EEUU designa un nuevo enviado para el Tíbet y provoca tensiones con China
El secretario de Estado, Marco Rubio, subrayó que la medida reafirma el compromiso de Washington con la protección de los derechos inalienables de los tibetanos y con la preservación de su patrimonio lingüístico y cultural, coincidiendo con la celebración del Año Nuevo tibetano.

Personas con atuendos tradicionales asisten a la ceremonia de oración del líder espiritual tibetano, el Dalai Lama.
La Administración estadounidense anunció la designación de Riley Barnes como nuevo coordinador especial para las cuestiones relacionadas con el Tíbet, un cargo creado por ley en Estados Unidos desde 2002 para supervisar y promover los derechos humanos, culturales y religiosos de la población tibetana.
El secretario de Estado, Marco Rubio, subrayó que la medida reafirma el compromiso de Washington con la protección de los derechos inalienables de los tibetanos y con la preservación de su patrimonio lingüístico y cultural, coincidiendo con la celebración del Año Nuevo tibetano.
La respuesta de Pekín
La respuesta de Pekín fue inmediata y enérgica. El Ministerio de Relaciones Exteriores de China calificó la designación de Barnes como una "interferencia en los asuntos internos de China" y reiteró que los asuntos del Tíbet son exclusivamente internos, rechazando cualquier injerencia externa, según la AFP.
Esta reacción refleja la sensibilidad histórica del gobierno chino frente a la atención internacional sobre la situación del Tíbet, un territorio que considera parte integral de su soberanía y donde mantiene un estricto control político y religioso.
La sucesión del Dalái Lama, líder espiritual del budismo tibetano
China, por su parte, califica al Dalái Lama de separatista y ha buscado limitar su influencia internacional, mientras que Washington mantiene un papel activo en defensa de la autonomía cultural y religiosa del Tíbet.
La tensión generada por la nueva posición estadounidense podría agravar aún más las fricciones diplomáticas entre las dos potencias, reflejando un choque persistente entre la política exterior de derechos humanos de EEUU y la postura de soberanía intransigente de China.