El peligroso impacto de estigmatizar a las fuerzas de seguridad
Ante hechos que dejan un sabor de injusticia, lo correcto es exigir investigaciones claras. Pero el clima de desprecio hacia la fuerza pública, alentado por la izquierda radical, es peligroso y profundamente dañino.

Protestas contra el ICE en Minneapolis
Después de la tragedia ocurrida en Minneapolis, en la que murió un joven tras los disparos de un agente de la patrulla fronteriza, es absolutamente necesaria una investigación que permita a todos los americanos conocer la verdad. El presidente Donald Trump así lo ha insistido y es la posición que ha tomado la Casa Blanca oficialmente. La angustia de muchos americanos por las imágenes de enfrentamientos violentos y la muerte ya de dos americanos es apenas lógica y símbolo de empatía, pero la preocupación por posibles errores, o malas prácticas, no debe llevar a la gente a caer en la estigmatización generalizada de las fuerzas del orden, ese es un camino peligroso e injusto.
Estados Unidos es un país que siempre ha valorado y respetado a aquellos que deciden proteger la seguridad de los americanos, ya sea como militares o en cualquier otra de las agencias de seguridad del Estado. Esa tradición no se puede perder. Cuando el presidente Trump decidió enviar la Guardia Nacional a D.C., vimos a la izquierda más radical imponiendo la absurda narrativa de que tener a militares en las calles de la capital creaba un ambiente de inseguridad. Lastimosamente, muchas personas cayeron en esa idea y vimos imágenes de ciudadanos acosando a los militares, insultandolos, grabandolos con sus teléfonos mientras los provocaban. Y tal vez muchas de estas actitudes no son delitos, pero ¿son correctas?
La respuesta debería ser clara, no está bien acosar a un militar e insultarlo por seguir órdenes y patrullar las calles de una ciudad. Estamos hablando de gente que pone en riesgo su vida por proteger un país y que ahora, producto de la retórica anti militar de la izquierda, están siendo tratados como villanos. Qué incentivo tendría un jóven que está decidiendo su carrera profesional, para ser militar, si además de poner en riesgo su vida, pareciera que cierto sector de la sociedad los repudia al punto de compararlos con nazis, y qué sería de un Estados Unidos sin jóvenes valientes dispuestos a tomar estos trabajos. La estigmatización que está promoviendo la izquierda no es correcta, ni es justa.
La situación en Minnesota es mucho más complicada que la de Washington, pero en el fondo plantea el mismo problema, y la misma intención dañina de la izquierda radical de impulsar un sentimiento antimilitar. Minnesota es un estado extremadamente liberal, y los dos eventos trágicos que terminaron en la muerte de dos americanos a manos de agentes, hacen la situación aún más complicada y sensible. Todos queremos justicia y que siempre se eviten las muertes en tanto sea posible, pero esas quejas no pueden hacer que la gente racional se vaya desbocada al extremo radical de la izquierda de calificar a los militares, a ICE, y a la patrulla fronteriza como nazis o perturbadores.
Si la gente quiere cambiar, por ejemplo, las leyes migratorias, lo correcto es que sus quejan vayan a los legisladores, que se manifiesten con el voto, pero no es correcto, ni es legal, intervenir y obstaculizar un operativo de ICE. En estos tiempos de tanta tensión es necesario mantener la templanza, y reconocer que de los dos lados hay puntos que pueden ser válidos, pero que la solución no es dejar de aplicar la ley y mucho menos atacar a los agentes. Imaginemos por un momento un estado en el que se cumplieran los deseos de los izquierdistas más radicales, qué pasaría si ICE no actúa y no puede capturar a los criminales, porque toda la gente, movida tal vez con un buen corazón, pero desinformados, salen a bloquear las calles. ¿Cuántas tragedias más como las de Jocelyn Lisel Nungaray o Laken Riley tendríamos que ver? La solución no es destruir ICE, ni impedir su trabajo, eso sería una tragedia.
Las dudas y los reclamos justos sobre posibles abusos de poder o malos comportamientos de agentes en particular no deben llevar a los americanos a una peligrosa e injusta estigmatización. Estados Unidos en gran medida es un país grande, por esos hombres que deciden poner en riesgo su vida y trabajar en las agencias de seguridad del Estado. La libertad de expresión es sagrada y el derecho a la manifestación es incuestionable. No obstante, la frustración no puede transformarse en un llamado a romper la ley, ni un posible error individual justificar que miles de estadounidenses pierdan de vista las reglas y olviden el respeto a la autoridad y el trabajo esencial que realizan los militares y los agentes de las diversas agencias.