El mundo después de Davos
Tras el discurso de Donald Trump en el Foro Económico Mundial, algo ha quedado claro: entre 1989 y 2026 no hemos vivido en un nuevo orden internacional, sino en el Mundo de Davos. Y ese mundo ha terminado. A partir de ahora vivimos después de Davos.

Trump en el Foro Económico Mundial
Los europeos nunca lo admitirán, pero ha tenido que venir un presidente norteamericano a Europa para sacarnos de la indigencia estratégica y la pereza mental en la que llevábamos instalados desde 1989.
Casi cuatro décadas después de la caída del Muro de Berlín y más de treinta años tras la implosión de la Unión Soviética, seguimos llamando al mundo surgido de aquella victoria histórica “el orden de la post-Guerra Fría”. El nombre lo dice todo: incapaces de definir lo nuevo, seguimos viviendo de la negación de lo viejo. No hemos sabido pensar el mundo que ganamos.
Paradójicamente, ha sido Donald Trump —ese “loco fanfarrón y patán”, según la mayoría de líderes europeos— quien ha puesto luz donde solo había inercia. Tras su discurso en el Foro Económico Mundial, algo ha quedado claro: entre 1989 y 2026 no hemos vivido en un nuevo orden internacional, sino en el Mundo de Davos. Y ese mundo ha terminado. A partir de ahora vivimos después de Davos.
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El contraste histórico es evidente. El orden surgido tras la Segunda Guerra Mundial fue bipolar, peligroso y brutal, pero estable. Estados Unidos y la URSS competían abiertamente, aunque con la confrontación militar contenida por el equilibrio nuclear. Fue también una batalla ideológica entre liberalismo y totalitarismo, entre capitalismo y comunismo. La derrota soviética no fue solo geopolítica: demostró la incapacidad estructural del socialismo para generar prosperidad.
El Mundo de Davos fue otra cosa. Con el socialismo real desacreditado, la globalización y el turbo-capitalismo se impusieron como dogma. Bajo el liderazgo indiscutido de Estados Unidos, el planeta se convirtió en un gran mercado: capitales móviles, fábricas deslocalizadas, cadenas de suministro optimizadas. La fuerza militar dejó de importar; las armas nucleares se volvieron irrelevantes; los ejércitos, especialmente en Europa, se redujeron a dimensiones simbólicas.
Fue también un mundo post-heroico y post-fronterizo. Las fronteras nacionales pasaron a considerarse arcaicas; la inmigración masiva se celebró como enriquecimiento cultural; el arraigo fue sustituido por una identidad líquida. La Unión Europea se convirtió en el epítome de esta visión: un proyecto tecnocrático decidido a diluir historia, cultura y soberanía en nombre de una abstracción moral superior.
La derrota soviética no fue solo geopolítica: demostró la incapacidad estructural del socialismo para generar prosperidad.
El Mundo de Davos fue, además, un mundo que aprendió a detestar su propia historia, a censurar en nombre de lo políticamente correcto y a abrazar las nuevas causas de la izquierda global: el dogma climático, la obsesión identitaria, la culpabilidad permanente de Occidente. Fue el mundo de Gates y los Clinton, de Greta Thunberg y Ursula von der Leyen, de los ricos que predican austeridad climática mientras viajan en jets privados. Ese fue el Mundo de Davos. Hasta ahora.
Para europeos y canadienses, Donald Trump es un castigo bíblico encarnado para destruir el mundo que Estados Unidos construyó tras ganar la Segunda Guerra Mundial. El primer ministro canadiense lo dijo con sorprendente lucidez en Davos: “No estamos en una transición, sino en una ruptura”. Tenía razón, aunque no del modo que cree. El orden mundial que se rompe es, como él mismo reconoció, una ficción: la ficción de una igualdad garantizada por Estados Unidos… a costa de Estados Unidos.
Trump lleva diciendo lo mismo desde su primer mandato, ahora con menos complejos. Durante la Guerra Fría, Washington aceptó pagar el precio de la defensa occidental. En el Mundo de Davos, ese precio se volvió insostenible para la clase media americana: sacrificios militares, desindustrialización, pérdida de empleos y deterioro social. América dijo basta.
En Davos muchos respiraron aliviados tras escuchar a Trump. Al menos no habría una guerra inmediata por Groenlandia. Pero las élites europeas harían mal en celebrarlo como una victoria propia. No han frenado nada. Siguen sin entender a Trump. Confunden objetivos con tácticas. Trump se hará con Groenlandia sin disparar un tiro. Tiempo al tiempo.
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El Hombre de Davos no quiere aceptar que Trump es para él lo que el meteorito fue para los dinosaurios: el evento de extinción. Ya lo anunció su vicepresidente, J.D. Vance. Estamos ante una revolución, pero no de los Billies millonarios, sino de los Hillbillies: ciudadanos que exigen que sus dirigentes los protejan de las fuerzas que los han empobrecido durante décadas.
Esa revolución se llama America First. Comercio como arma geoestratégica. Relaciones exteriores transaccionales. Fin del altruismo unilateral. Trump no regresa a Yalta ni al reparto del mundo en esferas ideológicas. Propone algo más incómodo para Europa: un mundo menos ideológico, más realista; menos internacionalista, más nacional. Es lo que ya se conoce como la Doctrina Donroe.
El Hombre de Davos, incapaz de adaptarse, se atrinchera. Se convierte en el Hombre de Davosgnon: primitivo, tribal y en vías de extinción. Reacciona a ciegas.
Basta observar la reacción europea ante Groenlandia. ¿Cuál ha sido el argumento? “Groenlandia para los groenlandeses”. Exactamente el principio que defiende Trump. Pero Europa no puede sostenerlo porque lleva años vaciando de contenido la soberanía y el poder.
Trump, como el universo, aborrece el vacío. Y Europa ha generado vacíos estratégicos por doquier: por falta de voluntad y por incapacidad para actuar. De ahí que Groenlandia caiga por desidia danesa e inanidad europea. El despliegue militar europeo para “mostrar fuerza” —un puñado de soldados de aquí y de allá— ha sido, como dijo un ministro italiano, un mal chiste.
El mundo que viene, el mundo después de Davos, combinará tecnologías del siglo XXI —IA incluida— con principios geopolíticos del siglo XIX. O antes. El Hombre de Davos creía haber superado a Tucídides. La realidad no.
Mientras Estados Unidos y China compiten por la inteligencia artificial o el espacio, los líderes europeos se concentran en impedir que los tapones se separen de las botellas de plástico. A la asfixia de la innovación se suma una deriva cada vez más autoritaria que sofoca la disidencia frente al establishment de Bruselas.
Hay fechas que marcan bisagras históricas: el 12 de octubre de 1492, el 14 de julio de 1789. Estoy convencido de que el 21 de enero de 2026 será una de ellas.
El Mundo de Davos ha muerto.
El mundo después de Davos acaba de empezar.