Allen y el ecosistema que normalizó la violencia política
No fue sólo la bala que rozó la cabeza de Donald Trump en Pensilvania ni el disparo que mató a Charlie Kirk ante los ojos del mundo. Es cierto que cada uno de estos actos tiene su propia historia, su propio perpetrador, su propia lógica perturbada. Pero vistos en conjunto, forman un ecosistema de peligrosidad extrema: la normalización de la violencia política como herramienta legítima de cambio social en los Estados Unidos del siglo XXI.

Ataque contra Trump
No se trata sólo de Allen armado entrando a la Cena de Corresponsales de la Casa Blanca. No fue sólo Luigi Mangione ejecutando al CEO de una aseguradora en una calle de Manhattan. No fue sólo la bala que rozó la cabeza de Donald Trump en Pensilvania ni el disparo que mató a Charlie Kirk ante los ojos del mundo. Es cierto que cada uno de estos actos tiene su propia historia, su propio perpetrador, su propia lógica perturbada. Pero vistos en conjunto, forman un ecosistema de peligrosidad extrema: la normalización de la violencia política como herramienta legítima de cambio social en los Estados Unidos del siglo XXI.
¿Qué es lo que hace que cada vez más ciudadanos consideren que apretar el gatillo está “justificado”?
El Network Contagion Research Institute (NCRI) y el Social Perception Lab de la Universidad de Rutgers publicaron un informe que debería ocupar la primera plana de todos los diarios del país. En una encuesta representativa a 1.264 residentes estadounidenses, encontraron que el 38,5% del total considera que asesinar al presidente Trump estaría al menos parcialmente justificado. Entre quienes se identifican con la centroizquierda y la izquierda, esa cifra trepa al 55 o 56%, dependiendo de la medición.
El 31% de los encuestados en general (y el 50% de los de izquierda) dijo lo mismo sobre Elon Musk. Casi el 40% consideró aceptable destruir un concesionario de Tesla como forma de protesta. Entre los de izquierda, ese número roza el 60%. Estas cifras son el resultado de un análisis serio que incluye correlaciones estadísticas con variables psicológicas e ideológicas. Y lo que revelan es escalofriante: no estamos ante una minoría de fanáticos aislados, sino ante una tendencia cultural con raíces profundas. Hace un año el apoyo de la izquierda a este tipo de violencia era del 56%. Es dable pensar que esta tendencia se ha profundizado y no se corregirá sola.
Sería cómodo pero falso atribuir este fenómeno a una sola variable. El NCRI identificó tres factores psicológicos e ideológicos que predicen el apoyo a la violencia política: el autoritarismo de izquierda (la disposición a usar métodos coercitivos para imponer objetivos progresistas), el locus de control externo (la sensación de impotencia ante fuerzas que el individuo no controla) y el uso intensivo de la red social Bluesky. Pero estos factores no surgieron de la nada. Son el producto final de una ideología que se fue construyendo durante años, alimentado por múltiples flujos que se retroalimentan entre sí.
La ideología woke no es simplemente una moda universitaria inofensiva. Es una cosmovisión que divide al mundo en opresores y oprimidos, en los que están del lado correcto de la historia y los que merecen ser cancelados, silenciados o eliminados. Cuando se enseña a toda una generación que sus adversarios políticos no son ciudadanos con los que se discrepa, sino enemigos morales que representan el mal estructural, se está sentando las bases para algo muy peligroso.
Los datos lo confirman. Una encuesta del American Political Perspectives Survey reveló que los estadounidenses con estudios de posgrado tienen el doble de probabilidades de apoyar la violencia política que aquellos cuya educación terminó en la secundaria. El 40% de los graduados afirma que "la violencia es a veces necesaria" para lograr un cambio social, frente al 23% de los no graduados. El 36% de los graduados considera que dañar la propiedad está justificado como parte de una protesta, frente al 18% de quienes tienen diploma de secundaria. El campus universitario parece estar reproduciendo la intolerancia.
No es una sorpresa, parece más bien la consecuencia lógica de décadas de adoctrinamiento en una ideología que eleva la autoestima identitaria a la categoría de valor supremo y convierte cualquier desafío a esa autoestima en una agresión que justifica represalia. Hubo un momento en que el sistema de alarma debería haber activado todas sus señales. Fue el 7 de octubre de 2023, luego del mayor pogromo desde el Holocausto. La respuesta de sectores importantes de la izquierda occidental, particularmente de campus universitarios y medios progresistas, no fue de condena sino de una ambigüedad que en muchos casos derivó en celebración abierta.
Lo que esta actitud reveló es que la lógica del "opresor /oprimido" puede justificar cualquier acto de violencia contra quien sea clasificado como parte del bando equivocado. Si se puede aplaudir el asesinato de bebés y la violación de rehenes bajo la etiqueta de "resistencia", la distancia hasta aplaudir el asesinato de un ejecutivo de salud o de un político conservador es más corta de lo que nadie quería reconocer.
