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¿Garrapatas woke?: Cuando la bioética se convierte en activismo

Hace pocos meses, la revista académica Bioethics publicó un artículo titulado "Beneficial Bloodsucking" ("Succión de sangre beneficiosa"), firmado por Parker Crutchfield y Blake Hereth, dos profesores de la Escuela de Medicina de la Universidad Western Michigan.

Imagen referencial de una garrapata

Imagen referencial de una garrapata©First Run Features/Courtesy Everett Collection / Cordon Press.

Hace pocos meses, la revista académica Bioethics publicó un artículo titulado "Beneficial Bloodsucking" ("Succión de sangre beneficiosa"), firmado por Parker Crutchfield y Blake Hereth, dos profesores de la Escuela de Medicina de la Universidad Western Michigan. Su propuesta central: modificar genéticamente garrapatas para que propaguen el síndrome de alpha-gal a la mayor cantidad posible de personas, con el objetivo de forzarlas a dejar de comer carne roja. No como experimento mental abstracto, aunque así lo presentaron cuando llegó el rechazo público, sino como un imperativo moral. Otro ejemplo más del trastornado ejercicio del virtue signaling woke.

El núcleo del artículo es lo que los autores llaman el "Argumento de Convergencia", y funciona en dos pasos, siempre dentro de su progresista sistema de valores. Primero sostienen que, si comer carne es “moralmente incorrecto", entonces cualquier esfuerzo por prevenir la propagación de una enfermedad que obliga a la gente a dejar de comerla también es moralmente incorrecto. Luego, de dicha afirmación derivan que, dado que hoy es técnicamente posible editar genéticamente garrapatas para amplificar su capacidad de transmitir el síndrome y expandir su alcance geográfico, no hacerlo equivale a tolerar un “mal evitable".

Sí, así como se lee, proponen enfermar gravemente a las personas en función de un plan ideológico. La conclusión es que propagar el síndrome de alpha-gal no es sólo permisible, sino "fuertemente obligatorio". A este mecanismo lo denominan un "mejorador bioético", una intervención que mejora la “conducta moral” a través de la enfermedad.

Para comprender la magnitud de lo que esto implica, es necesario entender primero qué es el síndrome de alpha-gal. Según el CDC (Centers for Disease Control and Prevention), es una condición "seria, potencialmente mortal" que causa reacciones alérgicas en quienes consumen carne roja y afecta actualmente a casi 450.000 personas en Estados Unidos. Los síntomas más comunes son molestias gastrointestinales que aparecen entre dos y tres horas después de comer carne, pero la condición puede derivar en shock anafiláctico. No hay cura. Y la enfermedad está en expansión: la garrapata estrella solitaria se ha extendido ya a 27 estados, desde Texas hasta Maine, con alertas sanitarias activas en Massachusetts, Virginia, Nueva York, Delaware, Missouri y Ohio, entre otros.

La incidencia de anafilaxia en pacientes con el síndrome es de entre el 1 y el 3 por ciento. Inducir el síndrome en los 8.300 millones de habitantes del planeta daría entre 83 y 249 millones de casos deliberadamente provocados de shock anafiláctico. Crutchfield y Hereth no se preocupan por este cálculo en ningún momento.

En cambio, encuadran todo como una intervención de salud pública comparable a una vacunación. Su distinción conceptual: liberar garrapatas modificadas que muerdan a personas "infringe" la autonomía corporal, pero no la "viola". La diferencia, aparentemente, es que el agente transmisor es un insecto y no un funcionario gubernamental. Esta distinción omite la cuestión del daño deliberado. El American Council on Science and Health lo desmontó con precisión: los autores proponen causar daño, no prevenirlo; violan el consentimiento individual de forma explícita; y la analogía con la vacunación es científica y éticamente indefendible, dado que las vacunas previenen enfermedades mientras que este esquema las introduce.

El artículo también recurre a una comparación que revela mucho sobre sus presupuestos filosóficos: Crutchfield y Hereth equiparan comer carne con el canibalismo, argumentando que si es lícito inducir una alergia a la carne humana en un caníbal, por la misma lógica es lícito inducir una alergia a la carne animal en cualquier persona. El argumento equipara moralmente a los animales de granja con los seres humanos.

