¿Cuál es el verdadero objetivo de la obsesión de Tucker Carlson con Israel?
La disputa del podcaster antisemita con Mike Huckabee demostró que su objetivo es sabotear a la Administración. ¿Lo señalarán por fin Trump y Vance?

Donald Trump y Tucker Carlson en una entrevista
Cualquiera que hubiera visto el podcast de Tucker Carlson en los últimos 18 meses sabía que el antiguo presentador de Fox News estaba obsesionado con Israel y que hacía tiempo que había pasado de la crítica estridente al Estado judío al antisemitismo flagrante y a menudo maníaco. Desde que recibió al falso historiador y negacionista del Holocausto Daryl Cooper en 2024, pasando por su igualmente aduladora entrevista al groyper neonazi Nick Fuentes en octubre de 2025 y hasta el día de hoy, el popular programa de Carlson se vuelve, cada vez más, hogar para teorías y retórica conspirativas antiisraelíes y antijudías.
Pero su entrevista con el embajador estadounidense en Israel, Mike Huckabee, realizada en el aeropuerto internacional Ben-Gurion (para que Carlson no tuviera que pasar tiempo en Israel), fue una síntesis de los videos que viene produciendo desde hace año y medio. Consistió en que Carlson vomitaba decenas de mentiras y mitos antisemitas sobre los judíos e Israel, exigiendo que Huckabee, un cristiano evangélico, los refutara. Como notó la colaboradora de JNS Ruthie Blum, el embajador hizo un excelente trabajo manteniendo la compostura ante la exasperante mendacidad y el conspiracionismo del presentador, así como refutando muchas de ellas (aunque señalando después que, en el calor del momento, comprensiblemente no las desarmó todas).
Aunque Huckabee ganó el debate desde cualquier punto de vista objetivo, Carlson no estaba allí para entablar un intercambio de ideas ni para llegar a la verdad de ninguna de las preguntas que planteaba. Su objetivo era socavar a Huckabee y, por extensión, las políticas proisraelíes de la Administración a la que representa. Y es probable que, por muy mal que saliera en el video, Carlson piense que lo ha conseguido.
Desprestigiar a Huckabee
Los medios de comunicación judíos e israelíes se han llenado de reportajes sobre el encuentro, con numerosos intentos de recopilar y desacreditar la larga lista de falsedades que Carlson trató de popularizar. El único ángulo que interesó a la mayoría de los medios masivos izquierdistas de Estados Unidos y de otros países fue una historia generada por un fragmento editado de la entrevista, que intentaba afirmar que Huckabee estaba a favor de que Israel se apoderara de todo Oriente Próximo. Huckabee no dijo nada de eso; de hecho, señaló que, independientemente de las conclusiones que se pudieran extraer de partes de la Biblia, lo único que Israel quiere es que el mundo árabe y musulmán reconozca el derecho del pueblo judío a vivir en soberanía y seguridad en la parte de su patria ancestral en la que reside actualmente.
Pero en una comprobación flagrante de la teoría de la herradura, en la que la extrema izquierda y la extrema derecha se tocan -por no hablar del ejemplo de la alianza rojiverde entre marxistas e islamistas-, medios de comunicación como The New York Times, Politico y la BBC saltaron sobre el distorsionado clip de Carlson para atacar a la Administración Trump y a Huckabee. Aunque ninguno afirma tener mucho que ver con un extremista de derecha como Carlson, estaban felices de seguir su ejemplo si eso significaba disparar contra un objeto familiar de su hostilidad: Trump. El resultado fue que Carlson consiguió crear una polémica e incitar a varios países árabes y musulmanes a condenar al diplomático y exigir explicaciones a Washington.
"La gran mayoría de los republicanos siguen siendo pro-Israel".
Igual de poco sorprendente fue la forma en que Al Jazeera -el influyente gigante de internet y la radiodifusión propiedad del Gobierno qatarí que domina los medios de comunicación en el mundo musulmán- abrazó la historia y afirmó que Carlson merece crédito por exponer la forma en que Trump estaba socavando los intereses nacionales de Estados Unidos al apoyar a Israel, aunque la verdad sea lo inverso.
Que un notorio partidario del emirato islamista como Carlson esté en la misma página que un medio de comunicación famoso por su instintivo y despiadado antiamericanismo no es ninguna sorpresa para quienes han seguido los recientes meandros de su carrera. También pone en perspectiva su asombrosa pretensión de ser quien conoce mejor que Trump el significado de América Primero.
Y lo que es más importante: puede obligar a Trump y al hasta ahora amigo íntimo y aliado de Carlson, el vicepresidente JD Vance, a por fin arribar a una conclusión necesaria sobre su relación con el presentador.
Trump está harto
En el transcurso del último mes, he oído de varias fuentes informadas que mientras mucha gente ha estado expresando su indignación porque Carlson sigue siendo bienvenido en la Casa Blanca a pesar de su vil odio judío, la historia interna es que Trump está profundamente descontento con el comportamiento de su antiguo aliado. El personal de la Administración estaba diciendo a Trump y Vance que la guerra de Carlson contra las decenas de millones de cristianos evangélicos que son sionistas, y como resultado, haciendo causa común con los demócratas de izquierda anti-Israel como el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, tenía el potencial de costar escaños al Partido Republicano en las elecciones de mitad de período a finales de este año. Como ahora se ha hecho público, el presidente le ha dicho en términos inequívocos que esperaba que dejara de atacar a Israel y a los judíos.
En lugar de hacerlo, Carlson está redoblando su cruzada antiisraelí. También está tratando de derribar a un leal a Trump como Huckabee y, por extensión, descarrilar todo el impulso de las políticas estadounidenses destinadas a garantizar que el régimen islamista de Irán no pueda seguir amenazando la región con armas nucleares, misiles balísticos y terrorismo.
