El alarmante antiamericanismo del Partido Demócrata
Para entender lo que le ocurre al Partido Demócrata, conviene empezar por el personaje más incómodo de estos días: Hasan Piker, un streamer de treinta y tantos, nacido en Nueva Jersey y criado en Estambul, con millones de seguidores en Twitch y una capacidad extraordinaria para decir barbaridades y lograr monetizarlas.

Chris Murphy, senador demócrata de Connecticut
Hay semanas en las que los síntomas de una enfermedad se vuelven tan evidentes que ya no es posible mirar hacia otro lado. El senador demócrata de Connecticut Chris Murphy escribió un excitado y alegre "awesome" ("genial") en X en respuesta a una publicación que informaba que 26 barcos de la flota de Irán habían logrado sortear el bloqueo estadounidense en el Golfo de Omán, deseando abiertamente una derrota militar al país al que dice servir. Sería esto solo un escándalo si se tratase de un hecho aislado. Pero no lo es.
En el lapso de siete días, otros tres hechos iluminaron el estado de uno de los dos grandes partidos que han gobernado la república más poderosa del mundo. Todos estos hechos forman un diagnóstico.
I. Hasan Piker y el problema del espejo
Para entender lo que le ocurre al Partido Demócrata, conviene empezar por el personaje más incómodo de estos días: Hasan Piker, un streamer de treinta y tantos, nacido en Nueva Jersey y criado en Estambul, con millones de seguidores en Twitch y una capacidad extraordinaria para decir barbaridades y lograr monetizarlas.
El domingo 13 de abril, Piker apareció en Pod Save America, el podcast fundado por Jon Favreau, exdirector de discursos de Barack Obama. La lógica del encuentro se tornó desagradable desde el comienzo: Favreau intentó, con notable paciencia, darle a Piker la oportunidad de matizar sus declaraciones más extremas. Le preguntó, haciendo malabares para disimular lo indisimulable, si cuando dijo que Hamás es "mil veces mejor" que Israel lo decía en serio o era sólo retórica, una señal de solidaridad. La respuesta de Piker fue directa: "Soy un votante del mal menor, y por lo tanto votaría por Hamás por encima de Israel en cada ocasión".
No es la primera vez que Piker dice cosas de este calibre. Tiene un historial de declaraciones que cualquier partido político serio debería considerar incompatibles con su plataforma: dijo que Estados Unidos se mereció el 11-S, afirmó que no importa si hubo violaciones el 7 de octubre, llamó al sionismo una ideología supremacista exterminacionista, elogió a Mao Zedong como uno de los grandes líderes de este mundo, y cuando se le preguntó qué país había implementado el socialismo de una manera que le gustara, su respuesta fue que China.
Nada de esto, sin embargo, ha impedido que figuras del establishment demócrata lo legitimen como voz política. Bernie Sanders ha aparecido en su plataforma. El congresista Ro Khanna, el alcalde de Chicago Brandon Johnson y el exasesor de Obama Ben Rhodes son huéspedes habituales de su show. Y en Michigan, el candidato demócrata al Senado Abdul El-Sayed hizo campaña junto a Piker en abril de 2026.
Pero lo que hace tan reveladora la entrevista en Pod Save America no es lo que Piker dijo, sino la situación en la que colocó a Favreau, que le tendió mil puentes para que Piker moderara su virulencia y el streamer los rechazó a todos. El episodio funcionó como espejo del dilema central del partido: cómo relacionarse con influencers que han llegado a posiciones que hace una década habrían sido condenables y hoy son moneda corriente.
Hasan Piker representa el triunfo de una visión del mundo cultivada durante décadas en las universidades y amplificada por las redes sociales, que convirtieron la "solidaridad con el oprimido" en antiamericanismo y apología del terrorismo. Pero el Partido Demócrata es responsable de permitir esta colonización radical.
II. Michigan y la lógica de la depuración
El domingo 20 de abril, el Partido Demócrata de Michigan celebró su convención de delegados para elegir a sus candidatos al Consejo de Regentes de la Universidad de Michigan. El abogado de Dearborn Amir Makled derrotó al regente titular Jordan Acker para convertirse en uno de los dos candidatos demócratas al organismo que gobierna una de las universidades más prestigiosas del país.
La victoria de Makled no fue una sorpresa para quienes siguen la política universitaria de Michigan, pero sí representa un umbral que el partido ha cruzado de manera deliberada. Makled es un abogado que representó a los acusados penalmente por participar en el campamento ilegal antiisraelí en el campus de Ann Arbor en 2024. Y es quien reposteó en X mensajes que llamaban "mártir" al líder de Hezbolá, Hassan Nasrallah; que honraban al jefe de seguridad de Hezbolá, Abu Ali Khalil; y que compartían publicaciones antisemitas, incluyendo contenido de Candace Owens donde llamaba a los israelíes "demonios". La campaña contra Jordan Acker fue de señalamiento por ser judío, a sabiendas de que su casa había sido previamente vandalizada por activistas antiisraelíes.
