Los tentáculos de Irán siguen operando en Occidente
La propaganda del régimen no siempre llega etiquetada como tal. A veces llega en forma de columna de opinión, de declaración de ONG, o de cobertura que presenta sistemáticamente a las víctimas del IRGC como agresores.

Mujeres frente a los retratos de Qasem Soleimani
Que el régimen de los ayatolás haya sido debilitado en Irán no significa que su amplia red de influencia en occidente haya sido desmantelada. Nuevos informes indican que ha perfeccionado sus métodos, ampliado sus redes y llevado su campaña de violencia al corazón de las democracias occidentales.
Mientras Europa debatía si designar a la Guardia Revolucionaria (IRGC) como organización terrorista, sus operativos seguían trabajando. El IRGC controla el Estado iraní y sus operaciones en el exterior bajo cobertura diplomática, a través de grupos pantalla, pagando criminales locales en criptomonedas, y coordinando ataques contra sinagogas, escuelas judías y disidentes iraníes.
Un expediente clasificado al que tuvo acceso Euractiv identificó a Mohammad Naghizadeh, agregado militar de Irán en Polonia, como miembro activo de la Guardia Revolucionaria, capaz de promover los intereses financieros y operativos de la organización desde Varsovia. La Unión Europea (UE) finalmente designó al IRGC como organización terrorista en febrero de 2026, pero esa decisión fue tardía. Organizaciones de la sociedad civil, expertos en seguridad y comunidades amenazadas venían pidiendo esa designación mucho antes de que la crisis forzara la mano de Europa.
Cuántos Naghizadeh operan en otras capitales europeas haciendo exactamente lo mismo. Berlín, París, Roma, Madrid: cualquier embajada iraní podría albergar oficiales del IRGC trabajando con inmunidad diplomática. Designar a la organización como terrorista sin expulsar a sus representantes acreditados es un gesto a medias.
En marzo de 2026 apareció en escena un grupo hasta entonces desconocido: Harakat Ashab al-Yamin al-Islamiyya. En siete días ejecutó o reclamó cuatro ataques en distintos países: una sinagoga en Lieja voló por los aires, otra en Rotterdam fue incendiada, una escuela ortodoxa en Ámsterdam recibió un artefacto explosivo, y una flota de ambulancias de una organización judía de voluntarios en Londres amaneció carbonizada. El patrón muestra que no se trata de casos aislados, lo que ocurrió en Europa entre marzo y mayo de 2026 fue una campaña coordinada. Las investigaciones no tardaron en confirmar que no lo era.
En el centro de la red estaba Mohammad Baqer Saad Dawood Al-Saadi, un iraquí de 32 años con larga trayectoria dentro de Kata'ib Hezbolá y vínculos directos con el IRGC que se remontaban a su relación personal con Qasem Soleimani. Bajo su dirección, la campaña sumó 18 ataques y tentativas en Europa entre marzo y mayo de 2026: explosivos en Ámsterdam, incendios en Skopje, apuñalamientos en Londres.
Pero el alcance no se detuvo en el continente. Al-Saadi también envió a un contacto (que resultó ser un informante del FBI haciéndose pasar por miembro de un cartel mexicano) fotografías y mapas de una sinagoga en Manhattan, un centro judío en Los Ángeles y una institución en Scottsdale, Arizona. Entre los objetivos reportados figuraba además Ivanka Trump.
Fue arrestado en Turquía el 15 de mayo cuando viajaba presuntamente hacia Rusia, y extraditado a Estados Unidos. Especialistas en milicias chiitas que llevan años siguiendo su trayectoria lo describieron como uno de los arquitectos más importantes de la red iraní en Occidente: alguien que no solo ejecutaba órdenes sino que construyó la estructura táctica y logística que hoy sigue operativa, con o sin él.
