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“Decapitar y delegar”: la estrategia que Trump usa en Venezuela y que podría replicarse en Irán y Cuba

La Administración Trump espera que los venezolanos e iraníes asuman la responsabilidad de lograr la transición hacia la democracia, sin necesidad de que Estados Unidos despliegue tropas en el terreno.

Una mujer sostiene fotografías del difunto líder iraní, Ali Khamenei, con una bandera venezolana

Una mujer sostiene fotografías del difunto líder iraní, Ali Khamenei, con una bandera venezolanaAFP

Emmanuel Alejandro Rondón

La Administración Trump está adoptando un enfoque fresco para provocar cambios de régimen en países adversarios: eliminar o neutralizar a sus líderes, como sucedió en Venezuela el pasado 3 de enero, pero dejar que la transición política sea asumida, en principio, por altos jerarcas del propio régimen descabezado y, posteriormente, por los ciudadanos del país afectado.

Algunos funcionarios estadounidenses han resumido esta estrategia de forma contundente e inequívoca: “Decapitar y delegar”. El concepto —mencionado en un análisis reciente publicado en el Wall Street Journal— describe un modelo, utilizado en 1991 por George H.W. Bush en Irak, en el que Washington actúa para remover a la cúpula del poder, pero evita involucrarse directamente en la reconstrucción política posterior, algo que sí hicieron sus predecesores demócratas y republicanos en países del Medio Oriente.

Con esto, la Administración Trump busca debilitar o desarticular a regímenes considerados hostiles sin repetir las largas y costosas intervenciones militares que marcaron las guerras de Irak y Afganistán.

Venezuela, primer caso de éxito, por ahora

La estrategia de Washington se está aplicando, por ahora con éxito, en Venezuela.

El pasado tres de enero, fue capturado por fuerzas estadounidenses el exdictador chavista Nicolás Maduro, quien ahora enfrenta cargos por narcotráfico y terrorismo en Nueva York. Según las acusaciones de EEUU, Maduro lideró el Cártel de los Soles, instrumentalizó a la banda criminal Tren de Aragua, intentó inundar a EEUU con cocaína, fundió la economía venezolana generando el mayor éxodo migratorio de la historia reciente y reprimió a sangre fría a los venezolanos.

La intervención militar, a pesar de que removió al jefe chavista, dejó intacta gran parte de la estructura política que gobernaba de facto el país.

Tras la operación, el poder fue asumido de manera interina e inmediata por la vicepresidenta chavista Delcy Rodríguez, quien desde enero ha mantenido constantes comunicaciones con Washington, que por el momento tutela una transición que, según el secretario de estado Marco Rubio, está programada para tres pasos: estabilización, recuperación y transición

Desde la captura de Maduro, el régimen interino de Rodríguez se vio en la obligación de impulsar una ley de amnistía —muy cuestionada por diversos sectores de la sociedad venezolana que la consideran incompleta y politizada—, liberar a cientos de presos políticos y dar una imagen de aperturismo hacia la libertad de prensa y política. Si bien los pasos son pequeños y lentos, los venezolanos, de forma mayoritaria, consideran que el país va a mejorar notablemente en materia económica en los próximos meses, a pesar de ser escépticos con Rodríguez y el resto de la cúpula chavista. Marco Rubio, el presidente Donald Trump y la líder opositora María Corina Machado son los políticos más populares en el país

Según el análisis del Wall Street Journal, el objetivo último de la Casa Blanca, luego del interés en el sector petrolero y minero venezolano, es presionar para cambios políticos sin asumir el control completo del Estado venezolano ni desplegar grandes contingentes militares que aseguren una transición democrática.

La Administración Trump, según funcionarios estadounidenses, espera que la propia sociedad venezolana impulsará una transición política una vez el país esté en condiciones de un proceso democrático.

¿Un modelo para exportar?

Si bien todavía es pronto para determinar si Venezuela se convertirá en un caso de éxito a largo plazo, el enfoque adoptado por la Administración Trump en Caracas parece lo suficientemente sólido como para intentar replicarlo en otras latitudes. Incluso, dentro de la Casa Blanca comienza a popularizarse el mote “la Delcy Rodríguez de…” para referirse a la búsqueda de posibles sucesores dentro de las estructuras de poder de regímenes como los de Irán o Cuba.

Tras ordenar ataques contra objetivos del régimen iraní, Trump ha instado públicamente a la población del país a provocar un cambio político interno. La idea sería replicar la fórmula utilizada en Caracas: decapitar al liderazgo del régimen mientras se espera que las fuerzas internas —oposición política, sociedad civil o incluso sectores del propio aparato estatal— impulsen una transición, con la esperanza de que sean mejores líderes que los anteriores.

En palabras del propio enfoque descrito por funcionarios estadounidenses al Wall Street Journal, se trata de remover a los líderes enemigos y delegar el futuro político del país a sus ciudadanos, evitando, de esa forma, entrar en guerras eternas, un concepto que chirria en lo más profundo de la sociedad estadounidense e impulsó el crecimiento del movimiento MAGA.

Evitar la guerra eterna

No es secreto que las intervenciones prolongadas en Afganistán e Irak generaron un profundo desgaste en la opinión pública y alimentaron el discurso político que prometía evitar nuevas guerras abiertas, con Trump siendo el principal abanderado de esta corriente.

Por ello, con el riesgo de volverse contradictorio y pisar sus promesas, la estrategia actual de Trump y su gobierno busca obtener resultados geopolíticos —como debilitar adversarios o reducir amenazas— sin desplegar grandes fuerzas en el terreno, con la ventaja tangible de siempre guardar una salida elegante del conflicto si los hechos no suceden cómo se esperaba.

Sin embargo, el enfoque no está exento de riesgos. Algunos analistas advierten que eliminar a los líderes de un régimen no garantiza que el sistema político cambie automáticamente y que las estructuras de poder pueden sobrevivir incluso tras la caída de sus figuras principales.

Alexander Downes, profesor de la Universidad George Washington y especialista en cambios de régimen, señaló que confiar en bombardeos o golpes contra la cúpula del poder para provocar una rebelión popular suele ser una apuesta incierta, especialmente en países con aparatos represivos consolidados como Irán.

Según Downes, sin presencia en el terreno resulta muy difícil desmantelar esas estructuras o impedir que el régimen reprima violentamente cualquier intento de levantamiento.

En una línea similar, Jon Alterman, experto en seguridad global del Center for Strategic and International Studies (CSIS), dijo que incluso cuando los líderes caen, los sistemas de poder pueden mantenerse intactos y adaptarse rápidamente, lo que pone en duda que la simple eliminación de la cúpula garantice una transición política duradera.

Aun así, para la Casa Blanca el experimento venezolano podría convertirse en un precedente. Si el modelo funciona, la doctrina de “decapitar y delegar” podría convertirse en la nueva fórmula de Washington para enfrentar gobiernos adversarios sin repetir las intervenciones militares del pasado.

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