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Iryna: la mártir incómoda

El silencio no es accidental ni producto de una decisión editorial aislada. Es el resultado inevitable de la convergencia de dos corrientes ideológicas que han colonizado el pensamiento mediático progresista: la Teoría Crítica de la Raza y el movimiento antipsiquiátrico. Estas dos narrativas, operando simultáneamente, crean zonas de silencio donde ciertos crímenes simplemente no pueden existir en el discurso público sin desafiar los fundamentos teóricos.

Fox News reporta el crimen de Iryna Zarutska

Fox News reporta el crimen de Iryna ZarutskaFox News

Mucho se ha escrito sobre la forma en que los medios mainstream trataron —o deliberadamente ocultaron— el asesinato de Iryna Zarutska. El atroz final de la jovencita a manos de un chacal, mil veces detenido, mil veces lanzado a la calle para que siguiera ejerciendo su existencia, mil veces criminal, casi no tuvo cobertura mediática hasta que llegó al conocimiento de Elon Musk, quien le dio visibilidad mundial.

El presidente Trump, varios miembros de su Administración y mucha gente en las redes sociales comenzaron a preguntarse por qué esta muerte no tuvo la misma cobertura ni llamado mediático/político/activista a la indignación performática que la de George Floyd.

Floyd, un delincuente detenido en situación sospechosa, se convirtió en el símbolo global de lucha woke, generó multitudinarias manifestaciones perfectamente coordinadas a escala mundial, apalancó los proyectos para desfinanciar a la policía, obtuvo monumentos, el mundo se arrodilló, llorando, por él, y su muerte desató disturbios de asesinatos, violencia, incendios y destrozos. Algo similar ocurrió con la muerte de otro delincuente, Jordan Neely, cuando un ciudadano ejemplar como Daniel Penny trató de impedirle cometer otro delito fatal. ¿Por qué la muerte de dos delincuentes de largo historial había levantado tanta empatía progresista y el caso de Iryna Zarutska no?

El contraste es llamativo, Iryna era una refugiada ucraniana de 23 años que había encontrado refugio en Charlotte, Carolina del Norte, huyendo de la guerra en su país, ganándose la vida con un trabajo de mala calidad y sin ningún privilegio. No había cometido jamás un delito, ni estaba en situación sospechosa, desobedeciendo a la policía o causando inseguridad a la comunidad como Floyd o Neely. Estaba sentada sola en el metro, revisando su teléfono, mientras que detrás de ella un hombre, Decarlos Brown, mucho mayor en edad y contextura, con un largo historial criminal, la atacó por la espalda y hundió un cuchillo en su cuello. ¿Cómo la horrible muerte de esta chiquita no causó la indignación de los activistas y periodistas?

Sin las redes sociales, esta historia ni siquiera se habría conocido y resultó que entonces la noticia, más allá del brutal crimen, es que no fue noticia. Los medios tradicionales y el wokismo organizado no sólo pasó de largo, sino que hizo un esfuerzo para ocultar el hecho. Paradójicamente, la muerte de Iryna, por este motivo, se ha convertido en la noticia que expone la podredumbre de la moral woke.

Cada detalle del asesinato contradice la visión woke del mundo y la narrativa de opresores y oprimidos. Era lógico que quisieran ocultarlo, informar sobre el caso era sentir que se era funcional a la derecha. Zarutska no provocó los instintos protectores progresistas porque la interseccionalidad jugó una mala pasada. Era una pobre mujer desamparada, sí. Pero su atacante tenía más jerarquía en el sistema de “oprimidos DEI” (DIVERSIDAD-EQUIDAD-INCLUSIÓN) y no existía una manera obvia de hacer inteligible su asesinato dentro de la narrativa racial de una forma que favorezca las narrativas de la izquierda.

El silencio no es accidental ni producto de una decisión editorial aislada. Es el resultado inevitable de la convergencia de dos corrientes ideológicas que han colonizado el pensamiento mediático progresista: la Teoría Crítica de la Raza (TCR) y el movimiento antipsiquiátrico convertido en dogma woke. Estas dos narrativas, operando simultáneamente, crean zonas de silencio donde ciertos crímenes simplemente no pueden existir en el discurso público sin desafiar los fundamentos teóricos del progresismo contemporáneo.

Pero para entender cómo operan estos filtros ideológicos, es necesario examinar cada narrativa por separado y luego observar cómo convergen para crear la imposibilidad del caso Zarutska.

La TCR, convertida en dogma en universidades, medios y corporaciones, instaló la idea de que todo conflicto debe leerse en clave racial, aun cuando existan variables sociales, culturales o económicas mucho más relevantes. Esta lente única condiciona la narrativa mediática y política hasta el absurdo. El problema es que la racialización opera como un reflejo pavloviano, automático, que reduce cualquier discusión a un juego binario de opresores y oprimidos. En este demencial binario en el que están atrapados, Decarlos Brown no podía ser el victimario.

Alegar una disparidad racializada fue la afirmación que impulsó las protestas de Black Lives Matter y los posteriores llamados a "desfinanciar a la policía". Bajo este esquema, la muerte de George Floyd encajaba perfectamente para construir una narrativa de opresión sistémica. La cobertura masiva, los monumentos, las protestas globales, todo tenía sentido dentro del marco teórico que ve en cada interacción interracial la reproducción de estructuras de dominación histórica. El asesinato de Iryna Zarutska presenta el problema opuesto: esta inversión de roles hace imposible exponer el caso sin contradecir sus fundamentos básicos.

