11-S: el día más largo
Probablemente sólo haya dos personas en todo el mundo dispuestas a luchar y capaces de defendernos: Donald Trump y Benjamín Netanyahu. Y por eso están siempre en la diana de los enemigos de Occidente

Donald Trump y Benjamin Netanyahu
Casi tres mil sillas vacías cuidadosamente alineadas en el Bryant Park de New York sirven de silencioso homenaje a las víctimas del 11-S en su 25 aniversario. Yo recuerdo vívidamente lo que estaba haciendo aquel fatídico día en aquella hora tan oscura de la historia reciente. Y como yo, mucha gente. Pero para casi el 40% de la población americana el atrevimiento de Ben Laden es algo que no vivieron directamente, sino un acontecimiento del que han sabido por amigos, las redes, la prensa o los museos.
Por eso no debemos sorprendernos de que todavía hoy la pregunta que se hace una parte importante de la población sea una muy simple: ¿cómo pudo ocurrir algo así? O lo que es lo mismo, pero más racional: ¿por qué Al Qaeda, el terrorismo islámico, atacó a América? Y, sin embargo, 25 años después de aquel día, la pregunta que habría que hacerse no es por qué, sino si podría volver a suceder. Si el terrorismo islámico pudiera, ¿atacaría otra vez a los Estados Unidos?
No hay una respuesta fácil, me temo.
De acuerdo con la última estrategia de seguridad nacional americana, de diciembre de 2025, y la más reciente Estrategia Contraterrorista, del pasado mayo, la amenaza del terrorismo islamista ha pasado a un segundo plano, adelantada por la rivalidad entre las grandes potencias y organizaciones criminales internacionales. El éxito de la guerra contra el terror, del esfuerzo de las agencias de inteligencia y de la cooperación internacional no solo habría diezmado los cuadros y las capacidades de grupos como Al Qaeda y erradicado el Califato impuesto en Siria e Irak por el Estado Islámico o ISIS, sino que habría limitado el alcance geográfico de la actividad terrorista a parte del África subsahariana. Los numerosos ataques aislados, con apuñalamientos o atropellos como modus operandi esencial, no alcanzaría un nivel de amenaza tal como para poner en jaque a toda una nación.
Y es verdad. Los aciertos en la lucha contra el terror islámico han sido muchos en el terreno operativo (a pesar de los grandes errores en el plano estratégico, particularmente la salida deshonrosa de Afganistán, que devolvió el poder a los talibanes justo cuando se cumplían los 20 años del 11-S): Osama, eliminado; Al Zawahiri, eliminado; Al Zarqawi, eliminado; Al Bagdadi, eliminado; Al Quarashi, Abu Hasan y Abu Hafs, eliminados.
No obstante, hay que refrescar la memoria: la comisión oficial que estudió el 11-S responsabilizó del fracaso operacional para detener aquellos ataques a “una falta de imaginación” que impidió ver y comprender lo que se estaba fraguando. Eso sobre el cómo pudo suceder. Sobre el porqué, conviene recordar que el terrorismo islámico no atacó a América por sus acciones en el mundo, por lo que hacía, sino por lo que era y representaba: una sociedad infiel, decadente y en descomposición, aliada de las corruptas monarquías del Golfo, con las que también había que acabar. Al Qaeda quería llevar adelante la guerra santa, la yihad contra Occidente, golpeando a su máximo exponente allí donde más le dolía, en su propio suelo y sobre los símbolos de su poder económico y militar; y, de no haberlo impedido los pasajeros del vuelo 93 de United Airlines, también contra las instituciones de su poder político: la Casa Blanca o el Capitolio.
La capacidad de destrucción del terror depende de dos factores: su capacidad para actuar y su voluntad de hacerlo. Sería una traición al 11-S y un nuevo fallo de nuestra imaginación pensar que, porque las capacidades terroristas han mermado significativamente, se han doblegado la voluntad y las ganas de victoria de los terroristas. Quizá la mejor prueba de que el islamismo no renuncia nunca a alcanzar sus objetivos sea el ataque que Hamas lanzó sobre Israel el 7 de octubre de 2023 y su empeño en mantenerse en el poder en Gaza aunque eso conllevase incrementar el sufrimiento de su propia población, a la que consideraba sacrificable si así creía poner a Israel contra las cuerdas en la arena mundial.
El islamismo ha encontrado en las fuerzas anticapitalistas un aliado simbiótico con el que luchar para imponer su visión medieval del mundo.
Por otro lado, la experiencia europea no nos permite ser muy optimistas. Cierto, los días de los grandes atentados, como el 11-M de 2004 en Madrid, la escuela de Beslán en 2004 en Rusia, el 7/7 de 2005 en Londres, Bataclán en París en 2015 o el del aeropuerto de Bruselas en 2016, parecen haber sido superados gracias a una labor policial y de inteligencia más intensa , pero los atentados con arma blanca o mediante atropellos no han dejado de sucederse a lo largo y ancho de Europa. Con todo, eso no es lo peor. Lo peor es el velo de silencio que las autoridades políticas y la prensa han impuesto para evitar toda referencia a la componente islamista, dando por bueno que este tipo de ataques responde a perfiles sicológicos de enfermos y perturbados. Por qué el islam alimentaría ese tipo de perfiles es algo que nadie parece interesado en abordar.
Los dirigentes europeos, lejos de aspirar a preparar a sus poblaciones frente a la amenaza persistente del terrorismo islámico, han elegido la opción del adormecimiento colectivo. Y cuando no se nombra al enemigo es imposible vencerlo.
Las razones de esta actitud cobarde y suicida son varias, pero nadie puede ignorar que el constante aumento de la población proveniente de países musulmanes y la total incapacidad para integrarlos en la sociedad y los valores occidentales llevan a una radicalización de los más frustrados –normalmente los más jóvenes– que, si no se le pone nombre y apellidos, resulta imposible frenar. En ese sentido, la acción de las fuerzas de seguridad es una tarea eterna, como la de Sísifo, destinada a fracasar por una cuestión matemática: es más fácil y barato radicalizar a un joven musulmán que formar a un policía.
Que el futuro ha dejado de ser lo que era –o esperábamos– está muy claro: un alcalde musulmán y comunista va a estar al frente de las celebraciones del 25 aniversario de los ataques de Al Qaeda contra New York. Y la pluma con la que firmó el acta municipal sobre esas celebraciones se la regaló a su principal cargo legal, Ramzi Kassem, abogado defensor de Ahmed al Darbi, terrorista de Al Qaeda conectado con el 11-S, lo que ha indignado a los familiares de las víctimas, entre otros.
Puede que los grupos terroristas islámicos sean hoy más débiles que hace unos años. Pero su causa contra Occidente, claramente no. Es más, el islamismo ha encontrado en las fuerzas anticapitalistas un aliado simbiótico con el que luchar para imponer su visión medieval del mundo. Pero eso es algo que tampoco es nuevo: Jomeini se valió de los comunistas iraníes para acabar con el Sha; luego los masacró e impuso su república islámica fundamentalista.
Basta con un poco de memoria para tener las cosas claras. Por eso la izquierda mundial está en guerra contra la Historia, para imponer su versión de los hechos. Si ganan, estaremos condenados a repetir nuestros errores y, tarde o temprano, otro 11-S volverá a sorprendernos.
Probablemente sólo haya dos personas en todo el mundo dispuestas a luchar y capaces de defendernos: Donald Trump y Benjamín Netanyahu. Y por eso están siempre en la diana de los enemigos de Occidente, de fuera y de dentro de nuestras sociedades. También por eso son tan odiados. Hoy y dentro de otros 25 años.