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La derecha woke hace “turismo” en Moscú: el affaire Candace - Dugin

San Petersburgo, explicó, llevaba mucho tiempo en su "lista de deseos": quería ver iglesias, informar sobre la sociedad cristiana rusa y contrastarla con los lugares que considera hostiles al cristianismo.

El Kremlin  (Photo by Alexander NEMENOV / AFP)

El Kremlin (Photo by Alexander NEMENOV / AFP)AFP.

A finales de mayo, la reina indiscutida de la derecha woke, Candace Owens, anunció en X un viaje a Rusia. La excusa fue tan burda que causó innumerables burlas en redes: una "vacación familiar" a San Petersburgo para visitar catedrales ortodoxas, acompañada de su marido George Farmer, quien, según ella misma aclaró con desarmante candidez, "viaja regularmente a Rusia para pescar". 

San Petersburgo, explicó, llevaba mucho tiempo en su "lista de deseos": quería ver iglesias, informar sobre la sociedad cristiana rusa y contrastarla con los lugares que considera hostiles al cristianismo. Respecto de quienes criticaban su eventual encuentro con el neo-Rasputín Dugin, sostuvo que se trataba de propaganda desactualizada de la Guerra Fría o simplemente "historia sionista". Pero la coartada se desmoronó casi de inmediato.

El investigador Ryan Mauro expuso en una serie de publicaciones en X que Owens figuraba entre los oradores del Foro Económico Internacional de San Petersburgo (SPIEF), el mayor foro de negocios y política del Estado ruso, conocido como el "Davos ruso", que convoca cada año a unos 20.000 representantes de 140 países con la participación personal de Vladimir Putin en su sesión plenaria. Entre los otros participantes del mismo evento estaba Alexander Dugin.

El Kremlin, por su parte, confirmó que Putin aprovecharía los márgenes del foro para reunirse con jefes de agencias de noticias internacionales, subrayando el carácter de operación de influencia mediática que el evento tiene para Moscú. La reacción fue inmediata, incluso desde dentro del propio ecosistema trumpista. Laura Loomer retuiteó las revelaciones de Mauro y las amplió en un hilo extenso, preguntando quién financiaba el viaje y señalando que la única forma de ingresar a un país con nivel de alerta 4 era que el gobierno ruso la hubiera invitado directamente. Loomer alegó además que Owens y su marido habrían tenido encuentros previos con Dugin en Italia. Ben Shapiro, cofundador del Daily Wire del que Owens fue expulsada en 2024, calificó el viaje de "subversión ideológica".

Owens, lejos de aclarar nada, respondió desde Moscú compartiendo fotos en la Plaza Roja y escribiendo que la ciudad era "increíblemente hermosa y ordenada", muy distinta de las "descripciones mediáticas". Ninguna palabra dicha o publicada por Owens está fuera de su retorcida agenda. La millonaria podcaster se ha convertido en una voz líder en teorías conspirativas antisemitas y en el antisionismo de derecha, amplificando a extremistas y retórica extremista especialmente desde el 7 de octubre de 2023. Este giro acomodaticio no refleja sus orígenes: hace una década, Owens se describía a sí misma como progresista y criticaba al Partido Republicano. Se reconvirtió en 2016, tras un escándalo en torno a una fallida plataforma anti-ciberbullying, y comenzó a criticar a los movimientos progresistas. Eso le valió la atención de Alex Jones y Charlie Kirk, y la catapultó al estrellato conservador.

En 2020 se incorporó al Daily Wire de Ben Shapiro como presentadora. En 2024 fue expulsada de allí en medio de una escalada de retórica antisemita que incluyó distorsión del Holocausto; desde entonces opera sin frenos editoriales. Su deriva reciente acumula posiciones difíciles de encuadrar en cualquier marco de racionalidad política. Sostiene que existen viajes en el tiempo, entre otros delirios. Miente sin vergüenza y no tiene problema en ser expuesta: sabe que quienes creen en ella están dispuestos a creer en cualquier cosa. La utilización amoral que hizo del asesinato de Charlie Kirk, el acoso a su viuda y un sinnúmero de bajezas por el estilo le han permitido escalar en vistas y clics; su público parece ahora deleitarse con sus maldades descabelladas. Una de ellas, en la que aseguró que podía demostrar que la esposa del presidente francés Macron era en realidad un hombre, le valió un litigio por difamación que está en curso

Este último punto tiene una derivación grotesca: Dugin dedicó un episodio de su Substack a elogiar a Owens por ese "periodismo duro" y especuló con que su investigación habría presionado a Macron para reducir su apoyo a la "guerra proxy de la OTAN en Ucrania". El "cerebro de Putin" no disimulaba su satisfacción.

Candace y Alexander Dugin se merecen. Este oscuro personaje es el principal ideólogo del imperialismo ruso contemporáneo, conocido en los círculos de relaciones internacionales como "el cerebro de Putin" o "el Rasputín de Putin". Figura habitual en los canales estatales de televisión rusa, Dugin es el arquitecto intelectual del neo-eurasianismo: la doctrina que justifica la expansión territorial rusa como una misión civilizatoria destinada a derrotar la decadencia de Occidente, el atlantismo encarnado por Estados Unidos y el liberalismo occidental.

