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Bye bye, body positive: Sydney Sweeney y la revancha de las lindas

El wokismo es un fenómeno político reconvertido en berrinche de resentidos que creyeron que con la campaña de American Eagle podían resucitar su causa. Sin embargo, pese a haber penalizado la belleza en la cultura occidental, el mundo sigue considerando lindas a chicas como Sydney.

La publicidad de Sydney Sweeney en Times Square, Nueva York

La publicidad de Sydney Sweeney en Times Square, Nueva YorkAFP

Todo cambió para la empresa de ropa American Eagle, cuando la compañía lanzó una nueva campaña publicitaria protagonizada por la bella actriz Sydney Sweeney y versiones varias de la idea fuerza: «Sydney Sweeney tiene unos jeans geniales». Se trata de un claro juego de palabras con genes, que alaba no solo sus pantalones, sino también el cuerpo con el que nació.

Que una chica hermosa aparezca en la campaña publicitaria de una marca de moda no es precisamente un concepto revolucionario. Entonces, ¿cómo puede ser un escándalo que una marca utilice a una mujer atractiva para vender ropa en 2025? La respuesta está en el delirio ideológico que se apoderó de la industria publicitaria en los últimos años: un sector que, antaño célebre por creatividad, ironía, glamour y belleza, fue colonizado por la ideología woke. Hoy, una nueva generación de creativos comienza a rebelarse contra la estupidez y el fracaso de sus predecesores progresistas. Están hartos de que las marcas finjan ser virtuosas y, en su intento de moralizar a quienes no se lo pidieron, se conviertan en garantía de quiebra. El regreso al sentido común y a la claridad de propósito —que es vender, no adoctrinar— era una demanda social, como lo demuestran el éxito de ventas de American Eagle y la fama alcanzada por Sydney Sweeney.

Como resultado de la osada publicidad, la empresa, el anuncio y la mismísima Sydney Sweeney se han convertido en el tema de debate político de los últimos días. Abundan las quejas en redes sociales, donde diversos usuarios señalan —o más bien proyectan, suponen y alucinan— supuestas connotaciones de supremacía blanca, eugenesia, jerarquías racistas e imposición de ideales imperialistas. Ya el año pasado, Sweeney había causado revuelo al presentarse en Saturday Night Live enfundada en un escotadísimo vestido negro. Y eso que, en esa ocasión, no había ningún mensaje como el de American Eagle: era solo ella y sus atributos.

Sydney Sweeney, evidentemente, es una joven mujer blanca, notablemente dotada, que encarna un ideal de belleza que se ha intentado exterminar desde comienzos de este siglo —con especial furia en la última década, y con verdadera obsesión en los últimos cinco años. Lo que estamos presenciando es una reacción ante el hecho, incómodo para algunos, de que mujeres como Sydney sean percibidas por casi toda la humanidad como más deseables, tal como lo han sido a lo largo de la historia. Y eso provoca, comprensiblemente, resentimiento, envidia, ira, incluso violencia. Particularmente, entre quienes han pasado años repitiendo que el concepto de belleza es un constructo cultural y que todo es relativo. Sin embargo, pese a haber penalizado la belleza en la cultura occidental, el mundo sigue considerando lindas a chicas como Sydney…

Cualquiera que haya visto televisión, caminado por la calle o ido a la playa en los años 80 y 90 habría visto a muchas señoritas así. Sydney no habría representado en aquella época nada excepcional, y había mujeres mucho más esculturales y despampanantes. Estaban Pamela Anderson y las chicas de Baywatch, las supermodelos como Cindy Crawford, Linda Evangelista, Christy Turlington, Claudia Schiffer. Las pulposas como Carmen Electra, Denise Richards. Bellezas únicas como Brooke Shields, Kelly LeBrock, Imán o Kate Moss. Era una época en la que la belleza estaba en todas partes.

Y esto fue así hasta que los cobardes creativos de marketing corporativo decidieron que escuchar los berrinches de la izquierda woke era una buena idea. Creyeron, erróneamente, que a la gente le daba ansiedad y frustración ver chicas lindas. Confundieron a las activistas resentidas con la totalidad del público consumidor. Así que empezaron a mostrar cuerpos obesos en ropa interior Calvin Klein. Pusieron en la pasarela a modelos que parecían zombies y promocionaban como deseables a personajes con vello en las axilas como la hijastra de Kamala Harris. Durante años nos repitieron que el público prefiere verse reflejado en la pantalla, por muy feo que sea ese reflejo. Pasaron de idealizar lo bello a idealizar lo feo, y al hacerlo, privaron al espectador de algo esencial en la publicidad: el valor aspiracional de la belleza. Y así no es como funciona este negocio.

