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OPEP: ¿el fin del cartel?

. En ese mundo, cada productor está empezando a jugar su ficha individual. Ninguno de esos juegos es compatible con un cartel que requiere que todos subordinen a una estrategia colectiva.

Haitham al-Ghais, secretario general de la OPEP/ Fadel Senna

Haitham al-Ghais, secretario general de la OPEP/ Fadel SennaAFP

La OPEP no murió este martes cuando los Emiratos Árabes Unidos anunciaron su salida. Pero viene muy enferma de antes, desde la primera inversión en energía alternativa de Abu Dabi y el primer misil iraní que cayó sobre territorio emiratí. Lo que ocurrió hoy es la constatación pública de una sentencia que viene posponiéndose.

Decir esto no es minimizar la magnitud del hecho. Es exactamente lo contrario. Las rupturas ocurren cuando dos partes todavía creen en el marco común y pelean por controlarlo y esto es otra cosa. Los Emiratos llegaron a esa conclusión hace años, la guerra en Irán les entregó la coartada perfecta y, más importante, el paraguas estratégico de Washington DC para actuar sin quedar expuestos.

Durante los últimos años, los Emiratos Árabes Unidos vivieron dentro de la OPEP con creciente incomodidad, la tensión de fondo con Arabia Saudita sobre las cuotas de producción era pública, recurrente y estructuralmente irresoluble, porque se trataba de dos modelos de Estado petrolero con horizontes temporales y necesidades incompatibles.

Arabia Saudita necesita el barril caro para financiar las transferencias sociales, el aparato militar y su conocida apuesta: Vision 2030. Sino el modelo saudí no cierra. Por eso la OPEP, bajo liderazgo saudí, funcionó siempre como un mecanismo de escasez administrada: recortar producción colectivamente para mantener el piso del precio. La disciplina del cartel era, en esencia, la disciplina fiscal de Riad externalizada al resto de los miembros.

Los Emiratos tienen otro problema. Han invertido miles de millones en ampliar su capacidad de producción a cinco millones de barriles diarios. Esa infraestructura se deprecia con el tiempo. Las cuotas de la OPEP les obligaban a producir aproximadamente 3,4 millones de barriles, dejando el resto de la maquinaria sin uso productivo. Esto convierte la disputa de cuotas en algo crucial: el tiempo juega en contra de los Emiratos dentro del viejo esquema y a su favor si actúa ahora.

El cartel fue, durante décadas, una forma de coordinación entre actores que compartían el mismo problema: cómo extraer el máximo valor de un recurso que el mundo necesitaba y ellos tenían. Ese mundo está terminando. La electrificación del transporte en China ya redujo la demanda. La Agencia Internacional de Energía proyecta que la demanda global podría alcanzar su pico antes de 2030. Los propios estados del Golfo han invertido decenas de miles de millones en energía renovable porque entienden que la renta petrolera tiene fecha de vencimiento.

En ese contexto, la lógica de la restricción colectiva se invierte. Si el petróleo va a valer menos en diez años entonces el barril que no vendés hoy no es un barril que vas a poder vender mañana a mejor precio. Es un barril que puede quedarse en el subsuelo para siempre, o que vas a tener que vender a precio de liquidación cuando el mercado ya no te necesite.

Desde esa perspectiva, la estrategia racional para un productor de bajo costo con reservas grandes y horizonte finito no es restringir. Es acelerar. Convertir reservas en flujo de caja ahora, mientras los compradores todavía pagan bien, y usar ese dinero para financiar la transición hacia una economía post-petrolera. Eso es exactamente lo que los Emiratos pretenden. La OPEP, en este escenario, no es un mecanismo de coordinación inteligente. Es un freno. Le pide a los Emiratos que sacrifiquen ingresos presentes en nombre de una estabilidad colectiva de largo plazo que, para Abu Dabi, ya no es relevante.

Nada de lo anterior explica por qué ahora. Si la lógica era tan clara, ¿por qué los Emiratos esperaron hasta este momento para actuar? Salir de la OPEP en tiempos normales habría tenido un precio alto y quedar expuesto geopolíticamente sin un sustituto creíble del paraguas de seguridad regional que, se suponía, la alianza saudí-emiratí proveía. La guerra cambió los tres términos de esa ecuación.

La coordinación con Riad en Yemen no solo se terminó: se convirtió en hostilidad abierta. En diciembre, Arabia Saudita bombardeó el puerto de Mukalla, respaldó la orden de expulsión de las fuerzas emiratíes de Yemen y condujo la contraofensiva que terminó con el colapso del Consejo de Transición del Sur en enero. Dos aliados de fachada se peleaban públicamente. La salida de la OPEP no rompió nada que estuviera entero.

El segundo cambio fue la evidencia de que el paraguas de seguridad saudí valía poco cuando el fuego era real. Cuando los misiles iraníes empezaron a impactar en territorio emiratí, los saudíes no fueron de gran ayuda. Las baterías antimisiles que defendieron Abu Dabi eran operadas, según múltiples reportes, por personal israelí. La seguridad emiratí dependía más de Israel y de Estados Unidos que de sus vecinos árabes. Si eso era así, la obligación de moderar la política energética en nombre de la solidaridad del Golfo carecía de contrapartida real.

