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Prevost vs Trump

Como suele ocurrir cuando se trata de Trump, muchos expresaron indignación ante la osadía de criticar al líder de la Iglesia Católica y se apresuraron a reprenderlo. Sin embargo, para entender este choque, hay que olvidar las formas del mensajero, enfocarse en el mensaje y en la tensión oculta, una realidad más compleja donde el pontífice usa la misma estrategia que en estos días usaron los siempre oportunistas y decadentes líderes europeos

El papa León XIV y Donald Trump

El papa León XIV y Donald TrumpAFP

El enfrentamiento entre Donald Trump y el Papa León XIV va a trascender la mera polémica, porque viene de lejos y porque va para largo. Mucho se ha hablado de la reciente publicación del presidente criticando al Papa por ser "débil en materia de delincuencia y pésimo en política exterior". Como suele ocurrir cuando se trata de Trump, muchos expresaron indignación ante la osadía de criticar al líder de la Iglesia Católica y se apresuraron a reprenderlo. Sin embargo, para entender este choque, hay que olvidar las formas del mensajero, enfocarse en el mensaje y en la tensión oculta, una realidad más compleja donde el pontífice usa la misma estrategia que en estos días usaron los siempre oportunistas y decadentes líderes europeos, que les reporta beneficios políticos, mientras evita condenar de manera contundente al elefante en la sala: el terrorismo islamista y sus responsables.

Este enfrentamiento no empezó en Semana Santa sino tiempo atrás, casi desde que el Papa norteamericano es papa. A pocos meses de haber asumido, León XIV atacó a Trump debido a las operaciones de control de la inmigración ilegal. Continuando con la ideología de orden progresista de su predecesor, el Papa Bergoglio, reprendió al presidente por exigir responsabilidades a quienes ingresaron ilegalmente al país. El pontífice consideró que las medidas de control eran crueles e instó a los obispos estadounidenses a estar "más unidos y ser más enérgicos" en la protección de los inmigrantes indocumentados.

Resulta paradójico que esta postura, arraigada en sus días como obispo en Chicago y diametralmente opuesta a la convicción de Trump sobre las fronteras seguras, provenga de un líder que reside en la Ciudad del Vaticano, un Estado rodeado por una enorme muralla y que ostenta una de las leyes de inmigración más crudas del mundo

Ante este primer ataque, la respuesta de Trump fue casi nula. Con bastante elegancia, tratándose de él, se limitó a desconocer los comentarios y a decir: "Seguro que es un hombre encantador".

Pero los ataques continuaron. En diciembre, el Papa cuestionó la estrategia y el plan de operaciones militares contra el dictador venezolano Nicolás Maduro. León XIV incluso se tomó el atrevimiento de aconsejar sobre la opción de la diplomacia con un tirano asesino del calibre del exdictador venezolano, desconociendo además los años de intentonas diplomáticas fracasadas frente a un hombre que ordenaba a los tanques aplastar a manifestantes. Es difícil justificar las palabras de Prevost, que instó a resolver las diferencias mediante el diálogo y la presión no violenta. Tras la captura de Maduro, el Papa, en lugar de celebrar la salida de un dictador brutal que robó elecciones y oprimió violentamente a sus ciudadanos, expresó su profunda preocupación.

Este tipo de comentarios del pontífice se volvieron habituales y las tensiones se fueron acumulando. El punto de quiebre llegó con el conflicto iraní. Semanas después de que la Guardia Revolucionaria Islámica asesinara a miles de ciudadanos iraníes que participaban en protestas contra el régimen, un hecho ante el cual el Papa guardó un doloroso silencio, Trump autorizó la Operación Furia Épica. El objetivo de Trump era impedir que el régimen teocrático obtenga armas nucleares y persista en sus planes criminales dentro y fuera del país, como los que condujeron a los horrores del 7 de octubre. Sin embargo, León XIV volvió a atacar al presidente en lugar de criticar a Irán, el país que promociona el terrorismo en todo el mundo. ¿Que los ayatolás tuvieran a disposición una bomba nuclear le parecía mejor opción al Santo Padre? Luego, durante el rezo del Ángelus del 15 de marzo, el Papa pidió un alto el fuego:

"Alto el fuego para que se reabran las vías de diálogo. La violencia jamás puede conducir a la justicia, la estabilidad y la paz que anhelan los pueblos"Papa León XIV

. Una semana después, volvió a la carga calificando la guerra de "escándalo para toda la humanidad" y exigiendo el cese de los ataques aéreos. El Domingo de Pascua, la retórica alcanzó su punto máximo: instó a los líderes a deponer las armas, a abandonar el "deseo de dominar a los demás" y condenó "la ocupación imperialista del mundo", advirtiendo que Dios rechaza las oraciones "de quienes hacen la guerra".

Varias cosas hizo el Papa en estos llamamientos. En principio, trazó un paralelo entre el régimen de Irán y EEUU e Israel. Esto no solo es profundamente injusto, sino que habla de un relativismo moral alarmante. Luego habló de vías de diálogo olvidando todas las formas en las que Trump trató de establecer esas vías previo al comienzo de Furia Épica

Como broche de oro, se sumó a la narrativa de la izquierda de la “ocupación imperialista”, cuerda de la que no debería tirar ningún líder occidental si no quiere validar una versión de la historia que deja a todo Occidente como un opresor malvado, y esto incluye, especialmente, a la Iglesia Católica. Fue, en última instancia, casi una autoacusación.

Pero el Papa no pensó en esto sino en su aparente desdén hacia Trump. Y fue solo después de este in crescendo de ataques que Trump finalmente contestó, fiel a su estilo.

