Trump no debe caer en la trampa de las negociaciones con Irán
No se puede confiar en que los déspotas islamistas de Teherán cumplan los acuerdos. Lanzarles un salvavidas, que utilizarían para seguir sembrando muerte y terror, sería un error garrafal.

Ali Jamenei y Donald Trump
Donald Trump fue reelegido a la presidencia para drenar el pantano de Washington, hacer retroceder la marea de la inmigración ilegal y revertir la indeseable influencia del tóxico izquierdismo woke en el Gobierno y la sociedad estadounidenses. No volvió a la Casa Blanca para propulsar un cambio de régimen en Irán, ni en ningún otro lugar. Esas dos verdades fundamentales son la base de cualquier argumento a favor de que Estados Unidos evite involucrarse activamente en los esfuerzos por derrocar a los teócratas islamistas de Teherán.
Sin embargo, existe otro ángulo desde el que considerar esa cuestión.
Independientemente de lo que sí hay en su agenda o en la de sus votantes, es igualmente cierto que la segunda Administración Trump no fue invocada para reeditar la fracasada política exterior de Barack Obama. Y eso es lo principal que el presidente y su equipo deben recordar mientras entablan negociaciones con Irán esta semana.
El régimen islamista está enviando a altos funcionarios a Turquía, donde planean reunirse con el enviado especial de Trump a Oriente Medio, Steve Witkoff, así como con su yerno y asesor informal, Jared Kushner. Estados Unidos dice que sobre la mesa hay toda una serie de temas, entre ellos el programa nuclear iraní, los misiles y el terrorismo. Los iraníes dicen que sólo quieren discutir la cuestión nuclear.
La locura de Obama con Irán
Es una fórmula para que Teherán haga lo que siempre ha hecho con los enviados occidentales, sobre todo estadounidenses, desesperados por llegar a un acuerdo con los mulás: ser ambiguos, dar largas hasta que los diplomáticos se rindan o cedan a las exigencias iraníes.
Es lo que le ocurrió al secretario de Estado de Obama, John Kerry. Llegó a las conversaciones con Irán en 2013 con mano dura, respaldado por sanciones mundiales que habían sacudido a un régimen que se tambaleaba debido al malestar interno. En el transcurso de los dos años siguientes, Kerry abandonó las exigencias y promesas electorales de poner fin al programa nuclear iraní y a su papel como principal Estado patrocinador del terrorismo en el mundo. El resultado fue el acuerdo nuclear de 2015, que garantizaba que el país acabaría consiguiendo un arma nuclear en lugar de impedir que construyera o adquiriera una.
Rescató a los teócratas islamistas del aprieto que habían creado en casa y los inundó con miles de millones en efectivo, utilizados para reprimir la disidencia en casa y sembrar el terror en todo Oriente Medio.
Eso es exactamente lo que el líder supremo iraní, el ayatolá Ali Jamenei, espera que vuelva a ocurrir en las conversaciones con el equipo de Trump. Se producen mientras su Gobierno se ve sacudido por las masivas protestas de las últimas semanas, reprimidas con el asesinato de hasta 30.000 manifestantes. Jamenei sabe que necesita un salvavidas. Sabe que una repetición de la campaña aérea israelí-estadounidense del verano pasado, destinada a debilitar la capacidad del régimen para proyectar el terror en el extranjero, podría ser la chispa que finalmente haga saltar por los aires al Gobierno islamista. Un acuerdo ahora mismo con Washington le asegurará sobrevivir y vivir para luchar contra el "gran Satán" ―irónicamente, Estados Unidos, la misma entidad que puede darle un salvavidas― e Israel, el "pequeño Satán".
Eso ya sería bastante malo. Pero el espectáculo de repetir el patrón de apaciguamiento de Obama hacia Irán, desentendiéndose de sus promesas al pueblo iraní de que "la ayuda está en camino", sería un desastre para la política exterior del republicano y envalentonaría a sus enemigos en todo el mundo.
"Lejos de un credo aislacionista, la visión de Trump consiste esencialmente en proyectar y encarnar la fuerza estadounidense en el extranjero".
La línea roja, un mal precedente
También parecería la repetición de otro fiasco de Obama. El demócrata dio marcha atrás en su amenaza de 2012 al presidente sirio Bashar Assad, diciendo que si el déspota utilizaba armas químicas contra su propio pueblo, entonces cruzaría una "línea roja" y aseguraría una respuesta militar de EEUU. Fue simplemente otro mojón en el camino hacia la decadencia estadounidense. Al burlarse de la amenaza y traspasar a Rusia la tarea de lidiar con el problema, Obama echó por la borda la credibilidad estadounidense, entregando a Teherán y sus aliados una enorme e inmerecida victoria para sus planes de hegemonía regional.
