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ANÁLISIS

El nombre en la piedra: Donald Trump y el arte de rebautizar el poder

Mientras otros mandatarios tuvieron que esperar décadas, o a la posteridad, para ser conmemorados, Trump decidió que el momento era ahora. Apenas un año después de iniciar su segundo mandato, EEUU amaneció con una novedad silenciosa pero elocuente: la estructura de poder empezó a remitir al presidente en ejercicio.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, levanta una

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, levanta una "Tarjeta Dorada Trump"AFP.

Diane Hernández
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Hay presidentes que pasan por la Casa Blanca y dejan leyes. Otros dejan guerras. Algunos dejan frases. Donald J. Trump, en cambio, está dejando todo patas arriba... y su nombre. Tallado, dorado, impreso, acuñado. Un nombre que aparece en fachadas, en monedas, en barcos de guerra, en pases para parques nacionales y hasta en cuentas de ahorro para bebés.

Mientras otros mandatarios tuvieron que esperar décadas, o a la posteridad, para ser conmemorados, Trump decidió que el momento era ahora. Apenas un año después de iniciar su segundo mandato, Estados Unidos amaneció con una novedad silenciosa pero elocuente: la estructura de poder empezó a remitir al presidente en ejercicio.

El Centro John F. Kennedy para las Artes Escénicas, símbolo del ideal cultural liberal del siglo XX, ahora se llama oficialmente Centro Conmemorativo Donald J. Trump y John F. Kennedy. Dos apellidos unidos como nadie hubiera imaginado sólo unos años atrás. En la fachada del Instituto de la Paz de Estados Unidos, entre litigios y controversias, también aparece el nombre del actual mandatario. Y en los océanos ya se espera al buque USS Defiant, primer acorazado de la clase Trump.

Todo esto, conviene insistir, está ocurriendo durante, no después de Trump o cuando la Historia haya dictado sentencia. 

Según recordó al New York Times Jeffrey Engel, historiador de la Universidad Metodista del Sur, "a lo largo de la historia occidental, la idea de conmemorarse y adularse a uno mismo se ha considerado de mal gusto". No ilegal, no imposible: de mal gusto. Una categoría blanda, pero poderosa, que durante generaciones funcionó como freno invisible.

Ha dejado de hacerlo.

Los números cuentan la historia con una frialdad casi cruel. Harry Truman esperó 47 años para que un edificio federal llevara su nombre. Jimmy Carter, 42. Eisenhower, 38. Reagan, seis. Kennedy fue la excepción trágica: menos de un año, empujado por el duelo nacional. Trump, en cambio, no esperó nada. Dos edificios federales ya lo celebran mientras sigue firmando órdenes ejecutivas.

En la moneda, el contraste es todavía más brutal. Washington tardó 135 años en llegar al dólar. Lincoln, 44 al centavo. Roosevelt, un año a los diez centavos, otra vez la muerte como condición. La ley de 2005 es explícita: ningún presidente vivo en una moneda. Pero siempre hay atajos. La moneda Trump de un dólar –parte de una serie por el 250° aniversario de la independencia– ya está propuesta. La última vez que algo parecido ocurrió fue en 1926, cuando Calvin Coolidge compartió metal con George Washington. Un gesto excepcional en un aniversario excepcional. 

El patrón se repite. Las Cuentas Trump para recién nacidos, incluidas en la última gran ley tributaria. TrumpRx.gov, el sitio oficial para comprar medicamentos con descuento. La Carta Dorada de Trump. El pase America The Beautiful para parques nacionales, ahora con su imagen, desafiando normas y demandas ambientales. Incluso una propuesta todavía más ambiciosa para agregar su rostro al Monte Rushmore, ese Olimpo pétreo donde solo habitan muertos ilustres, y levantar un área de estatuas históricas

El nombre: una marca de origen 

Desde la Casa Blanca, la explicación es simple. Según la portavoz Liz Huston, no se trata de vanidad sino de "iniciativas históricas que no habrían sido posibles sin el audaz liderazgo del presidente Trump". El nombre, entonces, no sería un homenaje: sería una marca de origen.

Trump no es el presidente más nombrado de la historia. George Washington sigue ganando por goleada si se cuentan barcos, ciudades, avenidas, escuelas. Pero hay una diferencia clave: Washington nunca se puso "Washington" encima. Ni en mármol, ni en oro, ni en vida.

Trump sí. Y lo hace mientras gobierna.

La historia estadounidense conoció excepciones. Washington permitió que la capital llevara su apellido, aunque él insistía en llamarla Ciudad Federal. Hoover tuvo una presa. Pero incluso ahí, el gesto fue discutido, resistido, revertido y restaurado. 

Trump, en cambio, parece cómodo en el centro del escenario, bajo letras mayúsculas, sin cortinas.

Un actor que obliga a todos los demás a posicionarse, incluso cuando guarda silencio

Reducir esta proliferación de nombres a un mero gesto narcisista sería quedarse corto. Porque el apellido Trump no circula solo en placas de bronce o monedas aún por acuñar: circula en los mercados, en las cancillerías, en los cuarteles y en los mapas. Cada anuncio suyo -un arancel, una amenaza, una promesa- tiene la capacidad de alterar rutas comerciales, mover tropas, hacer temblar alianzas o reconfigurar silencios diplomáticos.

En el hemisferio occidental, pocos líderes concentran hoy una influencia comparable. En Europa se lo observa con cautela; en Asia, con cálculo; en América Latina, con una mezcla de temor, expectativa y esperanza. No es solo el presidente de Estados Unidos: es un actor que obliga a todos los demás a posicionarse, incluso cuando guarda silencio.

Tal vez por eso su nombre aparece tanto. No como un espejo de ego, sino como una señal de época. Un tiempo en el que el título ya no se retira para ser recordado después.

Y esta vez, sólo por esta vez, el presidente no espera a que lo inviten. Manda él mismo a escribir su nombre en la piedra, y, con cada letra, rebautiza el poder.  

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