La coincidencia de Makled con el ecosistema político de Piker no es accidental. Makled apareció en el mismo mitin donde El-Sayed hizo campaña junto al streamer. El nodo que conecta estos tres nombres (Piker, El-Sayed, Makled) es la alianza táctica entre el activismo pro-palestino radical, la retórica antiisraelí, y las estructuras de base del Partido Demócrata en Michigan, un estado que juega un papel decisivo en las próximas elecciones. La señal no es tranquilizadora.
III. Fetterman, ¿el último hombre en pie?
Frente a este panorama, hay una figura que destaca por su soledad: el senador John Fetterman, demócrata de Pensilvania. El sábado 18 de abril, Fetterman apareció en The Arena, el programa de CNN conducido por Kasie Hunt, y dijo lo que la mayoría de sus colegas no se atreven a decir. Cuando Hunt le preguntó si el Partido Demócrata tiene un problema con el antisemitismo, Fetterman dijo: "Sí, definitivamente". Y enumeró casos como el del candidato demócrata al Senado por Maine, Graham Platner, que lidera las primarias a pesar de tener un tatuaje con el símbolo nazi Totenkopf en el pecho.
Un alto porcentaje de los demócratas tiene una visión negativa de Israel. Además, la abrumadora mayoría de los senadores demócratas votó para bloquear una venta de armas a Israel esa misma semana. "Tenemos un problema serio en mi partido", dijo Fetterman. "Así que si tengo que ser el último hombre de pie en el Partido Demócrata, estoy orgulloso de estar con Israel". Fetterman ha subido a la azotea de su oficina a agitar la bandera israelí y ha votado repetidamente a favor del apoyo militar a Israel contra la marea de su bloque.
Pero si Fetterman es una anomalía hoy, no es porque se haya corrido de los valores de su partido, sino porque su partido parece haber enloquecido. Fetterman tiene un historial progresista en política doméstica, en derechos laborales, en atención médica. Lo que lo hace políticamente insólito es que se niega a subordinar su brújula moral a las exigencias de una base que ha radicalizado sus posiciones a una velocidad que pocos anticiparon.
El problema del Partido Demócrata es que Fetterman es la excepción y no la regla. Un partido que puede alojar cómodamente a un candidato con un tatuaje nazi y rechazar a Fetterman como un díscolo, tiene las prioridades invertidas.
IV. El partido de Estado en riesgo
El Partido Demócrata es, junto con el Partido Republicano, uno de los dos pilares sobre los que descansa el sistema bipartidista que ha estructurado la democracia americana desde mediados del siglo XIX. En ese sentido, los dos grandes partidos funcionan como partidos de Estado y son parte constitutiva de la arquitectura institucional del país, el canal a través del cual las dos mitades del país canalizan su participación política. Que uno de ellos experimente una crisis de identidad tan profunda no es un asunto que afecte solo a sus militantes; afecta al conjunto del sistema.
Durante décadas, el Partido Demócrata representó una coalición heterogénea que incluía al movimiento obrero, a las minorías, a los liberales de la clase media y a los internacionalistas que creían en las alianzas democráticas y en el orden global de posguerra. Era un partido con sus contradicciones internas, pero anclado en la tradición republicana y en el proyecto nacional estadounidense.
Lo que los episodios de esta semana revelan es un proceso de transformación que se ha acelerado y que amenaza con disolver esos anclajes. No es solo que el partido haya girado hacia posiciones más críticas con Israel. Es que una parte de su base militante y de sus figuras emergentes ha adoptado un marco interpretativo en el que la distinción entre criticar las políticas de un Gobierno y celebrar a las organizaciones terroristas que lo atacan se ha vuelto borrosa o directamente irrelevante.
Algo está fallando en los mecanismos de filtro que deberían operar para que el partido pueda funcionar en el marco de una democracia liberal. Hay una diferencia fundamental entre un progresismo que critica al poder desde el apoyo al proyecto democrático y uno que ha llegado a ver ese proyecto como el verdadero enemigo. El antiamericanismo se está apoderando del Partido Demócrata, desconectando sus objetivos y valores de los de la nación que pretende representar. Y eso no sólo lo destruye internamente, también perjudica a la nación. Un partido que ya no puede distinguir entre criticar a su país y desear que pierda una guerra ha dejado de ser oposición para convertirse en otra cosa.