El papa es más que el hombre: por qué, independientemente de nuestras creencias, debemos resguardar la institución

Papa León XIV ofrece por primera vez la bendición en su presentación.
Hubo humo blanco. El cardenal protodiácono, Mamberti, fue el encargado de presentárnoslo: el nuevo papa es el cardenal Robert Prevost, quien decidió ser conocido por el nombre de León XIV. Se trata del primer papa estadounidense en la historia —aunque es profundamente latino.
Ha terminado, entonces, la jornada espiritual que mantuvo al mundo en vilo desde que, el pasado 21 de abril, falleció Francisco. Entonces, aunque es un evento que muchos ya hemos vivido, nos volvió a maravillar la Iglesia Católica, con su impresionante muestra de tradición, solemnidad y doctrina.
El funeral del papa, el cónclave —con las fumatas, de esa chimenea de la que se estuvo pendiente, acompañada siempre por un par de gaviotas— y la presentación del nuevo papa, puso al mundo entero en suspenso. Se puede decir, con tranquilidad, que no existe otro evento que capte de esta manera la atención universal.
Toda la emoción y la admiración de los rituales ha provocado la reflexión en muchos. Y una de las apreciaciones, que quizá se les pasó por la mente a la mayoría, es que eso somos. De eso venimos. De Roma. De la tradición católica.
El papa es mucho más que un hombre. León XIV podrá ser un gran papa —o uno gris—, pero lo que representa tiene un peso que trasciende su existencia ordinaria. Dijo Chesterton que el papado "es el trono más antiguo, inconmensurablemente el más antiguo, de Europa; y es el único al que un campesino podría subir (...) Es la única monarquía electiva real que queda en el mundo; y cualquier campesino aún puede ser elegido para ello".
Lo que León XIV representa nos sostiene. A todos. A ateos, agnósticos, protestantes, judíos o budistas que vivimos en Occidente. A todos nos sostiene. Porque el papado, la institución, el pontificado, con el sumo pontífice católico, ese que se va contando hasta Pedro, hace más de 2000 años, es el mayor símbolo de nuestra civilización.
Independientemente de nuestras creencias, si vivimos en Occidente, somos herederos de la tradición cristiana y, particularmente, católica. Y esa tradición, con sus símbolos, se erige en torno al papa. De esa tradición venimos. Nos da estabilidad, como diría Byung-Chul Han, porque los rituales nos estabilizan. Y el ritual es tradición. Y, como diría Roger Scruton, la tradición nos une, nos da sentido, causa e impulsa. De la tradición nacen las naciones, sus soberanías, y nuestras libertades.
Y de esa tradición, la Católica, del que el papa es columna, heredamos lo que nos dignifica.
El Colegio Cardenalicio eligió a León XIV bajo los frescos de Miguel Ángel y frente a su Juicio Final. La creación de Adán, probablemente la pintura más importante de la historia universal, fue mandada a hacer por el papa Julio II.
La última cena de Da Vinci; la Escuela de Atenas, de Rafael Sanzio. Al catolicismo también le debemos Las Meninas, porque Velázquez la pintó en la España católica. Sin el catolicismo, Dalí no hubiera pintado su Cristo. Los cantos gregorianos, que nos elevan, no existirían, Mozart no hubiera hecho su Réquiem, o Dante no hubiera escrito La Divina Comedia.
Están las basílicas y las catedrales, que se alzan sobre las grandes ciudades del mundo, que nos acercan a Dios, y de la que todo hombre es orgulloso. No hay investigación estética sin considerar la historia del catolicismo. Y también están la ley natural y su desarrollo en el derecho positivo. Santo Tomás con la razón, con el cuidado de la intimidad y la separación de la Iglesia y el Estado. Con la Escolástica, la tolerancia o la protección de los indígenas en las Américas.
El estudio occidental de Aristóteles, o de Platón; la ciencia, la moral o la dignidad humana. La subsidiariedad, la conciencia como tribunal interior o la caridad como virtud.
No hay forma de hablar de la historia o la grandeza de Occidente sin referirnos a la institución católica. En ese sentido, el papa, como máxima autoridad de esa institución, con una tradición de más de 2000 años, inalterable, con sus vicios mundanos pero su empeño espiritual, se vuelve un símbolo del que todos, independientemente de nuestros caprichos religiosos —o políticos—, debemos cuidar. Recemos, entonces, por el papa León XIV, para que haga darse cuenta al mundo de su grandeza. Y el mundo cuide de ese grandeza.