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El almuerzo gratis terminó: por qué la OTAN que conocimos ya no existe

La causa del desequilibrio presupuestario otanista viene de larga data, ya fue abordada por demócratas anteriormente. Es un tema radiactivo electoralmente para cualquiera.

Un podio con el logo de la OTAN

Un podio con el logo de la OTANAFP

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Hay momentos en la historia en que las instituciones que sostienen el orden internacional se desmoronan. Otro canario en la mina que canta en vano, y van. Mirando en retrospectiva, los avisos estuvieron debidamente presentados, y fueron impunemente ignorados por los sospechosos de siempre. La invasión de Rusia a Ucrania fue el primer acto de una crisis severa que terminó de estallar por los aires con la guerra contra Irán que empezó hace apenas un mes. La OTAN se está fracturando, y hoy nadie puede decir hasta dónde la fractura es terminal, pero lo que antes era una incomodidad negociable se convirtió en una crisis estructural. Objetivos como el propósito compartido y la defensa de Occidente parecen haber perdido todo peso específico para los líderes europeos. Y si bien no sabemos lo que el futuro le depara a la alianza atlántica, sí sabemos que nada será como antes, es el fin de una era.

Cuando comenzó la guerra en Irán, Estados Unidos solicitó a sus aliados europeos una colaboración mínima. No tropas en el frente. No declaraciones de guerra. En el caso del Reino Unido, por ejemplo, apenas el uso de la base de Diego García, en el océano Índico. La respuesta de Keir Starmer fue un no acompañado de excusas vergonzosas para proteger el derecho del régimen israní, que no ha respetado ninguna norma de derecho internacional desde su fundación en 1979, que masacró a más de decenas de miles de civiles que protestaban contra el gobierno. El primer ministro británico tiene la brújula moral descompuesta. Durante la Segunda Guerra Mundial, Gran Bretaña habría perecido frente a Alemania de no ser por la asistencia con equipamiento, con préstamos y, sobre todo, los soldados estadounidenses que lucharon en suelo europeo para evitar el avance de Hitler. Esto parece haber quedado en el olvido. Starmer cedió finalmente, pero lo hizo únicamente después de asegurarse de que EEUU e Israel llevaban una ventaja que auguraba la victoria. Ese timing no es un detalle menor: es el retrato de un hombre que especuló para sumarse a la foto del vencedor. Las fluctuaciones de Starmer merecen un tratado de psiquiatría.

Emmanuel Macron, como es habitual, fue y vino con las palabras pero se mantuvo enfrentado a Trump en los hechos. Pidió que la guerra terminara apenas comenzó sin que se cumplieran los objetivos y lanzó miles de planes y consignas que duraban menos de 24 hs, haciendo gala de la natural inclinación a la rendición que caracteriza las últimas décadas de su país. Declaró públicamente que Francia no eligió esta guerra. La hipocresía no podría ser más transparente; la alianza con Washington no merece ni el paso de un avión por el espacio aéreo francés. Porque eso fue precisamente lo que ocurrió: Francia impidió que aviones de combate estadounidenses en misiones contra Irán sobrevolaran su territorio. Una forma muy parisina de clavar una daga al aliado mientras se encuentra en plena guerra.

Pero si hay un caso que merece análisis aparte por su descaro es el de España. Pedro Sánchez lleva mucho esfuerzo construyendo su imagen exterior sobre la confrontación con Trump, una estrategia que le resulta útil en casa, donde vive acorralado por escándalos de corrupción que rodean a su familia y a su entorno inmediato, y con resultados electorales magros que lo llevan a buscar el aplauso de la extrema izquierda internacional. Sanchez no sólo rechazó el nuevo objetivo de gasto en defensa del PIB acordado en la OTAN, tampoco respetaba el anterior. Cerró el espacio aéreo nacional a los aviones estadounidenses que operaban contra Irán, y negó el uso de las instalaciones de Morón y Rota. La lógica interna del cálculo de Sánchez es comprensible. Lo que resulta difícil de comprender es que alguien haya creído que esa apuesta no tendrá consecuencias.

El primer ministro canadiense, Mark Carney, completó el cuadro de la cobardía aliada con una maniobra aún más descarada: primero se pronunció a favor del derrocamiento del régimen iraní, y luego se retractó cuando la presión diplomática apretó. Al final, los mayores aliados de Irán no estaban en Teherán sino en las capitales europeas. Lo que une a Starmer, Macron, Sánchez y Carney no es solo la cobardía sino la incapacidad para señalar a los enemigos de la civilización occidental y reconocer a los aliados que luchan por sostenerla. Ignoran incluso el hecho de que el régimen al que piden no provocar es el mismo que masacró a su propio pueblo cuando salió a pedir libertad. Su miseria tiene un costo en vidas.

La OTAN nació sobre un contrato implícito de seguridad de un bloque occidental cohesionado, que presentaba un frente común ante las amenazas. Pero los cambios de administración de los miembros, las incorporaciones, la economía, la política y la ideología fueron deformando ese contrato. Los presidentes estadounidenses, tanto republicanos como demócratas, vienen solicitando, cada uno con sus modos y agendas, un compromiso mayor de Europa en la inversión militar. Y todos fracasaron.