Que le ocurriera lo mismo a Trump sería un desastre aún mayor, ya que sus éxitos en política exterior se fundaron en la actitud reacia de adversarios y aliados a poner a prueba su temple. Si, presionado por los críticos de extrema derecha y extrema izquierda que se oponen a una postura firme contra Irán, Trump cede, entonces nadie volverá a tomar en serio sus amenazas, ni debería hacerlo.
Es totalmente cierto que el presidente y el pueblo estadounidense preferirían evitar el uso de la fuerza militar contra Irán, así como que tienen nulo interés en librar una guerra terrestre allí o en participar de una construcción nacional. Washington no repetirá las políticas equivocadas del presidente George W. Bush que llevaron a Estados Unidos y a sus tropas a un atolladero iraquí. Pero Trump tampoco puede permitirse demostrar debilidad justo en el momento en que necesita proyectar fuerza si quiere lidiar con esta y otras dificultades en curso, como poner fin a la guerra en Ucrania.
La 'hubris' de Witkoff y Kushner
El dilema aquí es, en parte, la trampa que siempre supone hablar con un interlocutor poco sincero. Trump, Witkoff y Kushner se creen maestros negociadores debido a su pasado laboral en el sector inmobiliario, unido a los éxitos de la Administración durante el primer mandato del presidente, como la intermediación en los Acuerdos de Abraham entre Israel y cuatro países de mayoría musulmana.
Sin embargo, al igual que hizo Kerry, han demostrado estar demasiado ansiosos por llegar a un acuerdo con un régimen cuyo mejor y más letal momento es justamente cuando finge estar llegando a un acuerdo con Estados Unidos.
El problema, sin embargo, trasciende la hubris que Witkoff y Kushner meterán en las maletas que lleven a Estambul. Se trata también de cómo definir el enfoque de Trump en política exterior.
América Primero significa ver el mundo a través de un prisma realista en lugar de uno determinado por fantasías sobre un acercamiento a pueblos cuyo principal objetivo es destruir Occidente. Significa anular la sabiduría convencional del establishment de Washington sobre la importancia de apaciguar al régimen terrorista islamista, y asegurarse de que no utilice su riqueza petrolífera, su programa nuclear o sus fuerzas terroristas para desestabilizar Oriente Medio. Y significa ayudar a quienes contribuyen a los objetivos de la política exterior estadounidense sin necesariamente tener que luchar por ellos.
Lejos de un credo aislacionista, la visión de Trump consiste esencialmente en proyectar y encarnar la fuerza estadounidense en el exterior. Eso contrasta diametralmente con el tipo de debilidad que llevó al estallido de guerras en Oriente Medio y Ucrania en los cuatro años en que Biden calentó el asiento de Trump en el Despacho Oval.
Por eso el republicano se sumó al ataque de Israel contra el programa nuclear iraní el pasado junio que infligió el tipo de daño que hace improbable que puedan utilizarlo para lograr su sueño de hegemonía regional.
Y es, asimismo, la razón por la que Trump no debería caer en la trampa de las negociaciones con Irán justo en el momento en que un impulso decisivo contra ellos, tanto a través de sanciones como de ataques estratégicos, podría permitir al pueblo iraní derrocar al régimen que lo ha asesinado y oprimido durante los últimos 47 años.
No es solo que todo el mundo sepa que ningún acuerdo con Irán podría ser verificado por monitores independientes ni por sus propios medios, ni que el régimen sea digno de confianza para cumplirlo. Ya hicieron trampas en el pacto nuclear que firmaron con Obama y, prácticamente, en todos los demás acuerdos que el régimen ha suscrito desde que el movimiento islamista derrocó al sha de Irán en 1979.
Convertir a Trump en un pato cojo
Si el presidente da marcha atrás, eligiendo como destino cualquier resultado distinto a un cambio en el carácter fundamental del régimen iraní y su transformación de nido de terrorismo a vecino razonable, el daño autoinfligido será tan grande como el que sufrirán las esperanzas del pueblo iraní de una alternativa gubernamental.
Pocos presidentes se juegan más su reputación que aquellos que muestran que no se puede jugar con ellos, ni derrotarlos en una negociación. Rendirse ante Irán llevará inevitablemente a rendirse ante Hamás en Gaza. También acabará con cualquier esperanza de concluir la guerra de Rusia con Ucrania en términos aceptables para Occidente, o de disuadir a China para que no se haga con el poder mundial. Asimismo, mermaría su capacidad de actuación durante el resto de su mandato, que aún son tres años completos.
No podemos saber cuál sería el resultado de un ataque de Estados Unidos o de un ataque conjunto con Israel contra Irán, ni cuáles serían todas las consecuencias de una política semejante. Pero sí sabemos que no cumplir sus amenazas convertiría a Trump en un pato cojo en política exterior y le endosaría la responsabilidad de futuras masacres de iraníes a manos de sus tiranos islamistas. Es un precio que el presidente simplemente no puede permitirse.
© JNS