo dijo en campaña. Prometió liberar permisos para que la comida vuelva a costar ocho dólares, en un paradójico reconocimiento de que era la regulación la que inflaba el precio. Esto es sólo un ejemplo de las causas que ahora convierten el presupuesto de Nueva York en un laberinto: es el exceso de regulación lo que encarece la comida callejera, el alquiler, la guardería, y todo lo demás. Si Mandani acepta que la solución para el pollo halal es desregular, debería reconocer también que la solución para la vivienda, para el comercio y para el empleo es la misma. Pero Mamdani no puede decir eso. Su ideología no se lo permite.
Nueva York es el segundo estado con peor clima regulatorio para las empresas, solo detrás de California. Nueva York tiene el triple del promedio nacional de regulaciones que rigen la educación y más del doble que las que rigen los servicios sociales. En una encuesta del Instituto de Políticas Públicas de Nueva York, las empresas señalaron la necesidad de reducción de regulaciones e impuestos como las medidas más importantes que se deberían adoptar para permitir que muchas empresas sobrevivan.
Y eso sin contar las capas regulatorias adicionales que impone la ciudad sobre el estado. Uno de cada cinco trabajadores en Nueva York debe obtener una licencia, lo que implica perder tiempo y dinero antes de poder trabajar legalmente. La obtención de licencias representa una condena en sí misma y Nueva York tiene infinitas categorías de licencias profesionales. Y así es todo, también los códigos de construcción son un infierno y ni que hablar de las regulaciones laborales que agravan el cuadro.
Como suele decirse, es casi imposible en Nueva York no infringir alguna norma. El régimen de control municipal abarca prácticamente todo lo imaginable, hasta la posición exacta de un cartel. Durante la pandemia, pequeños negocios fueron multados por especulación cuando intentaban absorber el aumento de sus costos. En 2024, sólo las multas a empresas habían superado los $250 millones, lo que no sólo aumenta los costos para los consumidores, sino que también profundiza la desigualdad para la creación de empresas. Por eso no sorprende que la tasa de fracaso empresarial sea la más alta del país, es la consecuencia lógica de una ideología que ve al Estado como solución y al mercado como problema.
Nueva York depende extraordinariamente de sus contribuyentes más ricos para financiar el Estado. En 2023, los hogares con ingresos superiores al millón de dólares representaban apenas el 0,7% de los contribuyentes, pero pagaban el 41% del total del impuesto sobre la renta personal. Gravar más a ese grupo y apostar a que los ricos no se irán es una jugada suicida. El Consejo pareció reconocer la semana pasada que las propuestas del alcalde pondrían en peligro la viabilidad de la ciudad a largo plazo al imponer cada vez más impuestos a las personas con mayores ingresos y a las corporaciones que dan empleo a millones de neoyorquinos.
Otro ejemplo, Mamdani propone aumentar el presupuesto del Departamento de Educación el próximo año, a pesar de que la matrícula escolar viene cayendo. La oficina central del Departamento de Educación tiene prácticamente el mismo tamaño que hace 15 años, a pesar de atender a unos 150.000 estudiantes menos. El patrón es siempre el mismo. Se identifica un problema real (la comida cara, la educación cara, el alquiler por las nubes) y se propone como solución más Estado, más regulación, más gasto, más impuestos. Lo que nunca entra en el análisis es que el Estado es el autor del problema.
Nueva York es cara en gran medida porque es un infierno regulatorio: construir es difícil, contratar es costoso, abrir un negocio es un laberinto y mantenerlo abierto implica navegar un régimen de multas y controles que trata a los emprendedores como mafiosos en lugar de socios cívicos. Mamdani ganó las elecciones prometiendo alivio. Los neoyorquinos que lo votaron deberán aprender por las malas que las herramientas que él propone (más gasto, más impuestos, más regulación laboral, más burocracia DEI) son exactamente las que producen el costo de vida que dicen combatir.
Nueva York podría ser mucho más asequible, pero sólo si permite que empresas de todos los tamaños operen, se adapten y obtengan ganancias. Mientras la ciudad siga el descalabrado camino hacia el fracaso socialista, los precios seguirán subiendo, los grandes contribuyentes se seguirán yendo y Mamdani seguirá buscando a quién culpar por sus naufragios. Y los platos rotos los pagarán, como siempre, los neoyorquinos con menos recursos y menos opciones de abandonar el barco, que son, paradójicamente, a quienes Mamdani prometió el paraíso de la gratuidad casi absoluta. Admitir que el problema es el tamaño y la injerencia del Estado le quitaría a Mamdani y a su prédica la razón de ser. Y eso no es una opción para alguien que acaba de instalar el experimento socialista en la mismísima capital del capitalismo. Ese es el costo de la demagogia: que cuando la realidad pasa la factura, siempre la pagan los que menos pueden permitírselo.