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Irán: deshojando la margarita

Los medios hablan de tambores de guerra. Los analistas ya no discuten si habrá ataque, sino cuándo y con qué intensidad.

Mujeres con banderas iraníes de luto por las víctimas del terrorismo fallecidas en las protestas en Irán

Mujeres con banderas iraníes de luto por las víctimas del terrorismo fallecidas en las protestas en IránAFP

El presidente Donald Trump ha fijado un plazo claro: o Irán presenta una propuesta aceptable para alcanzar un acuerdo con Estados Unidos, o afrontará las consecuencias. Al mismo tiempo, Washington está concentrando en la región fuerzas militares más que suficientes para golpear de manera decisiva al régimen de los ayatolas. Los medios hablan de tambores de guerra. Los analistas ya no discuten si habrá ataque, sino cuándo y con qué intensidad.

Pero la pregunta sigue en el aire: ¿lo habrá realmente?

Conviene recordar, al hablar del mañana, la célebre frase de Yogi Berra: “Es muy difícil hacer predicciones, especialmente sobre el futuro”.

Sabemos algunas cosas. En palabras del propio Trump: “Irán nunca ha ganado una guerra, pero nunca ha perdido una negociación”. Su diplomacia ha sido históricamente una combinación de engaño y dilación.

Sabemos también que el líder supremo, Ali Jamenei, vive en una burbuja informativa que ya le llevó a calcular mal a Israel el año pasado. No es descabellado pensar que pueda repetir el error con Trump. Los mandos de la Guardia Revolucionaria quizá tengan una percepción más realista del equilibrio de fuerzas, pero comparten la misma matriz ideológica: un régimen islamista, revolucionario y expansivo cuya legitimidad se sustenta en exportar su revolución. De ahí Hizbulá, Hamás, los hutíes y las milicias en Siria e Irak. De ahí la obsesión con Israel. De ahí el permanente “Muerte a América”.

Eso impone límites estructurales a cualquier negociación. El programa nuclear es el centro formal de las conversaciones, pero la cuestión real incluye los misiles balísticos, la red de proxies regionales y la propia naturaleza expansiva del régimen.

El programa nuclear, además, quedó gravemente dañado tras la guerra del pasado junio entre Israel e Irán y los bombardeos estadounidenses. Lo que Teherán puede ofrecer hoy tiene más que ver con ambiciones futuras que con capacidades inmediatas. Por eso los otros aspectos pesan tanto.

En el plano interno, la represión brutal no ha conseguido sofocar del todo el malestar social. La economía atraviesa una crisis profunda y la escasez de agua agrava el descontento. El régimen puede reprimir, pero no puede resolver. Las protestas continuarán, y las imágenes seguirán saliendo al mundo, por mucho que se intente censurar Internet.

¿Y qué sabemos de Washington?

Trump prioriza la negociación, pero no considera que negociar y usar la fuerza sean opciones excluyentes. Lo demostró el pasado junio. Lo ha demostrado en otros escenarios. Su lógica es clara: mínimo coste, máximo beneficio. Con un Irán debilitado, una acción de fuerza podría redefinir el equilibrio estratégico no solo para el pueblo iraní, sino para todo Oriente Medio.

Muchos dentro del movimiento MAGA, y también en Europa, interpretan a Trump como aislacionista. Sin embargo, su estrategia de seguridad nacional apunta a otra cosa: preservar la hegemonía estadounidense sin necesidad de ejercer de sheriff permanente del mundo. Irán no es solo una cuestión regional. Es una pieza del tablero global frente a China —y, por extensión, frente a Rusia. No se trata tanto de acceder al petróleo iraní como de impedir que lo hagan los rivales de Estados Unidos.

Mientras tanto, el despliegue militar estadounidense en la región no parece meramente disuasivo. Tiene capacidad real para ejecutar operaciones limitadas o de alta intensidad si así se decide. Refuerza la negociación, sí. Pero también permite pasar de las palabras a los hechos con rapidez.

En Israel, donde estuve esta semana, la percepción general era que las negociaciones difícilmente prosperarán dada la rigidez estructural del régimen iraní. Se asumía que un ataque requeriría semanas, no días. Sin embargo, tras la última ronda de conversaciones en Ginebra, la expectativa de un movimiento inminente volvió a intensificarse. Hace un mes, cuando se creía que el ataque era inmediato, las aerolíneas suspendieron vuelos a Israel. Esta vez no lo han hecho. Eso puede significar algo. O nada.

Como decía Donald Rumsfeld en 2003: hay cosas que sabemos que sabemos; cosas que sabemos que no sabemos; y cosas que no sabemos que no sabemos. En este momento, las incógnitas superan a las certezas.

Y sin embargo, cabe imaginar otro escenario. ¿Qué ocurriría si, tras una acción militar o por implosión interna, el régimen de los ayatolas desapareciera? ¿Y si Irán dejara de definirse por el antiamericanismo y la exportación revolucionaria? El equilibrio regional cambiaría de forma radical. El Oriente Medio podría entrar en una fase de estabilidad impensable hasta ahora.

¿Es posible? Sí.

¿Es probable? Tal vez.

¿Es inminente? Nadie lo sabe.

Washington sigue, de momento, deshojando la margarita.

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