Dado el desvarío ético (y psicológico) de los autores, es lógico que tampoco contemplen cuál es el valor nutricional de aquello que pretenden eliminar de la dieta humana. La carne roja es una fuente abundante de proteína de alto valor biológico, hierro, vitamina B12, zinc y selenio, nutrientes críticos para prevenir la anemia, sostener la función inmune y mantener la salud cognitiva, especialmente en niños y mujeres embarazadas. Los autores no cuestionan estos puntos en ningún momento de su artículo, claro.

Además, los datos sobre los hábitos dietarios de personas que ya tienen el síndrome muestran que la mayoría no se vuelve vegetariana, sino que simplemente migra hacia carnes que no les provocan reacción, como pollo, pescado, mariscos. El consumo no se reduciría; simplemente se redistribuiría hacia otras especies.

Tampoco se sostiene el argumento ambiental que subyace a toda la propuesta, el cual suele apoyarse en datos desactualizados o deliberadamente descontextualizados. El famoso 14,5% de emisiones globales atribuido a la ganadería, una cifra que el activismo repite como dogma basándose en un informe de 2013, es un promedio global que mezcla sistemas de subsistencia ineficientes con la ganadería moderna, donde la genética y nutrición hacen que la intensidad de emisiones por animal sea radicalmente menor. De hecho, en su más reciente informe de 2023 ("Pathways towards lower emissions"), la propia FAO actualizó a la baja sus estimaciones, ubicando el impacto real en torno al 11,1%.

Más revelador aún es el mito de la depredación territorial incontrolable: los datos consolidados por la Universidad de Oxford demuestran que la humanidad ya superó el «pico de tierra agrícola» (Peak agricultural land). Gracias a la intensificación productiva, la superficie mundial dedicada a pasturas se ha reducido en unos 140 millones de hectáreas desde el año 2000, permitiendo producir mucha más carne en mucho menos espacio. Como consecuencia directa, las emisiones derivadas del cambio de uso del suelo para ganadería han caído un tercio en las últimas dos décadas. La huella de la agricultura animal no es una amenaza existencial en expansión; en los hechos, se está contrayendo.

Más revelador aún es lo que el artículo omite deliberadamente. Los propios autores admiten que, "por razones de brevedad", no presentan ninguno de los argumentos que justificarían por qué comer carne es moralmente incorrecto. Sin embargo, dedican párrafos enteros a justificar infectar a toda la humanidad con una enfermedad potencialmente mortal en nombre de ese axioma no demostrado. Estamos hablando de liberar vectores de enfermedades modificados sobre poblaciones enteras. ¿A cuánto estás del terrorismo bacteriológico para defender su ideología?

Vale señalar que incluso dentro de la propia comunidad bioética el artículo fue repudiado. Pero que la refutación haya sido necesaria dentro de la misma revista dice tanto sobre el artículo original como sobre el estado del campo. El contexto ideológico en el que emerge este tipo de propuesta tampoco puede ignorarse. Muchas organizaciones internacionales, ONGs, influencers y la casi totalidad del activismo ecologista llevan años promoviendo el veganismo y la reducción del consumo de carne, impulsando dietas basadas en insectos y proteínas alternativas, y publicando informes que presentan la ganadería como una amenaza existencial para el planeta. Existe un ecosistema ideológico en el que la coerción dietaria, antes impensable, se vuelve progresivamente articulable como argumento académico legitimador.

Cuando el artículo generó un alud de críticas, Crutchfield recurrió al escudo habitual: era solo un "experimento mental". Pero muchos colegas respondieron acertadamente que esa artimaña como defensa no basta, porque las ideas destructivas frecuentemente comenzaron como experimentos teóricos en revistas académicas antes de ganar tracción política. Lo que hoy es "solo una hipótesis" puede ser mañana una política pública. Actualmente, se pueden observar, detrás de actos vandálicos o potencialmente terroristas, que los perpetradores han sido influidos por ideas radicales con este tipo de justificación: una revista científica que casi parece un manual de instrucciones para cometer atentados.

¿Qué clase de sistema académico produce, valida y publica este tipo de ideas? Una revista científica revisada por pares publicó el artículo. Una universidad de medicina lo avala la trayectoria de sus autores. Y cuando llegó el escrutinio, los autores no retiraron el artículo ni revisaron sus argumentos: simplemente cambiaron el concepto de "propuesta" a "experimento mental".

Tal vez el problema no sea que dos profesores tengan ideas criminales, sino que se produzcan en un sistema que las certifica, las publica y luego se encoge de hombros. En algún punto, la distancia entre publicar una idea y legitimarla se vuelve demasiado corta como para seguir ignorándola.

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