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¡Termine el trabajo, señor presidente!

Occidente no entiende de fanatismo religioso. Para los islamistas de Teherán, el 'martirio' -sus propias muertes en masa- debe ser abrazado con éxtasis.

Restos de un misil iraní

Restos de un misil iraníOri Aviram/MEI/SIPA/Cordon Press.

Mientras el reloj avanza hacia el último ultimátum de Donald Trump para "negociar o desatar un infierno", el régimen iraní cree que va ganando.

En Occidente, las filas de expertos también piensan que Estados Unidos e Israel se dirigen hacia un atolladero cada vez más profundo o hacia una humillante retirada. No es posible predecir cómo acabará la guerra, ni siquiera qué nos deparará el día siguiente.

Pero, a primera vista, la afirmación de Teherán de que tiene las de ganar -hecha eco por comentaristas occidentales que antes de que empezara la confrontación dijeron que sería un desastre, que han seguido diciendo que es un desastre y que predicen que sin duda acabará en desastre- es manifiestamente absurda.

En todos los parámetros militares, el régimen está claramente perdiendo. Sus defensas aéreas están prácticamente destruidas, su armada está en gran parte hundida, sus reservas de misiles y lanzamisiles han sido diezmadas, sus altos mandos están siendo eliminados progresivamente y su programa nuclear se ha visto aún más dañado.

En estos aspectos, Washington y Jerusalén han peleado hasta ahora una guerra espectacularmente exitosa.

Sin embargo, a pesar de todo esto, el régimen no sólo no ha sido derrotado, sino que sigue presentando retos temibles. Ha convertido el estrecho de Ormuz en un arma letal al asfixiar la mayor parte de sus canales de navegación normales. Y Israel y los Emiratos Árabes Unidos siguen siendo bombardeados a diario por misiles que causan daños, heridos y muertos.

"Al hacer todo lo posible por evitar la guerra con Irán, Occidente hizo inevitable esta guerra aterradora y desesperada".

Según los informes, Washington está rumiando los probables costes para sus propias fuerzas si intenta apoderarse de la isla de Jark para obtener el control de la producción de petróleo de Irán o liberar el estrecho de Ormuz. Trump probablemente esté sopesando el daño para su propio futuro político de una guerra domésticamente impopular que puede empezar a derramar sangre estadounidense.

Lo que está en juego es enorme. Si el régimen iraní no es totalmente derrotado, sino que sobrevive para recuperarse y rearmarse, no sólo seguirá amenazando la región. Tal resultado también anunciará que el líder del mundo libre es un tigre de papel.

Eso envalentonará enormemente a China, Rusia y Corea del Norte. El profesor israelí experto en defensa Dan Schueftan dice que si Estados Unidos no prevalece en esta guerra, será el principio del fin para Occidente.

"Estos procesos no ocurren de la noche a la mañana", dijo al comentarista israelí Haviv Rettig Gur. "Pero si Estados Unidos es incapaz de hacer frente al desafío iraní, la capacidad de los chinos para cambiar el orden mundial se verá muy reforzada".

Entonces, ¿por qué Occidente permanece ciego ante esto? ¿Por qué tantos estadounidenses y británicos ven a Trump y al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, como su mayor amenaza, y no a Irán, el Estado terrorista número 1 del mundo, exportador de violencia y desestabilización cultural y bisagra crucial del eje mundial de las potencias del mal?

En parte se debe a que la Administración Trump nunca ha presentado adecuadamente los argumentos a favor de la guerra al público estadounidense, mientras que los Gobiernos de Gran Bretaña y Europa son activamente hostiles.

En parte se debe a la creencia de que cada vez que Occidente se aventura en el caldero de Oriente Medio, el resultado es desastroso.

Mientras que las guerras de Irak y Afganistán acabaron en debacle, la obstinada negativa de Occidente a tomar medidas acordes contra Irán ha desembocado en un conflicto que ahora es infinitamente más difícil y perjudicial de lo que habría sido si se hubiera contrarrestado antes la amenaza de Teherán.

Aprovecharse de la debilidad occidental

Richard Williams, ex comandante de la fuerza británica de comandos SAS en Irak y Afganistán, escribió en el británico Mail que vio de cerca cómo los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica mataban, junto con sus representantes, a cientos de soldados británicos y estadounidenses.