La novedad táctica no es la violencia en sí, sino la arquitectura con la que el IRGC la ejecuta para mantener la negación plausible. En lugar de enviar agentes propios, el régimen contrata criminales locales a través de plataformas encriptadas y los paga en criptomonedas. Crea organizaciones pantalla con nombres nuevos para cada campaña, de modo que cuando una es desarticulada, la siguiente ya está lista. Usa la red de milicias aliadas (Kata'ib Hezbolá, Hezbolá libanés, los hutíes) como intermediarios que ponen distancia entre Teherán y el acto concreto.
La campaña no es solo física. El eurodiputado del PPE Tomáš Zdechovský alertó sobre una vasta red de cuentas y sitios web que difunden propaganda vinculada al IRGC en toda la UE. Las autoridades lograron eliminar miles de enlaces y bloquear la cuenta principal de la organización en X, pero las redes digitales del régimen iraní son resilientes por diseño: cuando se cierra un canal, aparecen tres más.
Esta dimensión mediática es la más difícil de combatir, especialmente en ecosistemas de información donde ciertos medios amplifican la narrativa de la "resistencia" sin interrogarse sobre quién la financia y con qué objetivo. La propaganda del régimen no siempre llega etiquetada como tal. A veces llega en forma de columna de opinión, de declaración de ONG, o de cobertura que presenta sistemáticamente a las víctimas del IRGC como agresores.
Un dato que los documentos clasificados mencionan es la creciente ola de deserciones diplomáticas iraníes. Solo en 2026 solicitaron asilo en Occidente el diplomático iraní en Copenhague, el encargado de negocios en Canberra, el encargado de negocios en Viena, y un alto funcionario de la misión permanente iraní ante la ONU en Ginebra, entre otros. Se trata de una señal de que quienes conocen el régimen desde dentro están eligiendo saltar antes de que el barco se hunda, o antes de convertirse en cómplices de operaciones que ya no pueden sostener. Las deserciones masivas de diplomáticos son históricamente uno de los mejores indicadores del estado real de un régimen. Estos son funcionarios con acceso a información sensible, que conocen las operaciones reales detrás de la fachada oficial, y que decidieron que el riesgo de desertar era menor que el de quedarse. Ese cálculo dice mucho.
En julio de 2025, catorce gobiernos (entre ellos Francia, Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, Países Bajos, Suecia y Canadá) emitieron una declaración conjunta condenando a los servicios de inteligencia iraníes por tramas de asesinato, secuestros y persecución de individuos en Europa y América del Norte, y por su creciente articulación con redes criminales internacionales. Esas redes no fueron desmanteladas, siguen operativas.
La inteligencia alemana advirtió además que, una vez que cesen los enfrentamientos militares directos con Israel y Estados Unidos, Irán probablemente intensificará sus operaciones encubiertas en Europa. La lógica es clara, el régimen se prepara para multiplicar sus tentáculos. La guerra híbrida no tiene fecha de cierre ni acepta un cese del fuego.
Designar al IRGC como organización terrorista fue un paso necesario y largamente demorado. Pero es solo eso: un primer paso. Expulsar a los operativos con cobertura diplomática es fundamental y urgente. Desmantelar las redes financieras que sostienen las operaciones es también clave. Perseguir judicialmente a quienes difunden propaganda proterrorista en Occidente debería ser parte de la agenda inmediata de los gobiernos. Sin estas medidas, la designación es un gesto burocrático que no protege a nadie.
Irán no está vencido. El IRGC controla hoy más funciones del Estado iraní que en cualquier momento anterior, opera redes activas en al menos media docena de países europeos, financia ataques contra comunidades judías en todo el occidente libre. Todo esto mientras sus diplomáticos acreditados gozan de inmunidad en las capitales de los países más importantes del mundo.
Los líderes mundiales siguen sin ponerse de acuerdo sobre cuánta presión ejercer sobre Teherán. Cálculo político, error de diagnóstico, cobardía o conveniencia, algunos empujan medidas más duras; otros prefieren no quemar puentes diplomáticos en un momento de tensión regional sin precedentes y con una población proislamita creciente. La discusión electoralista tiene un costo: cada día de indecisión es un día más en que la red opera con comodidad. Occidente tiene las herramientas. Lo que falta es la voluntad de usarlas.