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La isla que Dinamarca no puede defender pero se niega a vender: por qué Trump tiene razón sobre Groenlandia

Trump está explorando nuevas posibilidades, entre las que se encuentra la entrega de dinero a cada groenlandés, pero todas las opciones están en el aire. Otra alternativa sería un acuerdo de Libre Asociación como el que rige con las Islas Marshall, que garanticen el autogobierno, pero con acceso militar ilimitado para EEUU.

Un velero en la región del Alto Ártico, en la costa oeste de Groenlandia.

Un velero en la región del Alto Ártico, en la costa oeste de Groenlandia.AFP / CORTESÍA DE TAMARA KLINK

La obsesión de Donald Trump con que Estados Unidos sea dueño de Groenlandia ha inquietado a mucha gente, sobre todo de la OTAN, pero también aliados en Washington. El presidente sigue explicando que es un interés estratégico, señalando que la isla está repleta de barcos rusos y chinos, cada vez que algún analista lo describe como un capricho.

La Casa Blanca ha declarado que se están considerando diversas opciones para integrar el territorio danés autónomo a Estados Unidos. Resulta evidente que Dinamarca no podría proteger la isla militarmente, pero descansa en el paraguas de OTAN y en el conflicto interno que representaría para el organismo una acción coercitiva de estas características. Argumentan, quienes desean mantener el statu quo, que en realidad, no se requiere una propiedad oficial a Estados Unidos para que este mantenga una presencia militar; que de hecho existe. Además, el tratado de 1951 firmado entre Washington y Copenhague ya otorga a Estados Unidos la opción de ampliar la presencia militar en Groenlandia.

El ejército estadounidense sólo mantiene una base en la isla, pero el tratado le permite ampliar considerablemente su presencia, construir, instalar, mantener y operar bases militares en toda Groenlandia, alojar personal y controlar aterrizajes, despegues, movimientos y operaciones de buques, aeronaves y embarcaciones. Estas facilidades hacen que los detractores de Trump no entiendan qué el presidente ambiciona más, y en consecuencia aleguen intenciones imperialistas-colonialistas y extrañas obsesiones. Trump, con mucha más simpleza, acaba de decir que no es lo mismo alquilar que poseer y que la importancia geoestratégica de Groenlandia amerita un estatus más sólido.

La isla es gigante y rica. Posee yacimientos de recursos naturales, como petróleo, gas y tierras raras. Apenas está poblada, y ha estado bajo el control de Dinamarca desde antes de la existencia de Estados Unidos. Quienes acusan a Trump de colonialista omiten el hecho de que Copenhague la adquirió como colonia en 1721, justamente por las ambiciones imperiales de Dinamarca.

Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Dinamarca estaba ocupada por la Alemania nazi, Washington, temiendo que Alemania pudiera usar Groenlandia como puente a Estados Unidos, firmó un acuerdo con la diplomacia de Copenhague. Esto permitió a los norteamericanos expulsar a las bases meteorológicas alemanas que se habían instalado y transmitían información crucial. Estados Unidos siguió manteniendo su presencia durante la Guerra Fría, pero al terminar ésta, la presencia se fue reduciendo hasta quedar sólo la Base Espacial Pittufik.

Pero el interés estadounidense en la isla es más antiguo. Ya en 1867, el secretario de Estado William H. Seward compró Alaska a Rusia, y este acuerdo fue mirado con sorna y escepticismo por la comunidad internacional y por no pocos enemigos internos. Al igual que le ocurre a Trump ahora, pocos entendieron su visión a largo plazo. De nuevo, el valor estratégico y la riqueza de la tierra pronto cambiaron la mirada del mundo por esa jugada. Seward también tenía en la mira Groenlandia. Pero el Congreso no acompañó estos intentos. Como siempre, el “corto plazo” se fagocitó el plan.

En 1910, el embajador estadounidense en Dinamarca, Maurice Francis Egan, propuso un acuerdo que le otorgaría a Dinamarca la isla filipina de Mindanao a cambio de Groenlandia y las Indias Occidentales Danesas. Pero de nuevo, no se obtuvo el apoyo para concretar la oferta por todo el paquete a Dinamarca, aunque sí se adquirieron las Indias Occidentales Danesas, que ahora son las Islas Vírgenes Estadounidenses.

