La gran lección de la visita de Trump a China: el mundo es bipolar y hay que aceptarlo
Un enfrentamiento entre China y Estados Unidos, que trascienda lo comercial y devenga en la más extrema manifestación de la política a lo schmittiano (una guerra), sería devastador para el mundo.

El presidente de China, Xi Jinping (derecha), y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, llegan a un banquete de Estado en el Gran Salón del Pueblo en Pekín el 14 de mayo de 2026.
Donald Trump pisó fuerte en Pekín. O, mejor dicho, Estados Unidos. Porque la poderosa comitiva que se desplegó en China fue una demostración de músculo estadounidense. Por parte del Gobierno, el presidente Trump; el representante de su poder militar, Pete Hegseth; y el de la fuerza diplomática, Marco Rubio. Y, en cuanto al pelotón económico: Elon Musk, de Tesla; Tim Cook, de Apple; Jensen Huang, de Nvidia; David Salomon, de Goldman Sachs y otros empresarios, jefes de compañías como Boeing, Citi o Visa.
El presidente Xi Jinping los recibió con todos los honores, agasajos y lujos. El régimen chino intentó ser un anfitrión a la altura, con un despliegue que demostraba, también, el poderío del gigante asiático. Varios gestos que podrían parecer superficiales, como el entretenimiento musical con la canción WMCY —especialmente elegida para Trump— daban cuenta del respeto por el visitante.
Estados Unidos y China comparten una historia amarga. Llena de tensiones, ambos países se han suscrito a una guerra que reclama que uno se imponga sobre el otro. Desde los tiempos de la revolución maoísta, su alineación con la Unión Soviética, cuando la pugna era más bien ideológica, a la China post-Deng Xiaoping, donde la rivalidad es, sobre todo, comercial.
Y parte de la política económica del presidente Trump se ha enmarcado en ese antagonismo. Igual lo ha hecho Xi Jinping. Y parte de ello ha sido demarcado por episodios de hostilidades como los múltiples espionajes de China dentro de Estados Unidos, la ampliación de la influencia del régimen en Latinoamérica o África, las agresiones a Taiwán, su apoyo a enemigos históricos de los americanos o sus propias políticas domésticas de opresión y persecución.
Las tensiones podrían seguir escalando hasta eventualmente desatar un conflicto en el que uno intente imponerse al otro. Pero quizá no es deseable. Al menos en eso coincidieron Donald Trump y Xi Jinping durante sus encuentros. Y, más allá de la retórica, corresponde decir que Xi Jinping acierta cuando blande una alerta: "No caigamos en la Trampa de Tucídides".
¿A qué se refiere Xi Jinping? Habla de un artículo escrito por el politólogo Graham Allison en 2015 y publicado en The Atlantic titulado "La trampa de Tucídides: ¿están China y Estados Unidos aproximándose a una guerra?".
En su Historia de la guerra del Peloponeso, el historiador militar clásico, Tucídides, afirma que "fue el ascenso de Atenas y el temor que esto infundió en Esparta lo que hizo inevitable la guerra". Al respecto, Allison escribió en The Atlantic:
"La pregunta clave sobre el orden mundial para esta generación es si China y Estados Unidos podrán escapar la 'trampa de Tucídides'. La metáfora del historiador griego nos recuerda los peligros que surgen cuando una potencia emergente rivaliza con una potencia dominante, tal como Atenas desafió a Esparta en la antigua Grecia, o como lo hizo Alemania con Gran Bretaña hace un siglo".
Es claro que Trump respeta a Xi Jinping. En Pekín, desde el Gran Salón del Pueblo, se deshizo en elogios al líder chino. Y Xi también respeta a Trump. Fue evidente. Considerando eso, hay muchos puntos evidentemente tensos —sobre todo el de Taiwán. Y eso mismo lo reconoció el secretario de Estado Marco Rubio durante una entrevista en Fox News: habrá, siempre, diferencias, porque hay momentos donde los intereses serán contrarios.
Pero esas diferencias no deberían llevar a la 'trampa de Tucídides'. A nadie le conviene. Un enfrentamiento entre China y Estados Unidos, que trascienda lo comercial y devenga en la más extrema manifestación de la política a lo schmittiano (una guerra), sería devastador para el mundo.
A este punto, luego de lo que hemos presenciado en Pekín, solo podemos hablar de un mundo bipolar. Ni Rusia ni Irán ni Arabia Saudita juegan en estas ligas. Y eso está bien. Lo mejor es aceptarlo. Entonces, se podrán abordar con mayor honestidad aquellos puntos de desencuentro que son vitales para los intereses de Occidente y de Oriente.