Su obra más conocida, Fundamentos de la Geopolítica (1997), es considerada lectura casi obligatoria para las élites militares y de política exterior rusas. En ella articula una visión de Rusia como superpotencia caída que debe restaurar su destino imperial, constituyéndose en un bastión conservador contra el orden liberal liderado por Washington. Su Cuarta Teoría Política (2009) propone una ideología conservadora-revolucionaria que pretende superar al comunismo, al liberalismo y al fascismo, ofreciendo en su lugar una alternativa neo-eurasiana de base étnica. La web de noticias Geopolitica, creada por Dugin, fue sancionada por el Tesoro de Estados Unidos como un pilar clave de la infraestructura global de desinformación y guerra informativa de Rusia.

El SPIEF: el "Davos ruso" como plataforma de propaganda

El SPIEF es, como lo describió Mauro, "un punto caliente de las actividades más sucias de la inteligencia rusa". Putin lo utiliza como plataforma para proyectar al mundo la narrativa de una Rusia resistente, económicamente vigorosa y líder de un orden multipolar alternativo al occidental. El hecho de que Putin se reuniera paralelamente con jefes de agencias de noticias internacionales al margen del mismo foro subraya su función: captar voces, legitimar narrativas, ampliar el alcance del mensaje del Kremlin.

Que una poderosa influencer norteamericana con millones de oyentes aparezca como oradora en ese escenario es de por sí alarmante; si además es presentada como una voz "independiente" y "crítica del establishment", tiene un valor de legitimación enorme para Moscú y un llamado de atención para Washington. No es lo mismo que Putin diga que Rusia es una civilización superior y ordenada, a que lo diga una americana cuya voz es muy escuchada y amplificada, que llegó "de vacaciones" y quedó "genuinamente sorprendida" por la belleza de Moscú.

Hay un elemento del contexto ideológico que merece atención especial, porque es el que hace posible que figuras como Owens encuentren un lenguaje común con el Kremlin: el uso sistemático por parte de Rusia del discurso anticolonial como arma de política exterior. Desde la invasión de Ucrania en 2022, Putin ha construido una narrativa, convergente con la de la islamoizquierda y la derecha aislacionista e iliberal, en la que Rusia ocupa el lugar del pueblo colonizado y Occidente el del colonizador. 

En su discurso del 30 de septiembre de 2022, al defender sus pretensiones de anexión de regiones ucranianas, afirmó que el plan de Ucrania para los rusoparlantes era "el mismo destino que el Occidente 'colonialista' quiere infligir al mundo entero". Investigaciones académicas recientes han documentado cómo esta narrativa anticolonial es una estrategia deliberada: se proyecta especialmente hacia el Sur Global (con África subsahariana como objetivo privilegiado) para construir la imagen de Rusia como heredera del movimiento anticolonial del siglo XX y líder de una "desoccidentalización" del orden internacional.

La paradoja es abrumadora, pero eficaz: el Estado que invade, ocupa y anexa territorio ajeno se presenta como campeón de la descolonización de los pueblos. El Estado que bombardea civiles ucranianos se postula como defensor de los oprimidos frente al imperialismo. Y los influencers que asisten a sus foros, elogian sus ciudades y comparten panel con sus ideólogos se convierten en amplificadores de esa narrativa. El Kremlin se vale de voces occidentales que digan que Rusia no es lo que los medios occidentales describen; qué mejor que una propagandista con pretensiones de "independiente".

Figuras como Owens, Tucker Carlson y Nick Fuentes han construido una forma de hacer política que imita la gramática del activismo de izquierda pero persiguiendo a cualquier costo el escándalo que las mantiene al tope de la popularidad. Toman prestado de la intelectualidad crítica la sospecha del poder mientras pretenden defender la civilización cristiana; su discurso es catártico y resentido, no intelectual. Por eso, cuando la evidencia las deja expuestas, convierten la contrastación de datos en prueba de persecución. Este mecanismo es lo que hace que figuras como Owens sean especialmente útiles para la propaganda rusa: son genuinamente difíciles de desacreditar desde el exterior porque han construido toda su identidad sobre la base de que el exterior miente sobre ellas.

El caso Owens-Dugin importa porque ilustra cómo funciona la penetración ideológica rusa en el ecosistema mediático de la derecha woke: una convergencia de intereses entre figuras que buscan audiencia y un aparato estatal que necesita legitimación internacional, pero que sobre todo comparten un enemigo, la cultura occidental liberal. El mecanismo ya había sido puesto a prueba con Tucker Carlson, quien viajó a Moscú dos veces en 2024, declaró que la ciudad era "mucho más agradable" que las norteamericanas y sostuvo que la cobertura sobre Ucrania era profundamente sesgada. La mecánica es idéntica en ambos casos: viaje presentado como periodismo o turismo, fotos en locaciones emblemáticas, asombro escenificado ante la "civilización" rusa, ataque a quienes cuestionan el viaje como parte del "establishment".

Esta es la peligrosa gramática de la derecha woke aplicada a la geopolítica. Y es, también, exactamente lo que Moscú necesita: voces occidentales que se maravillen con su régimen mientras dan visibilidad y legitimidad al ideólogo del proyecto putinista, y que presenten a quienes señalan el problema como agentes del establishment sionista. No hacen falta agentes rusos para que el operativo funcione. Basta con que sean lo que ya son.

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