Los medios y la publicidad desarrollaron una nueva fijación con las figuras femeninas “reales”, lo que se dio en llamar body positive, un dogma que promueve la idea de que todos los tipos de cuerpos, sin importar su forma, tamaño o apariencia, son idénticamente agradables a la vista. Aparecieron anuncios de ropa interior que, en lugar de las top models habituales, mostraban gente deliberadamente fea. Fue la época en la que se originó el caldo de cultivo que derivó en el #MeToo, y a partir de ahí todos comenzaron a caminar con pies de plomo, debiendo decir que algo feo es “diverso” y siempre con el pánico de ofender. Por corrección política se fue eliminando la belleza femenina de las pantallas. El avance cultural de la izquierda se aceleró bajo la wokísima Administración de Obama, que convirtió a los viejos estándares de belleza en blanco de ataque. La primera presidencia de Trump tampoco enfrentó este ataque, y la izquierda identitaria y el feminismo de cuarta ola aprovechó para dar un salto cualitativo.

Entonces, Gillette decidió aleccionar a sus propios clientes acusándolos de masculinidad tóxica, y Bud Light, proclamó que Dylan Mulvaney no sólo era una mujer, ¡sino que era linda! Y si no te parecía así, bueno, eras directamente un fascista.

Durante la última década, la moda, la publicidad y la cultura abrazaron una muy peculiar interpretación de la inclusión; y la obesidad pasó de ser una preocupación médica a un motivo de celebración. Sports Illustrated, otrora símbolo de la salud y de la belleza, publicaba una portada con una modelo “de talla grande” luciendo, innecesariamente, un traje de baño revelador. Varias revistas y casas de ropa siguieron el ejemplo, exponiendo a sus propias chicas XL irresponsablemente, fomentando un modelo peligroso para la salud, pero orgullosas de su compromiso con la diversidad. Las modelos de tallas grandes llegaron a representar el 26,4% de todas las apariciones en los principales eventos de la Semana de la Moda a nivel global. Según datos de la propia industria, las marcas que usaron modelos XL en sus campañas publicitarias aumentaron un 41% en 2025.

Si Sydney Sweeney pesara 120 kilos, o si tuviera la cara llena de tatuajes y piercings, o si fuera el señor John Sweeney y tuviera barba, o si llevara el pelo verde y un keffiyeh al cuello, nadie se habría quejado. Pero tampoco habrían vendido ni un solo par de jeans. La razón hay que buscarla en el ABC de la publicidad: el público objetivo no se vería representado por estos personajes y, lo más importante, porque la mayoría no aspira a verse así. En general, todos soñamos con ser más lindos, no con ser más feos. Muchas mujeres quieren parecerse a Sydney Sweeney, ninguna sueña con ganar 100 kilos, tener granos y pelos por todos lados o estar desdentada.

Los medios tradicionales se llenaron de análisis sobre el anuncio, criticándolo por estar “dirigido a la mirada masculina”, y ¿cuál sería el problema? El problema es que tienen razón: la campaña, efectivamente, es muy seductora y eso da por tierra con la narrativa de que lo bello no importa, de que es un constructo de otra época, una etapa superada. Pero no, no es así, bastó que Sydney Sweeney se pusiera una camiseta sin mangas y se asomara a ver el motor de un auto para tirar 10 años de narrativa woke a la basura, revirtiendo diez años de ingeniería social feminista, dejando claro que las personas que gozan de la belleza no serán castigadas en la era Trump.

Y también bastó que caminara con sus ajustados jeans para que American Eagle creciera en ventas y el precio de sus acciones. Las chicas lindas sí venden productos y a nadie le importa un comino si eso afecta la sensibilidad de los ofendiditos. Las afirmaciones insólitas contra American Eagle tampoco importaron. Es evidente que a los consumidores les gusta ver belleza y confianza sin complejos. De hecho, surgió un nuevo anuncio de Dunkin’, que presenta a un joven atractivo promocionando sus nuevos productos y afirmando haberse convertido en el “rey del verano” gracias a su bronceado dorado, heredado de su genética.

El wokismo es un fenómeno político reconvertido en berrinche de resentidos que creyeron que con la campaña de American Eagle podían resucitar su causa. Esto es trágico en muchos sentidos, pero especialmente por el sentimiento de agravio profundo que arrastran estas personas respecto de la belleza ajena.

Que American Eagle haya pensado que podía lanzar esta campaña y que Sydney Sweeney se haya animado a hacerla (al momento de escribir estas líneas, la joven aún no se ha disculpado por ser linda) dice mucho. Es una fantástica noticia acerca de los cambios culturales que estamos viendo. El resurgimiento de la publicidad seductora, irónica y lúdica señala un cambio digno de celebrarse. Esta renovada aceptación del marketing, que es una parte fundamental del espíritu americano, sugiere que la sociedad está saliendo del largo período de autoodio, falta de orgullo y mediocridad. Por fin, las lindas tienen su revancha.

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