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ANÁLISIS

De prioridad estratégica a tierra de nadie: cómo Washington cambió su política exterior para América Latina tras el 11-S

Lo que durante décadas fue interés y atención, tras el ataque de las Torres Gemelas se convirtió en desidia e indiferencia.

Journalists hold microphones as the presidential seal and a circle of stars on the ceiling are seen.

Journalists hold microphones as the presidential seal and a circle of stars on the ceiling are seen.AFP

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Podrá ser una obviedad, e incluso uno de los mayores lugares comunes de este siglo: el mundo antes del 11 de septiembre del 2001 era completamente diferente al que hoy vivimos debido a la política exterior que en aquel entonces abrazaba la Casa Blanca y las consecuencias que esta tenía directa o indirectamente en Occidente. De todas las zonas y regiones que experimentaron un cambio drástico en este sentido, el caso de América Latina es indiscutiblemente el más abrupto y dramático, al tratarse de la principal zona de influencia estadounidense.

La visión y aproximación de Washington hacia los países del sur del Río Grande se encontraba en una transición aún no consolidada: pasar de casi cuatro décadas en una Guerra Fría en la que la principal prioridad en el tema Latinoamérica era prevenir la expansión soviética en dicha región, a promover activamente el libre comercio y políticas económicas más liberales mediante el Consenso de Washington y otros mecanismos que, si bien no produjeron enormes resultados en ese cortísimo plazo que duró, algunos expertos los consideraban lo suficientemente prometedores como para poder lograr los cambios esperados en un tiempo moderado. Por supuesto, siempre y cuando el compromiso estadounidense fuese real y no una postura y política que cambiaría de acuerdo con las inclinaciones ideológicas de cada nuevo presidente o a los acontecimientos geopolíticos.

Y sí, esta visión para América Latina se mantuvo en mayor o menor medida durante las tres primeras administraciones tras la caída de la Unión Soviética y el (aparente) fin del comunismo. Pero tan solo ocho meses después de que George W. Bush llegara al poder, sucedió el acontecimiento más devastador y determinante que ha experimentado Estados Unidos a lo largo de este siglo, el cisne negro que cambiaría la brújula de la política norteamericana. Hecho que afectaría directamente a Latinoamérica y cuyas consecuencias se siguen sufriendo hoy en día.

Porque lo que durante décadas fue interés y atención, tras el ataque de las Torres Gemelas se convirtió en desidia e indiferencia: de la Operación Cóndor y el Consenso de Washington se pasó a un abandono absoluto cuya consecuencia fue una preocupante deriva de izquierdas en la que cayó buena parte de la región, con algunos casos más devastadores que otros.

El chavismo y la deriva

El más importante y representativo de todos es el de Venezuela, país que, a pesar de formar parte y ser miembro fundador de la OPEP , era uno de los aliados más importantes y confiables de la región, para pasar a ser, junto a Cuba, uno de sus principales enemigos desde el ascenso de Hugo Chávez en 1998. Lo del gigante petrolero se convirtió en uno de los mayores dramas jamás vistos en el hemisferio occidental, al haber sido el país más rico y con mayor potencial de desarrollo de toda América Latina para eventualmente transformarse en un narcoestado, el país con la mayor crisis económica e inflacionaria del mundo, y en un peón y satélite de regímenes deleznables como el cubano, el chino o el ruso.

Para más INRI, la Venezuela socialista consiguió expandir sus tentáculos a lo largo y ancho del continente mediante el apoyo y financiamiento masivo a muchos otros regímenes del mismo corte. Hablamos de los Kirchner en Argentina, de Rafael Correa en Ecuador, Evo Morales en Perú, o Lula da Silva en Brasil. Asimismo, solidificó la débil estabilidad de las dictaduras de Cuba y Nicaragua, e incluso les brindó apoyo y santuario a varios de los peores grupos terroristas y narcotraficantes de la región. El chavismo se convirtió en el gran corruptor y destructor del rumbo que buena parte de América Latina seguía tras la caída de la URSS y antes del 11 de septiembre, pero nada de esto habría sido posible sin la absoluta indisposición de la Casa Blanca de evitar la debacle de una región que siempre estuvo entre las principales prioridades de su política exterior, y que de un momento a otro pasó a una especie de ostracismo que columpiaba entre la más absurda incomprensión y la ideologizada estupidez de que representaba un deber moral por parte de la Casa Blanca el desentenderse de Latinoamérica al ser la culpable de todos sus males históricos.

