Mamdani y la prueba moral de Cuba y Venezuela
Al esquivar condenar a Maduro y Díaz-Canel, Mamdani mostró un doble rasero ético que mina la credibilidad de su socialismo democrático entre los votantes hispanos.

Zohran Mamdani
Que un candidato a la alcaldía de Nueva York no pueda nombrar a Nicolás Maduro y Miguel Díaz-Canel como dictadores no es un desliz retórico, sino una confesión moral: Zohran Mamdani, interrogado, prefirió la evasiva antes que la claridad.
La entrevista con Jorge Ramos era una oportunidad de oro para que Mamdani marcara distancia con los autoritarismos de izquierda. Muchos temen que su visión de socialismo democrático pueda confundirse con la de regímenes represivos. Con sólo reconocer que Cuba y Venezuela son dictaduras, Mamdani habría trazado un límite moral claro: demostrar que su proyecto socialista busca el bienestar de la gente sin caer en abusos de poder.
Sin embargo, el candidato dejó la impresión contraria. Al rehusar condenar abiertamente a Díaz-Canel y Maduro, mantuvo ambigüedad y enredó las aguas sobre dónde traza la línea su ideología. Ante esa realidad, Mamdani debía ofrecer garantías, pero falló en dar una respuesta contundente.
Solo días después, tras el revuelo causado, su campaña emitió un comunicado aclaratorio donde finalmente afirmó que sí eran dictadores. La rectificación llegó tarde y lució forzada, subrayando que inicialmente Mamdani no tuvo la convicción –o valentía política– de decir abiertamente lo que muchos esperaban oír.
Detrás de la inquietud hacia la respuesta de Mamdani están los hechos ineludibles sobre Cuba y Venezuela. Cerca de 7,9 millones de venezolanos han salido de su país buscando protección y una vida mejor. En Cuba, solo entre 2022 y 2023 la emigración de la isla alcanzó alrededor de 1,79 millones de personas que la abandonaron.
Después de las elecciones de julio de 2024 en Venezuela, el régimen de Maduro detuvo a más de 2.400 personas y asesinó al menos a 25 manifestantes. Tras las protestas en Cuba en julio de 2021, más de 700 cubanos permanecen presos políticos únicamente por pensar distinto.
La represión religiosa también es cotidiana en Cuba y Venezuela. En Cuba, se han documentado 936 violaciones a la libertad religiosa en 2023; mientras que en Venezuela, la GNB detuvo al ha detenido a importantes figuras religiosas, y los reguladores cerraron al menos 285 medios de comunicación desde 2003. No llamar a estos regímenes “dictaduras” encubre el ataque contra el ejercicio de la religión —un derecho humano fundamental— y uno que él se propone defender en Nueva York entre las comunidades musulmanas.
Para cualquier neoyorquino de origen hispano, especialmente aquellos provenientes de Hispanoamérica, las respuestas de Mamdani equivalen a enseñar sus cartas. Nueva York alberga comunidades de inmigrantes de todo el continente, incluidas personas que huyeron del castrismo cubano o del chavismo venezolano. Estos votantes saben de primera mano lo que significa un socialismo de censura, escasez y persecución política.
En la ciudad de Nueva York viven alrededor de 2,5 millones de hispanos (28 % de la población total), de los cuales unos 34.000 son cubanos y aproximadamente 136.000 son venezolanos. El peso demográfico de los hispanos en Nueva York es tan grande que un desliz moral como el de Mamdani frente a Ramos puede tener consecuencias decisivas en las urnas.
Con una afiliación hacia las dictaduras, votantes pueden sentirse traicionados o, al menos, profundamente preocupados. No es solo un tema simbólico: la credibilidad de Mamdani ante los hispanos está en entredicho solo por ser socialista. Si su campaña pretende atraer a votantes latinos progresistas, deberá demostrar que entiende su dolor y su memoria histórica.
Pero sus palabras vacilantes sobre Cuba y Venezuela transmitieron lo contrario: una tolerancia implícita hacia la “represión” cuando proviene de gobiernos ideológicamente afines. Esa disonancia puede resultar políticamente costosa. Después de todo, Nueva York ha visto a líderes latinos, desde cubanoamericanos hasta dominicanos y colombianos, luchar por la democracia y los derechos humanos más allá de sus países de origen. Subestimar ese sentimiento sería un error grave.
En la lucha por una Nueva York más justa, no se puede cargar con el lastre de disculpar a quienes han cometido injusticias atroces en otra parte—especialmente cuando se carga una doble careta moral en la que se defiende a unos por conveniencia política, y a otros se le oculta. La honestidad y la coherencia, por duras que sean, siempre serán la mejor brújula para no perderse en el camino.