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El colapso demográfico de China y los fracasos de la ingeniería social

El fracaso de las políticas pronatalistas chinas ilustra una verdad fundamental que los políticos de todo el espectro ideológico se resisten a aceptar: la sociedad no es arcilla maleable en manos del Estado.

El presidente chino, Xi Jinping

El presidente chino, Xi JinpingVincent Thian/AFP.

Los datos publicados recientemente por la Oficina Nacional de Estadísticas de China revelan el problema más grave para el Partido Comunista: la tasa de natalidad cayó a 5,63 nacimientos por cada 1.000 personas en 2025, el nivel más bajo desde 1949. Con apenas 7,92 millones de nacimientos frente a 11,31 millones de muertes, China experimenta su cuarto año consecutivo de declive poblacional. Este colapso, además de ser una condena social y económica, es el epitafio de un concepto ideológico que atraviesa a los gobiernos de todo el mundo: la creencia de que el Estado puede construir, moldear a voluntad los comportamientos más íntimos de una sociedad.

La crisis demográfica china es el fracaso más elocuente del neoconstructivismo en tiempos modernos. Durante décadas, Beijing creyó que podía diseñar la sociedad perfecta mediante decretos, multas y coerción. Primero, con la política del hijo único (1980-2016), que incluyó abortos forzados y hasta secuestros de "niños ilegales". Y ahora, ante el envejecimiento acelerado, tratando de revertir el daño con la misma arrogancia planificadora: subsidios, guarderías gratuitas, impuestos a métodos anticonceptivos y hasta el increíble método de tocar puertas preguntando a los recién casados cuándo planean embarazarse. Pero nada funciona.

China eliminó la catastrófica política del hijo único en 2016, permitiendo dos hijos, luego tres en 2021, y finalmente implementó una batería de incentivos pronatalistas, desde bonos en efectivo por hijo hasta exenciones fiscales para guarderías y servicios destinados a encontrar pareja. El régimen declaró el aumento de la natalidad como una prioridad para la seguridad nacional. Sin embargo, los nacimientos en 2025 cayeron un 17% respecto a 2024, de 9,54 millones a 7,92 millones. En apenas nueve años, desde el pico de 2016 con 17,86 millones de nacimientos, China perdió más de la mitad de su natalidad, una caída más dramática que durante la Gran Hambruna de Mao.

"La autonomía individual importa, incluso en regímenes autoritarios. A pesar del inmenso poder del régimen chino, no puede manufacturar la vida de las personas".

La tasa de fertilidad, vale decir el promedio de hijos por mujer, ronda el 1,0, muy por debajo del nivel de reemplazo de 2,1 y se ubica entre las más bajas del planeta, comparable solo a Corea del Sur (0,75) y Taiwán (0,86). Las Naciones Unidas proyectan que la población china, actualmente de 1.404 millones, podría caer a 800 millones para el 2100. El fracaso de las políticas pronatalistas chinas ilustra una verdad fundamental que los políticos de todo el espectro ideológico se resisten a aceptar: la sociedad no es arcilla maleable en manos del Estado. Los comportamientos reproductivos responden a estructuras culturales que exceden los cortos plazos de una carrera política, y no se reconfiguran con decretos ni incentivos monetarios.

El daño de la política del hijo único es clave para entender los estragos de la ingeniería social y lo que cuesta revertirlos. Esta muestra de intervención autoritaria no sólo redujo la fertilidad; transformó mentalidades. Toda una generación creció en familias pequeñas con normas y valores enfocados al éxito temprano en la carrera profesional como forma de supervivencia. Generaciones criadas bajo el lema de que tener menos hijos significaba progreso. Décadas de violencia estatal en control demográfico dejaron cicatrices. La brutal implementación de la política del hijo único generó una desconfianza profunda hacia las nuevas iniciativas pronatalistas del Estado. Los incentivos actuales no borran ese trauma colectivo por arte de magia, por más que Xi Jinping así lo desee.

Hoy, el deterioro demográfico es tangible, diario, irreversible. En los últimos dos años, 36.000 centros preescolares cerraron sus puertas en China por falta de niños. La matrícula preescolar cayó de 48 millones en 2020 a menos de 36 millones hoy. Se cierran fábricas de alimento infantil, unidades obstétricas y cientos de miles de maestros pierden sus empleos. En los próximos años, todo el sistema educativo enfrentará la escasez de estudiantes. El mercado laboral perderá masivamente trabajadores y esto será letal para los sistemas de pensiones. Los adultos mayores de 60 años representan un cuarto de la población. La economía china enfrenta un futuro de consumo doméstico débil y debido a la dependencia de exportaciones el modelo es insostenible.

Lecciones para el mundo

El fracaso chino ofrece lecciones valiosas. La primera es que las políticas demográficas funcionan para destruir pero no para construir. El miedo puede reducir familias, pero el dinero no funciona para aumentarlas. La segunda es que las transformaciones culturales tienen inercia propia. Décadas de mensajes estatales promoviendo familias pequeñas crearon valores, aspiraciones y estructuras sociales que no se revierten con campañas publicitarias ni subsidios. Y la más importante es que la autonomía individual importa, incluso en regímenes autoritarios. A pesar del inmenso poder del régimen chino, no puede manufacturar la vida de las personas.

El descenso de la fertilidad en China es una bola de nieve que echó a rodar cuesta abajo. Las proyecciones más optimistas sueñan con la estabilización de la tasa de fertilidad en 0,8 hijos por mujer, una catástrofe que podría ser peor. Los matrimonios cayeron un 20% en 2024 a 6,1 millones, el mayor descenso registrado. En 2013, cuando Xi Jinping asumió el poder, China registró 23,9 millones de matrimonios. Diez años después: 5,97 millones.

Beijing podría abandonar la fantasía de revertir esta tendencia e intentar adaptarse a ella con la robotización acelerada, reformas al sistema de retiro y pensiones y ajustes económicos para una sociedad envejecida. Todas las alternativas serán impopulares y tenderán a eficientizar el gasto, pero no lograrán salvar al país del invierno demográfico. La clave es que los gobiernos no pueden solucionar las tasas de natalidad. Pueden remover obstáculos específicos, pero no pueden crear el deseo de tener hijos. Algunas fuerzas individuales están fuera del control gubernamental, la fertilidad es una de ellas. La historia de China es una advertencia: cuando el Estado intenta construir la sociedad perfecta, a menudo termina destruyéndola.

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