La TCR ha enseñado a los medios progresistas que reportar crímenes donde perpetradores negros atacan a víctimas blancas contribuye a los estereotipos racistas y refuerza las estructuras de opresión. Por tanto, el silencio no es censura, sino una forma de responsabilidad social. La racialización se ha convertido en un filtro que determina no sólo cómo se cuenta una historia, sino si se cuenta.

Pero usar la racialización es tan superfluo en el caso Floyd o Neely como en el de Iryna. La cuestión es más profunda y, si bien es tentador replicar ese mismo marco de análisis en sentido inverso, sería un error: imitar los vicios de la izquierda sólo consolida el veneno ideológico que envenena la conversación pública.

Y aquí llegamos a la trama más profunda que subyace en estos tres casos: La narrativa woke respecto a la salud mental, que tiene sus raíces en el movimiento antipsiquiátrico que surgió en los años 60 y 70, influenciado por figuras como Michel Foucault y su crítica a las instituciones de control social, y Thomas Szasz con su cuestionamiento del concepto mismo de enfermedad mental.

Esta corriente filosófica, que teóricamente buscaba denunciar los abusos en instituciones psiquiátricas, evolucionó hacia una posición más radical: la desinstitucionalización masiva bajo la premisa de que los hospitales psiquiátricos eran inherentemente opresivos y que la "locura" era simplemente una construcción social para marginar a los diferentes. Los políticos progresistas adoptaron esta retórica, convirtiendo la liberación de pacientes psiquiátricos en una causa de justicia social, prometiendo redes de apoyo comunitario que nunca se materializaron. El resultado ha sido una crisis urbana global donde individuos con enfermedades mentales graves quedan abandonados en las calles, consumiendo drogas ilegales y cometiendo actos de violencia como el que costó la vida a Iryna Zarutska.

La ideología woke ha transformado este fracaso sistémico en un tabú: criticar las políticas de desinstitucionalización o sugerir que algunos individuos requieren tratamiento involuntario se considera estigmatización, mientras las víctimas reales de esta negligencia ideológica se acumulan en las morgues. Esta corriente teórica ve en la "locura" una forma de resistencia al orden social opresivo, y en los "locos" a víctimas del sistema más que a individuos potencialmente peligrosos.

Decarlos Brown representa exactamente el tipo de individuo que la teoría antipsiquiátrica ha convertido en intocable para la crítica. En el universo woke, Brown no es un criminal peligroso, sino una víctima del sistema estigmatizado por una sociedad racista y clasista. Esta narrativa hace imposible responsabilizar al individuo por sus actos, porque hacerlo sería "criminalizar la enfermedad mental" y reproducir "estereotipos raciales".

El sistema judicial controlado por los demócratas había dado a Brown un trato indulgente precisamente bajo esta lógica. La alcaldesa de Charlotte, Vi Lyles, recibió numerosas críticas por su respuesta inicial al ataque, pero su reacción fue de una coherencia ideológica perfecta. En su declaración, ni siquiera mencionó a Iryna, sencillamente no le importaba. Describió su muerte como una situación relacionada con la salud mental y dedicó la mayor parte de su declaración a expresar empatía por el criminal, acorde a la visión demócrata de que los criminales son las verdaderas víctimas.

Esta respuesta ilustra magistralmente cómo convergen ambas narrativas woke. Desde la perspectiva racial, mencionar que una mujer blanca fue asesinada por un hombre negro refuerza "narrativas racistas". Desde la perspectiva antipsiquiátrica, criminalizar a Brown sería "estigmatizar la enfermedad mental". La única respuesta "correcta" según ambos marcos teóricos, es invisibilizar a la víctima y victimizar al victimario. Lyles priorizó la ideología por sobre los hechos, en ningún caso el problema es el criminal o sus decisiones individuales.

El caso presenta todos los elementos que la confluencia de estas teorías ha convertido en impublicables. Es la pesadilla narrativa perfecta para un sistema mediático que ha subordinado la verdad. Cabe preguntarse cuáles son los mecanismos de selección, y cualquiera puede sacar sus propias conclusiones sobre cómo y con qué ingredientes se elabora la esencia de las "noticias". Los medios han mostrado su podredumbre no solo en cómo se informa una noticia, sino también en si se informa.

No hay debate, no hay explicaciones, no hay reconocimiento siquiera de que existe una decisión editorial. Esto es más que sesgo: es ingeniería narrativa. Los medios progresistas no están informando sobre la realidad; están construyendo una realidad alternativa donde solo existen las historias que confirman sus presupuestos ideológicos. Es el triunfo de la teoría sobre los hechos, del dogma sobre la evidencia.

Las noticias operan como un sistema de filtros superpuestos: la primera filtra por raza, la segunda por salud mental. Cuando un caso falla ambos filtros, simplemente desaparece del discurso mediático mainstream.

Es un sistema mediático que ha renunciado al periodismo para convertirse en propaganda. La tragedia de Iryna no es solo su muerte brutal, sino su invisibilización sistemática por un establishment que prefiere proteger sus teorías antes que honrar a sus víctimas. En el universo woke, algunas vidas importan más que otras, y algunas muertes simplemente no pueden contarse.

El caso de Iryna Zarutska es el epitafio del paradigma mediático progresista, que ha creado un ecosistema de opresión invertido donde las víctimas reales son sacrificadas por las víctimas autopercibidas y convenientes. El paradigma mediático progresista donde la compasión es selectiva.

Iryna, la mártir incómoda, es el símbolo más elocuente de su fracaso moral.

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