Los Estados Unidos, una nación fundada sobre un credo
El gran reto es contar con el suficiente número de estadounidenses dispuestos a luchar y sacrificarse por aquellas ideas que hacen de esta nación un experimento único.

Edificio del Congreso de Estados Unidos/ Bryan Dozier
Los 250 años de la declaración de independencia de los Estados Unidos están haciendo correr ríos de tinta. Lógico, pues aquellas 13 colonias que eran vistas por sus contemporáneos europeos como tierras lejanas y, fuera de las principales ciudades, semisalvajes son desde hace décadas la potencia hegemónica mundial, cuya influencia se deja sentir a lo largo y ancho del planeta. Cualquier interesado encontrará sin dificultad, a estas alturas, abundante información sobre la vida y milagros de los Padres Fundadores, los debates que acompañaron tan trascendental declaración o el crucial papel español durante la guerra de las colonias contra la metrópolis británica.
Pero yo me quiero fijar aquí en otro asunto: en el carácter singular de los Estados Unidos de América. Hay naciones que hunden sus raíces en la Historia, otras que responden de manera evidente a elementos tales como la geografía, la etnia, la lengua, la religión… Son naciones, por así decir, orgánicas. No es el caso de los Estados Unidos, una nación cuya particularidad vio con su habitual perspicacia Chesterton, quien en su libro Lo que vi en América, publicado en 1922, escribía: “Estados Unidos es la única nación del mundo fundada sobre un credo. Ese credo se expone con lucidez dogmática e incluso teológica en la Declaración de Independencia”. Si esto no se entiende, no se pueden comprender los Estados Unidos, que para bien y para mal no son una nación como tantas otras, sino que han nacido de una idea y no conciben condicionantes ni límites para la expansión de esa idea.
Así se entiende aquella célebre anécdota protagonizada por Benjamin Franklin cuando, al abandonar la Convención Constitucional en 1787, Elizabeth Willing Powell le preguntó: "Bueno, doctor Franklin, ¿qué tenemos, una república o una monarquía?", y él respondió con una frase que ha pasado a la Historia: "Una república, si pueden conservarla". Una contestación que pone de relieve que los Estados Unidos no son como las otras naciones, sino que en realidad son un experimento político continuado en el tiempo. Una nación, pues, que requiere una cierta tensión permanente, un esfuerzo sin fin, conscientes ya sus propios padres fundadores de que relajarse y darla por sentada conlleva un gran riesgo.
De ahí también que los Estados Unidos hayan concebido, desde sus primeros pasos, su expansión como algo natural y legítimo. En última instancia, los Estados Unidos se han concebido a sí mismos como un proyecto abierto al que podían sumarse territorios y pueblos. Es el destino manifiesto de una República que, por otro lado, va a vivir también la tensión y las contradicciones entre su dinámica expansionista y su rechazo a un imperialismo que considerará uno de los vicios de aquella vieja Europa que los peregrinos del Mayflower abandonaron por considerarla definitivamente perdida.
Esa tensión entre lo que se ha calificado como expansionismo y aislacionismo va a recorrer la historia de los Estados Unidos. Con matices, pues por ejemplo el aislacionismo nunca ha sido significativo cuando se trata de la posición de los Estados Unidos en el continente americano: la Doctrina Monroe, actualizada ahora como Doctrina Donroe en el marco del Hemisferio Occidental, ha sido siempre ampliamente mayoritaria. Otra cuestión son las intervenciones allende los mares, algo que costó mucho más y que no se normalizó hasta la participación de los Estados Unidos en las dos guerras mundiales del siglo XX (aunque ya en fecha tan temprana como 1805 los Marines estadounidenses se desplegaron en Libia en la guerra contra los piratas berberiscos), un paso que en ambas ocasiones se dio cuando el conflicto ya llevaba tiempo en marcha y en medio de fuertes resistencias. Derramar sangre americana en conflictos lejanos y cuyo impacto directo en la vida de los Estados Unidos, protegido por dos océanos, no es tan evidente, siempre encontró oposición, en muchas ocasiones no tan marginal.
Sin embargo, la suerte estaba echada. Se puede discutir si ya desde 1776, pero sin duda alguna desde 1865. El camino que iba a tomar la nueva nación durante sus primeras décadas de existencia permitía albergar cierta incertidumbre. De hecho, incluso el término nación, en su sentido moderno, habría sido rechazado por muchos estadounidenses de aquellos primeros tiempos, con un débil Gobierno federal y una lealtad a cada uno de los estados que era prioritaria para muchos. ¿Confederación o República Federal? En la Guerra entre el Norte y el Sur se dilucidaba el futuro de la esclavitud en América del Norte, por supuesto, pero en realidad lo que estaba en juego era la configuración institucional de los Estados Unidos. Sólo así se entiende, por ejemplo, que sudistas contrarios a la esclavitud combatieran en las filas confederadas. El resultado de la guerra dio lugar a, este vez sí, lo que iba a ser una nación que se concibe unitariamente como tal (aunque sin eliminar el enorme peso de los estados y no sin verse sometida a profundos desgarros, como atestiguan la punitiva Reconstrucción del Sur o la pervivencia de las leyes Jim Crow hasta los años 60 del siglo pasado). En cualquier caso, Lincoln se ganó a pulso un puesto a la par de Washington como padre de la patria y dio forma a una nación unida y dispuesta a extender cada vez más sus ideas fundacionales.
Esta expansión se vio facilitada, resulta obvio, por el enorme poderío industrial y económico con que unos Estados Unidos continentales, capaces de unir sus dos costas y de explotar sus ingentes recursos, emergieron durante la llamada Gilded Age del último tercio del siglo XIX. Luego vino la decisiva intervención estadounidense en las dos guerras mundiales; el intento, en gran medida fallido, de Wilson por reconfigurar Europa y la Guerra Fría con el bloque comunista, que se saldó con el colapso de la URSS y sus satélites. Fue el momento del optimismo y de las grandes expectativas… que se quebraron trágicamente con los atentados del 11 de septiembre de 2001. Desde entonces el liderazgo mundial estadounidense, lejos de ser indiscutido, ha tenido que afrontar retos crecientes: desde el yihadismo hasta la emergencia de China, pasando por la Rusia de Putin o el Irán de los ayatolás. Pero quizás el mayor reto sea, como siempre ocurre, interior. Probablemente sea éste el momento, en sus 250 años de historia, en el que son más los estadounidenses que ya no creen en aquel credo del que hablaba Chesterton. Una república, si pueden conservarla, dijo Franklin; el gran reto de los Estados Unidos hoy, como de cualquier proyecto político que no puede confiar ni en la inercia ni en la fuerza de lo orgánico, es contar con el suficiente número de estadounidenses dispuestos a luchar y sacrificarse por aquellas ideas que hacen de esta nación un experimento único.