Este reclamo se volvió más fuerte con la guerra en Ucrania, pero aun con una invasión criminal en su propio continente, los líderes europeos apenas movieron el amperímetro. Algunos con buenos modales y promesas vacías, y otros directamente desafiando la paciencia estadounidense. La guerra contra Irán terminó con esa ficción. Cuando Trump pidió apoyo para reabrir el estrecho de Ormuz, ningún aliado europeo se comprometió. Trump advirtió que eso sería muy malo para el futuro de la OTAN. No era una amenaza retórica.

Lo que Trump ha hecho no es renovar la vieja queja. Ha llevado esa demanda a un nuevo nivel como consecuencia lógica y legítima: se ha preguntado si le sirve a EEUU este estado de situación. La ficción no se puede sostener. Por eso Trump ya no está discutiendo presupuestos, está discutiendo si OTAN tiene sentido. El planteo escandaliza a quienes llevan décadas abusando de la situación, pero si Estados Unidos se compromete con la seguridad de Europa con tropas, compartiendo inteligencia, etc; lo mínimo que puede esperar es reciprocidad cuando sus intereses están en juego en cualquier otra parte del mundo.

Es posible que los mandatarios europeos ya no le teman a Trump, después de todo, le queda medio mandato y no puede reelegir. Tal vez calculen que si logran aguantar dos años, un nuevo inquilino de la Casa Blanca hará borrón y cuenta nueva con las disputas actuales. Pero es improbable que eso ocurra si quienes suceden a Trump son Vance o Rubio. Entonces, ¿está Europa apostando abiertamente por el Partido Demócrata? No sería la primera vez, pero la apuesta es arriesgada. La causa del desequilibrio presupuestario otanista viene de larga data, ya fue abordada por demócratas anteriormente. Es un tema radiactivo electoralmente para cualquiera.

Pero además, desafiar abiertamente a Trump pensando que no puede salir de OTAN en lo que le queda de mandato es tan obtuso como el resto de las decisiones que los mandatarios europeos vienen tomando. Trump no necesita retirarse formalmente de la OTAN para vaciarla de contenido. Puede reducir las tropas de Europa hasta su insignificancia, reducir o retrasar la financiación tal como hacen el resto de los miembros y un sinfín de atajos más, una OTAN sin compromiso estadounidense real es una OTAN ficticia.

El problema es que, mientras Europa especula banalmente, sigue sin estar en condiciones de defenderse. Las encuestas demuestran que los europeos no están dispuestos ni por asomo a ir al frente para defender las propias fronteras, ni que hablar las de un país vecino. Los ejércitos del continente se redujeron drásticamente al final de la Guerra Fría, convencidos de que la historia había terminado. Recordemos que no se prendieron las alarmas cuando Vladimir Putin anexó Crimea en 2014. ¿Por qué no anticiparon la siguiente movida de Rusia si era tan evidente? Es evidente que el corto plazo y la especulación no son buenos consejeros. Ahora, algunos llevan poco más de tres años intentando rearmarse, pero la dependencia de Estados Unidos sigue intacta. Tardarían años y un conjunto de decisiones presupuestarias que ninguno de los países de la Unión Europea quiere o puede afrontar, para conseguir sostenerse por sí mismos.

Por eso la guerra contra Irán ha sido un test para ver si, aun siendo mezquinos con el presupuesto, al menos compartían valores y objetivos estratégicos. Y acá también Europa ha defraudado de forma estrepitosa. La actitud de la inmensa mayoría de los mandatarios y políticos europeos hacia Israel ha sido vergonzosa. Para buena parte de la élite europea, el Holocausto ha dejado de ser una advertencia de lo que ocurre cuando se deja crecer impunemente el odio contra los judíos.

Hay algo profundamente deshonesto en las excusas moralistas y buenistas de parte de líderes que no articularon condenas significativas para las actividades terroristas iraníes en Oriente Medio, África y Europa. Irán ha ejecutado a presos políticos abiertamente. Ha encarcelado, torturado y asesinado mujeres cuyo delito era pedir por los mismos derechos que las mujeres occidentales. Ha financiado a Hezbollah, a Hamas y a los hutíes. Ha ordenado fatwas en suelo europeo y se ha regocijado abiertamente de la muerte generada por los atentados que promueve. Que ese régimen sea ahora el punto de referencia jurídico para los líderes europeos muestra hasta qué punto el “derecho internacional” ha sido tergiversado para proteger a los criminales más atroces.

No vamos a saber con claridad el destino de OTAN en medio de este torbellino actual. Tampoco sabremos cómo fluctuará la opinión pública europea luego de la guerra. Pero podemos vislumbrar que la OTAN que conocimos ya no volverá. La acumulación de desprecios, disputas, resentimientos, fracasos diplomáticos y cálculos cortoplacistas va a terminar reconfigurando la alianza. Lo que viene requiere algo que los líderes europeos actuales han demostrado escasear: la disposición a asumir costos reales por compromisos reales.

Lo que sabemos es que el almuerzo gratis terminó. Y quienes no lo entiendan a tiempo, pagarán la cuenta más cara.

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