Escribí la semana pasada sobre el alarmante antiamericanismo que se ha apoderado del Partido Demócrata. Lo que no abordé en esa columna, y que es inseparable de este análisis, es el rol de la narrativa del "Trump como Hitler" en la construcción de la cultura del asesin ato. Cuando los líderes del Partido Demócrata, los influencers de izquierda y los académicos progresistas repiten durante años que el presidente de los Estados Unidos es un fascista, un pedófilo, un traidor y el mayor peligro para la democracia desde la Segunda Guerra Mundial, están haciendo algo muy específico: están construyendo una justificación moral para que alguien decida actuar. El manifiesto del atacante de la Cena deCorresponsales no contiene nada que no hayamos visto repetido hasta el cansancio en las redes sociales y cuentas del progresismo y la izquierda. Es la destilación de años de retórica incendiaria repetida mañana, tarde y noche. La responsabilidad está en el hombre que apretó el gatillo. Pero no podemos descartar la existencia de toda la cadena de producción del odio.
El informe del NCRI señala a las RRSS como el factor catalizador. Plataformas como Bluesky han desarrollado subculturas en las que la violencia política se estetiza, se convierte en meme, se vuelve consumible y hasta aspiracional. Luigi Mangione, el asesino confeso del CEO de UnitedHealthcare Brian Thompson, fue convertido en héroe pop en cuestión de horas. Los usuarios comenzaron a usar su nombre como código, a citar el lema "Deny, Defend, Depose"(parodia del lenguaje de las aseguradoras) como forma de incitación encubierta a la violencia que elude la moderación de las plataformas.
El uso intensivo de redes sociales, combinado con un pesimismo profundo sobre el futuro del país, predice el apoyo a la violencia política. Las redes no crean la violencia, pero actúan como aceleradores: magnifican la sensación de impotencia, la transforman en rabia colectiva y le dan una narrativa que la vuelve heroica. El caso de Hasan Piker es paradigmático. Este streamer con millones de seguidores, que justifica e incluso llama públicamente el terrorismo político, fue recibido como personaje fascinante por el New York Times y por la élite demócrata que lo frecuentan.
Todo lo anterior tiene un contexto político que lo contiene y que, en parte, lo habilita. Como señalé en mi columna del 21 de abril, el Partido Demócrata está atravesando un proceso de colonización por una izquierda que ya no comparte los valores fundacionales de la democracia liberal estadounidense. El senador de Connecticut Chris Murphy celebrando en X que buques iraníes sortearan el bloqueo naval de su propio país. El candidato demócrata al Senado de Michigan Abdul El-Sayed haciendo campaña junto a Piker. Zohran Mamdani, el alcalde de Nueva York, cuya esposa le dio "me gusta" a publicaciones que festejaban el 7 de octubre, condenando la violencia política con la misma boca con que su entorno inmediato la celebra.
Esta es la paradoja central del momento: un partido que no puede o no quiere establecer una línea clara contra la violencia, producto de años de correr detrás de un electorado que fue radicalizándose sin que nadie pusiera freno.
Hay un hallazgo del informe del NCRI que merece atención especial porque rompe con todos los estereotipos. Joel Finkelstein, director del instituto, encontró que las mujeres son un 15% más propensas que los hombres a apoyar la cultura del asesinato. Las mujeres de izquierda son el grupo más propenso de todos, con una diferencia de aproximadamente el 75% respecto del grupo menos propenso, los hombres conservadores. Esto nos habla de que la radicalización está ocurriendo en un sector específico de la población: joven, educado, femenino, conectado a redes sociales y con una visión pesimista sobre el futuro del país. No es precisamente el perfil de la marginalidad sino el de un grupo perturbado que ha absorbido años de pedagogía woke y que está canalizando su angustia existencial hacia el extremismo político.
Finalmente, y a la vista del reconocimiento de Allen como profesor destacado, resulta inquietante la facilidad con la que educadores de todo el país se están volcando hacia posturas extremas. En no menos de 12 estados, docentes fueron suspendidos o despedidos por "insinuar aprobación" por la muerte de Charlie Kirk. Tras el primer intento de asesinato contra Trump en Pensilvania, en julio de 2024, educadores inundaron las redes con variantes de "mejor suerte la próxima vez". El hecho de que el atacante de la Cena de Corresponsales sea un docente debería encender todas las alarmas.
Estamos presenciando la normalización de la barbarie, resultado predecible de una pedagogía que enseña que el enemigo no merece comprensión. Hoy, la cultura del asesinato no es un movimiento marginal, es una tendencia cultural emergente que se propaga rápidamente. Los datos del NCRI advierten que, dado el nivel actual de justificación, existe una alta probabilidad de que la violencia online escale. Ya está ocurriendo.