Mínimo interés

Desde la decisión tomada por el Departamento de Estado de Bush de enfocar como la máxima y principal prioridad el Medio Oriente, la visión hacia América Latina pasó más por determinados temas de seguridad nacional, siendo la migración y el narcotráfico los puntos principales. Básicamente, cualquier clase de régimen que gobernara algunos de estos países sabía que, si no contaba con alguno de estos temas en un nivel que pudiera incomodar a Washington, este contaba con luz verde para operar a sus anchas, sin importar que se manifestara en contra de los intereses de la Casa Blanca o tomara posturas y decisiones que durante la Guerra Fría habrían sido motivo suficiente para ser derrocado.

Sin embargo, no sería del todo descabellado asegurar que ni siquiera estos temas eran tomados del todo en serio por la Casa Blanca, si tomamos en cuenta que incluso males como el narcotráfico podían ser fácilmente dejados a un lado si interferían con alguno de sus intereses en el Medio Oriente. En este caso, el ejemplo más claro se ve en la decisión de la Administración de Barack Obama de obstaculizar el Project Cassandra: una operación liderada por la DEA, y cuyo fin no era otro que ejecutar un fulminante golpe contra la organización terrorista Hezbollah mediante el desmantelamiento de la estructura financiera que tenía en parte de Sudamérica mediante el narcotráfico.

A pesar de que algunos medios llegaron a asegurar que la operación se encontraba lo suficientemente avanzada como para poder ejecutar acciones, Obama evitó que esto ocurriera debido a que en ese entonces negociaba su acuerdo nuclear con el régimen iraní, y consideraba que asestar semejante golpe al Hezbolá representaría un inconveniente lo suficientemente grande para la teocracia musulmana como para echar por tierra el pacto. Al final del día, el Project Cassandra quedó prácticamente sepultado y el controversial acuerdo pudo salir adelante, sin importar que numerosas investigaciones hayan revelado que la organización terrorista generaba aproximadamente $1.000 millones de dólares al año mediante el contrabando de cocaína, con buena parte de esta dirigida a los Estados Unidos.

Como era de esperar, en semejante escenario y ante el vacío dejado por la Casa Blanca, buena parte de sus enemigos geopolíticos aprovecharon la oportunidad e hicieron de lo que históricamente fue la zona de influencia estadounidense una región en la que podían expandir sus intereses, hacerse con determinados recursos, desarrollar aliados estratégicos e incluso instalar regímenes afines. Todo esto, con el narcotráfico y la migración acrecentándose y saliéndose completamente de control, mientras que la situación en el Medio Oriente se hacía más convulsa y compleja a medida en que pasaban los años, con el ascenso de nuevas tiranías, nuevas guerras, nuevos grupos terroristas y nuevos atentados en Occidente por parte de psicópatas musulmanes.

Solo el tiempo determinará si fue un error o un acierto el accionar de Estados Unidos en el Medio Oriente tras los ataques del 11 de septiembre, aun ante el hecho de que la Casa Blanca estaba forzada y obligada moralmente a ejecutar una contundente respuesta que sirviera como mensaje y como precedente. Sin embargo, lo que es un hecho más que incuestionable es que su indiferencia con América Latina resultó en un despropósito colosal que directa e indirectamente ha afectado a todo el continente y le ha costado a Washington billones de dólares como consecuencia.

Desde la llegada de Donald Trump, especialmente desde su segundo mandato, la Casa Blanca parece decidida a retomar el rumbo de una Estados Unidos que asume a Latinoamérica como una región prioritaria en su agenda exterior. Sin embargo, nada de esto servirá de algo si no se trata de una visión bipartidista que se mantenga de forma continua sin importar quién ocupe la Casa Blanca.

Porque si existe una región sin la cual no podría entenderse el pasado, presente y futuro de Estados Unidos, esta es América Latina. Y su declive representaría, casi de manera irremediable, un severo debilitamiento de la mayor potencia de Occidente.

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