Afirmando que esto le permitió comprender la "maldad absoluta que encarna el régimen iraní", escribió: "Hemos dejado que el régimen se pudra y crezca desde la revolución de 1979 como resultado de la cobardía y la indecisión de nuestros líderes políticos".

Al hacer todo lo posible por evitar la guerra con Irán, Occidente hizo inevitable esta guerra aterradora y, ahora, desesperada. El catastrófico acuerdo nuclear de 2015, negociado por el expresidente Barack Obama, permitió a Teherán hacer trampas y avanzar de forma constante durante años hacia la construcción de armas nucleares. Según los informes, unos 440 kilogramos de uranio enriquecido -suficiente para fabricar 11 bombas nucleares en dos semanas- siguen en manos del régimen.

Las sanciones también fueron casi inútiles porque simplemente las eludió y vendió petróleo a China. No utilizó estos ingresos para atender las necesidades básicas del pueblo iraní. En su lugar, los utilizó para construir ciudades subterráneas para misiles, algunas enterradas en lo más profundo de las montañas, aparentemente fuera del alcance incluso de las bombas estadounidenses más potentes, y desde donde el régimen sigue disparando misiles contra Israel y sus vecinos del Golfo.

El verdadero desastre es la muerte y la destrucción que se está infligiendo como consecuencia de ello, sobre todo al oprimido pueblo iraní. Esto debe achacarse a un Occidente que ha entonado el canto de sirena del apaciguamiento durante décadas.

Lo ha hecho en gran medida porque suscribe el dogma de que la guerra es inútil y que todos los conflictos pueden y deben resolverse mediante la negociación y el compromiso. Al dejar de valorar su propia identidad histórica, desmembrada a mano propia mediante el multiculturalismo y la cultura victimista, se ha vuelto suicidamente derrotista, creyendo que no hay nada por lo que luchar o morir.

La razón por la que Israel sobrevive y prospera es porque nunca es derrotista y cree que hay todo por lo que luchar o morir. Arabia Saudí y los EAU también comprenden la amenaza mortal que les supone el régimen de los mulás. Por eso presionan urgentemente a Trump para que le ponga fin en lugar de declarar una victoria totalmente falsa y marcharse.

El único camino para derrotar a un fanático

El presidente se muestra incrédulo ante el hecho de que el régimen no acepte que ha perdido la guerra. Esto puede ser mera retórica trumpiana diseñada para humillar a Teherán. O, más inquietante: puede que esté tratando de adaptar la realidad a lo que quiere que sea, pero no es.

Más allá de todo, en otro plano, está aplicando la métrica equivocada. Puede ser que en términos de guerra convencional el régimen no pueda ganar. Pero los islamistas fanáticos piensan en términos completamente diferentes. Para ellos, la mera supervivencia es victoria.

El ministro de Exteriores iraní, Abbas Aragchi, se regodeó esta semana: "Ninguna nación en la historia se ha enfrentado durante casi un mes a la mayor potencia con armas nucleares de la tierra y le ha impedido alcanzar un solo objetivo. Es un motivo de orgullo para toda la humanidad".

Occidente simplemente no entiende el fanatismo religioso. No entiende que para los islamistas de Teherán, que creen que provocar un apocalipsis traerá al mesías chií a la tierra, el martirio -sus propias muertes en masa- debe ser abrazado con éxtasis.

Occidente tampoco comprende algo que Israel se ha visto obligado a aceptar durante décadas. El régimen iraní puede verse superado en armamento por la supremacía militar de Estados Unidos, pero aún puede vencerlo mediante el uso de la guerra asimétrica, que se niega a reconocer las convenciones de guerra establecidas por la comunidad internacional.

Significa aquello que, mientras Occidente se cuida de no atacar a civiles ni las infraestructuras civiles esenciales de suministro de electricidad o agua, los iraníes no sólo atacarán todas esas líneas vitales enemigas, sino que también sacrificarán sin vacilar a toda su propia gente.

En consecuencia, piensan que cuantos más misiles sigan disparando, más demostrarán, desafiantemente, que tienen todas las cartas y que, por tanto, Washington debe negociar en sus términos.

La única respuesta aceptable es redoblar el esfuerzo para derrotarlos total y completamente.

Esperemos que Trump haya llegado a la misma conclusión.

Melanie Phillips, periodista, locutora y escritora británica, escribe una columna semanal para JNS. Actualmente es columnista de 'The Times of London', y su nuevo libro, 'Fighting the Hate: A Handbook for Jews Under Siege', acaba de ser publicado por Wicked Son.

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