Truman volvió sobre el tema en plena Guerra Fría, ofreciendo al gobierno danés 100 millones de dólares en oro por la isla. Copenhague se negó, pero ofreció a Estados Unidos la libertad para poner instalaciones militares en la isla, ofrecimiento que se concretó con la firma del tratado de seguridad en 1951. Como en ese entonces, Copenhague no tiene interés en vender su territorio ártico, que con el correr de los años ha sufrido muchos cambios. Actualmente, Dinamarca ni siquiera tendría la última palabra; y sería necesaria una consulta al pueblo groenlandés, que no excede las 60000 personas.

En estos días ha resurgido el tema con fervor, dado que el presidente y varios de sus funcionarios calentaron la polémica, que, por cierto, ha vuelto a despertar la histeria de sus detractores que han alegado las sempiternas críticas por posibles violaciones del derecho internacional, y un largo y conocido etcétera.

Mette Frederiksen, la primera ministra danesa, dijo que, si Estados Unidos quisiera apoderarse de Groenlandia por la fuerza, entonces se acabaría la OTAN y el sistema de la seguridad mundial que existe desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Un grupo de líderes de la OTAN emitió una declaración afirmando que "Groenlandia pertenece a su gente", pero, curiosamente, sin olvidarse de los resabios coloniales que obligan a incluir a Dinamarca en la decisión final.

La reacción parece exagerada. De lo que se sabe hasta ahora, Marco Rubio declaró a los miembros del Congreso que el objetivo no es invadir sino comprar la isla. Las razones no tienen que ver con una simple obsesión sino con una necesidad clave a futuro: Asegurar las rutas comerciales y militares.

China ha declarado que busca una ambiciosa "ruta de la seda polar" a través de los puertos árticos de Rusia. Sus provocativas incursiones e inversiones podrían otorgarle ese control si nada se interpone en su camino. Estados Unidos no puede cruzarse de brazos. La isla es una potencia en tierras raras. Ante el avance de China en este aspecto, Groenlandia sería una importante fuente alternativa, y sobre todo, se debe evitar que esa riqueza caiga bajo el control de Pekín. El valor estratégico es fundamental para Estados Unidos.

Dinamarca no podría defender Groenlandia, como no pudo hacerlo en la Segunda Guerra, y por eso dependería de ayuda externa como ocurrió en aquel entonces. Caería la responsabilidad en la OTAN, dado que el presupuesto de defensa del país es insignificante para semejante reto. La inversión en defensa de Copenhague en su posesión semicolonial es una burla. La fuerza defensiva de Dinamarca para Groenlandia era tan absurda que ni vale la pena enumerarla. Apenas Trump mostró interés en la adquisición de Groenlandia, los daneses prometieron ampliar las dotaciones y presupuestos, pero aunque las duplicaran, serían ridículas. Viendo los movimientos de los miembros de OTAN en los últimos conflictos, queda claro que sólo EEUU puede defender la isla.

A pesar de la retórica del gobierno danés contra la acción militar, este se ha mostrado abierto a que Estados Unidos amplíe su papel militar en Groenlandia. Antes del año nuevo, Trump comenzó a buscar una negociación directamente con el gobierno local, dado que la condición de territorio danés de Groenlandia le permite lograr la independencia mediante el voto de la mayoría simple de su población. Este referéndum es el objetivo del partido que gobierna Groenlandia, pero de lograrse la independencia queda claro que la subsistencia del gobierno dependería de la ayuda estadounidense.

Trump está explorando nuevas posibilidades, entre las que se encuentra la entrega de dinero a cada groenlandés, pero todas las opciones están en el aire. Otra alternativa sería un acuerdo de Libre Asociación como el que rige con las Islas Marshall, que garanticen el autogobierno, pero con acceso militar ilimitado para EEUU. En cualquier caso, más allá de la cínica indignación danesa, de los frívolos análisis de los haters de Trump y de la infantil narrativa antiimperialista, pareciera que más temprano que tarde, la Administración Trump controlará Groenlandia. Es mejor que sentarse a mirar cómo la gélida isla se convierte en un eslabón de la Ruta de la Seda. Porque ese preciado territorio no se defiende con comunicados de prensa desde Copenhague, sino con fuerzas militares que garanticen que el Ártico siga hablando el idioma de la libertad, y no el del Partido Comunista Chino.

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