El tercer cambio fue Washington DC, y este es quizás el más revelador sobre la arquitectura completa de la maniobra. Días antes de que los Emiratos anunciaran su salida de la OPEP, el secretario del Tesoro Scott Bessent, defendía ante el Senado la creación de una línea de intercambio de dólares con Abu Dabi. Marco Rubio mantuvo conversaciones de seguridad con el canciller emiratí Abdullah bin Zayed el 26 de abril. Trump respaldó el acercamiento. Los Emiratos no estaban simplemente saliendo de un cartel; estaban cerrando un nuevo acuerdo estructural con la primera potencia mundial: más suministro petrolero a cambio de garantías de seguridad y acceso financiero.

Lo que pocos mencionan es que ese realineamiento no fue solo geopolítico. Los Emiratos habían deslizado que podrían empezar a cobrar algunas transacciones petroleras en yuanes si la liquidez en dólares se apretaba. Washington lo leyó y respondió. La swap line no es solo un salvavidas financiero: es la confirmación de que Abu Dabi eligió el sistema dólar sobre el sistema yuan en un momento en que esa elección no era obvia ni gratuita. Para Estados Unidos, anclar a los Emiratos al circuito del dólar mientras Abu Dabi aumenta su producción fuera de la OPEP es una ganancia doble. Para los Emiratos, es la cobertura que necesitaban para moverse.

Eso, más que ningún otro factor, explica el timing. Los Emiratos no salieron de la OPEP en un momento de debilidad. Salieron cubiertos, con un nuevo marco de seguridad en proceso de construcción y con la legitimidad narrativa de haber sido atacados por Irán mientras sus socios del Golfo miraban. El costo político de la decisión nunca fue tan bajo. El beneficio estratégico, nunca tan alto.

Para Riad, la salida emiratí es un golpe que opera en varios registros simultáneos, y el más importante no es el energético. En términos de mercado, el daño es real pero manejable en el corto plazo. Los Emiratos producían 3,4 millones de barriles diarios antes de la guerra, con una capacidad instalada de cinco millones. Si Abu Dabi produce a tope cuando el estrecho de Ormuz vuelva a operar con normalidad, inyectará un volumen adicional significativo en un mercado que ya estaba bajo presión. Arabia Saudita enfrentará entonces la elección que todo líder de cartel teme: seguir recortando para compensar la producción del desertor o abandonar la disciplina de cuotas, aceptar precios más bajos y entrar en una guerra de volumen. Ninguna opción es buena porque implica reconocer que el mecanismo de control de Riad tiene una grieta que no puede tapar.

Pero el daño más profundo es político. La OPEP fue, desde su fundación, el principal instrumento de proyección de poder saudí fuera de la región. Perder la coherencia interna del cartel es perder ese instrumento de influencia global, mientras los Emiratos se reposicionan estratégicamente bajo el ala de Washington.

El riesgo es que la lógica del free rider es contagiosa. Si otros miembros de la OPEP con capacidad latente (Kuwait, Irak, Kazajistán, que ya históricamente incumplió cuotas) leen la salida emiratí como un modelo y empiezan a desertar o a no cumplir sus compromisos, el cartel puede entrar en una espiral de defecciones que derrumbe los precios para todos, incluyendo los Emiratos. Un barril a cincuenta dólares no sirve a nadie, y hay productores en el Golfo que, a ese precio, entran en crisis fiscal severa.

Pero aquí está la apuesta implícita de Abu Dabi: Arabia Saudita no puede permitirse ese escenario y lo sabe. Riad va a seguir haciendo lo que tiene que hacer para sostener el piso del precio, porque la alternativa es peor. Los Emiratos están contando con que Riad sea lo suficientemente racional como para absorber el costo de ser el estabilizador del mercado aunque eso beneficie directamente a quien acaba de abandonarlo.

El otro activo que los Emiratos ponen en juego es el oleoducto Habshan-Fujairah. Esta infraestructura les permite exportar petróleo directamente al Océano Índico sin pasar por el estrecho de Ormuz, que sigue siendo una zona de riesgo activo mientras el conflicto con Irán no esté resuelto. Mientras el Golfo navega en condiciones de guerra, los Emiratos tienen acceso a una ruta alternativa que sus competidores no tienen. Pueden presentarse ante los compradores asiáticos como el proveedor confiable: mismo petróleo del Golfo, sin el riesgo de la zona de conflicto.

Lo que está ocurriendo en el mercado petrolero global no es un episodio de turbulencia geopolítica que se va a estabilizar cuando el estrecho de Ormuz vuelva a abrirse. Es la primera alarma de una reconfiguración cuya lógica tiene que ver menos con la guerra actual que con la transición energética que nadie sabe muy bien cómo ocurrirá.

Los estados petroleros del Golfo saben, con distintos grados de urgencia y distintos niveles, que están jugando contra el reloj. Esa certeza los pone en competencia entre sí de una manera que la OPEP nunca fue diseñada para gestionar, porque la OPEP fue diseñada para un mundo de escasez y ellos están entrando en un mundo de abundancia relativa y demanda declinante. En ese mundo, cada productor está empezando a jugar su ficha individual. Ninguno de esos juegos es compatible con un cartel que requiere que todos subordinen a una estrategia colectiva.

Si bien no sabemos cuándo o cómo terminará la OPEP, sabemos que el cartel mostró su enfermedad terminal esta semana. El orden mundial energético se está reconfigurando ante nuestros ojos.

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