Al día siguiente, el Papa declaró: "No le temo a la administración Trump", una tergiversación clara, dado que el presidente jamás lo había amenazado. En paralelo, mantuvo un encuentro con Alex Axelrod, jefe estratega de las campañas de Barack Obama, y resuenan los rumores de una reunión formal con el propio Obama, quien expresó su deseo de visitarlo. Sobre llovido, mojado. La agenda del Vaticano anuncia que es improbable que el Papa visite EEUU en 2026 por ser año electoral y nunca se ha reunido con Trump, aunque sí se reunió en noviembre con el gobernador de Illinois, JB Pritzker, acérrimo opositor del presidente, junto a varios alcaldes de ese estado.

Existe una asimetría notable: mientras el Papa se muestra sistemáticamente crítico de las guerras estadounidenses y de la geoestrategia de Trump, guarda un silencio cómplice o apenas comenta las atrocidades de las decenas de otras guerras en el mundo y omite condenar expresamente la persecución de cristianos en el mundo islámico. El crecimiento de este flagelo debería tener al Papa incansablemente haciendo llamamientos y condenas que le pongan fin. Un puñado de tuits o unas oraciones aquí y allá no son suficientes.

La reciente visita del Papa a Argelia, un país donde profesar el cristianismo está perseguido desde 2006, se saldó sin una sola palabra de condena. En el caso de Nigeria, el Papa fue consultado sobre la matanza de cristianos y su respuesta argumentó que hay "una cuestión que tiene mucho que ver con la economía... y con el control de las tierras", afirmando que cristianos y musulmanes son masacrados por igual, sin nombrar expresamente a las bandas terroristas islamistas responsables. El Secretario de Estado del Vaticano, el cardenal Pietro Parolin, reforzó esta narrativa, sosteniendo que era un conflicto social entre pastores y agricultores y repitiendo los argumentos del gobierno nigeriano.

Nina Shea, comisionada de la Comisión de Libertad Religiosa de Estados Unidos, denunció en el National Catholic Register que estas declaraciones minimizan la persecución contra los católicos. El propio informe de Ayuda a la Iglesia Necesitada confirmó que la ola de violencia es impulsada por grupos extremistas como Boko Haram y el ISWAP, basándose claramente en la afiliación religiosa. En rotundo contraste, el 3 de noviembre la administración Trump declaró a Nigeria como país de especial preocupación por sus graves violaciones a la libertad religiosa.

En la cuenta de X, el Papa publicó recientemente que "la guerra no resuelve problemas", y eso no es cierto. ¿Debería Europa haberse dejado invadir sin presentar batalla contra Hitler porque eso no resolvería el problema? ¿Existen o no las guerras justas?

Porque hablar abstractamente contra la guerra es sencillo y enternece corazones, sobre todo de los que están a salvo de monstruos como los ayatolás, Maduro, Díaz-Canel, Putin o grupos terroristas como las FARC, Hamás y Hezbolá. La guerra es, en muchos casos, el último recurso para proteger a los inocentes frente a un agresor implacable. Tomar las armas en defensa de la nación contra enemigos que utilizan grupos afines para asesinar estadounidenses y aliados es un acto virtuoso.

Predicar sobre los males de la guerra siempre otorga un aire de superioridad moral, pero oponerse a una guerra contra regímenes inmorales que buscan obtener armas nucleares es un acto verdaderamente difícil de calificar. Si el Vaticano pretende afirmar que la guerra nunca soluciona nada, ignora flagrantemente la historia, y exigir hoy un cese al fuego antes de doblegar a los yihadistas es como pedir un alto el fuego antes de la rendición incondicional en 1945. Hacerlo significa permitir que Irán, Hamás y Hezbolá se rearmen y reanuden un proyecto nuclear enfocado en perpetrar un segundo Holocausto contra el Estado de Israel, por ejemplo.

La negación de la fuerza legítima contradice la propia existencia y supervivencia institucional del catolicismo.

Sin su aplicación, Europa misma habría sucumbido. Fue el poderío militar el que frenó el avance expansionista del Imperio Otomano en batallas cruciales como la de Lepanto en 1571, donde la Liga Santa destruyó la flota turca para proteger el Mediterráneo cristiano, o el asedio de Viena en 1683, que salvó al continente de la dominación islámica. La prolongada lucha de la Reconquista en la península ibérica, culminada en 1492 tras casi ochocientos años de guerra ininterrumpida contra el dominio musulmán, fue lo que forjó el bastión católico de España. Incluso los propios Estados Pontificios mantuvieron ejércitos y libraron guerras para garantizar su soberanía en la península itálica. Es gracias a conflictos armados de la historia que hoy existe el Estado del Vaticano, lo que le permite a su actual líder vivir resguardado tras impenetrables muros históricos, disfrutando de una vida sin la inmigración descontrolada que exige para los demás.

Criticar a Donald Trump es el deporte más fácil, gratuito y de moda entre los burócratas que pontifican desde la seguridad del Viejo Continente. Sin embargo, es él quien está asumiendo el costo de frenar a Irán con una determinación de la que carecieron olímpicamente sus predecesores y sus homólogos europeos. Tomar partido, ya sea por acción u omisión, en contra de un esfuerzo destinado a desarmar la maquinaria terrorista no es un llamado a la paz; y eso justifica una respuesta firme. Y Trump se la dio. Escandalizarse por las formas en lugar de horrorizarse por el fondo de un programa nuclear teocrático es, en definitiva, la mayor confesión de parte.

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