Es comprensible que se haga hincapié en sus calumnias y difamaciones contra el Estado de Israel, el presidente Isaac Herzog, el primer ministro Benjamin Netanyahu y los tropos tradicionales del antisemitismo, como los que afirman que los judíos de hoy no descienden de sus antepasados de la antigüedad. Pero los observadores serios tienen que reconocer que la única consecuencia real de su batalla con Huckabee es que Carlson está obligando a Trump y a Vance a tomar una decisión sobre su asociación continuada con él.
En el último año, Trump ha rechazado los ataques de Carlson a su política sobre Irán calificando al podcaster de "chiflado". Y, como abuelo de niños judíos, el presidente dijo que no le gustaban los antisemitas ni los quería en su coalición.
Pese a todo, Carlson ha conseguido aguantar dentro del círculo íntimo de Trump, manteniendo su amistad con Donald Trump Jr. y con Vance, aunque a veces haya parecido más el bufón de la corte de Mar-a-Lago que alguien con alguna influencia en la política.
¿Está el Partido Republicano de acuerdo con Tucker?
Carlson, después de todo, obtuvo un espacio en horario de máxima audiencia en la Convención Nacional Republicana de 2024. Más importante aún, Vance adoptó una postura de neutralidad sobre el debate acerca del antisemitismo de Carlson el pasado diciembre en una reunión de Turning Point USA.
No se puede negar que Carlson tiene una audiencia numerosa. También lo tienen sus compañeros en el odio antisemita Candace Owens, comentarista de extrema derecha y podcaster, e incluso Fuentes. La cuestión es si sus seguidores son lo suficientemente considerables como para que la Administración o Vance teman alienarlos, incluso si esta asociación les perjudica con los evangélicos y los republicanos de clase trabajadora que devolvieron a Trump a la Casa Blanca en 2024.
Aun cuando las encuestas han mostrado un pronunciado descenso del apoyo al Estado judío entre los demócratas e incluso entre algunos republicanos, especialmente entre los jóvenes, la gran mayoría de los republicanos sigue siendo pro-Israel. Así lo demuestra el hecho de que los congresistas del Partido Republicano en la Cámara y el Senado apoyen casi unánimemente a Israel, con la excepción de los libertarios Thomas Massie y Rand Paul -únicos dos ahora que la exrepresentante Georgia Marjorie Taylor-Green ha abandonado el Capitolio, para alivio de sus antiguos colegas-.
Es posible imaginar un escenario en el que los groypers se hagan con el control de Turning Point USA tras el asesinato de Charlie Kirk y lo utilicen para crear un movimiento político que, al igual que los progresistas han hecho con los demócratas, cambie la composición de los grupos parlamentarios del Partido Republicano para reflejar puntos de vista antiisraelíes y antisemitas. De hecho, algunos han estimado que hasta el 40% de los jóvenes que ahora trabajan para la Administración en Washington están influidos por Carlson, Owens y Fuentes. Como demostró este mes la debacle de Carrie Prejean Boller, algunos de ellos se han colado en los nombramientos de Trump para diversas comisiones federales. Aunque no se puede descartar del todo que eso pueda ocurrir en el futuro, hasta ahora hay pocos indicios de que el Partido Republicano esté cambiando de rumbo respecto a Israel.
Igual de crucial es la decisión a la que se enfrenta Vance.
Puede que el vicepresidente le deba mucho a Carlson, tanto por su apoyo crucial en las primarias al Senado en 2022 como por ayudar a convencer a Trump de que le eligiera como compañero de fórmula sólo dos años después de que ganar por primera vez elecciones. Hasta la fecha se ha resistido obstinadamente a soltar al podcaster, a pesar de la creciente evidencia de su extremismo, antisemitismo y determinación para socavar a la Administración a la que pretende ayudar.
Vance debe decidir
Sin embargo, Vance, un intelectual poco común en el mundo de la política, no ignora que esta amistad le está costando cara en términos de su capacidad para ampliar su base de apoyo antes de una esperada carrera presidencial en 2028. El vicepresidente podría ser, por amplio margen, el favorito para la nominación del Partido Republicano. Pero tiene que entender que Carlson es un lastre que podría perjudicarle entre los republicanos y acabar hundiéndole en unas elecciones generales.
Trump y Vance habrían preferido no verse en esta tesitura. Todas las coaliciones electorales ganadoras, estén lideradas por republicanos o demócratas, son inevitablemente diversas e incluyen a algunas personas que no pertenecen a la corriente dominante por una u otra razón. Parte de la razón por la que los demócratas perdieron en 2024 fue la forma en que el ex presidente Joe Biden y su vicepresidenta, Kamala Harris, parecían esclavizados por los extremistas de izquierda woke -el partido, sin embargo, concluyó erróneamente que perdió por no haber sido lo suficientemente antiisraelí como para complacer a la base de izquierda interseccional de los demócratas-.
En cuanto a Carlson, su antisemitismo exagerado y su disposición a criticar la política de la Administración Trump han llegado a tal punto que es más que una vergüenza para Trump y Vance.
Su asociación con él se ha convertido, sencillamente, en veneno político. La idea de que puedan continuar recibiendo su consejo no es solo ofensiva para los judíos y la mayoría de los estadounidenses que apoyan a Israel, sino también una clara amenaza a su capacidad para gobernar con eficacia, así como para mantener el Congreso y asegurar otra victoria del GOP en 2028.
En algún momento -y no puede tardarse demasiado- tienen que cortarle el paso y dejar claro al público que lo han hecho. Si no lo hacen, será una decisión que se volverá en contra de su partido en 2026, 2028 y más allá.
© JNS