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La Iglesia de Inglaterra elige el odio: por qué el escándalo de Kairos II es mucho más que un mal día en York

La aprobación de Kairos II por una amplia mayoría del Sínodo General expone una profunda contradicción en la Iglesia de Inglaterra: después de adoptar la definición de antisemitismo de la IHRA y pedir perdón por siglos de antijudaísmo, hoy otorga legitimidad institucional a un documento que millones de judíos consideran una deslegitimación de su identidad y de su derecho a la autodeterminación.

Imagen referencial de la bandera de Inglaterra

Imagen referencial de la bandera de InglaterraAFP.

Hay una foto que circula desde el lunes que resume mejor que cualquier crónica el estado moral de la Iglesia de Inglaterra: un salón sinodal en York, obispos con sus alzacuellos, votando con las manos en alto para "escuchar" (eufemismo donde los haya) un documento que llama a Israel "entidad colonial, colona y excluyente" y en el que se suma a la narrativa islamista acusando a Israel de cometer un genocidio.

Sostiene que se trata de un proceso que "empezó en la mente de las potencias coloniales europeas" y que desembocó en un Estado, fundado en 1948, que el propio documento califica de "construido sobre el racismo". No es una lectura forzada de un texto ambiguo. Es lo que dice, literalmente, "A Moment of Truth: Faith in a Time of Genocide", también llamado Kairos II.

El resultado de la votación no deja lugar a dudas sobre el rumbo institucional: la Cámara de Obispos lo respaldó 25 a 0 (con apenas cinco abstenciones), el Clero 115 a 20, y el Laicado 113 a 27. Una mayoría aplastante, en las tres cámaras, para un documento que el rabino jefe Ephraim Mirvis definió sin medias tintas como "activismo político disfrazado de teología" y, tras la votación, como "vergonzoso". El propio Consejo de Diputados de las comunidades judías británicas había advertido antes del debate que el texto difunde "una narrativa tóxica sobre los judíos" y que "hará más por perpetuar el conflicto que por construir la paz". Incluso quienes intentaron matizar el rechazo terminaron reconociendo el problema de fondo: la rabina Charley Baginsky, del Movimiento por el Judaísmo Progresista, advirtió que el lenguaje de Kairos II sobre el sionismo es vivido por buena parte de los judíos no como una crítica a gobiernos israelíes puntuales, sino como un cuestionamiento a un elemento central de su identidad. Ni desde el sector más dialoguista del judaísmo británico se pudo salvar el texto.

La maniobra del Sínodo fue, un truco semántico que no engañó a nadie. No dijeron 'recibir' el documento... sino 'escucharlo'. Un juego de palabras que ni siquiera convenció a sus propios obispos: el obispo de Blackburn advirtió que "esas sutiles distinciones no hacen ninguna diferencia en cómo se nos percibe desde afuera". El reverendo Giles Fraser llamó a la votación "una desgracia" y recordó que Kairos II insta a los cristianos a "boicotear el diálogo con voces sionistas", es decir, con la inmensa mayoría de los judíos del mundo, para quienes el sionismo no es una ideología de laboratorio sino la forma concreta en que su pueblo dejó de depender de la buena voluntad ajena para sobrevivir.

Que la Iglesia haya adoptado formalmente en 2018 la definición de antisemitismo de la IHRA, que incluye explícitamente calificar la existencia de Israel de "empresa racista" como una forma de antisemitismo, y luego haya votado por aplastante mayoría a favor de "escuchar" con benevolencia un texto que hace exactamente eso, no es una contradicción menor. Es una traición a su propio compromiso, bajo la excusa de la "comprensión" y el "diálogo interreligioso".

Vale la pena detenerse en quién impulsó la moción: la Diócesis de Carlisle, es decir, básicamente Cumbria, una región donde el censo de 2021 registra entre 50 y 150 judíos en total. Fraser lo señaló con la ironía que merece: con "esta extensa experiencia de convivencia con la comunidad judía", la diócesis empujó al resto de la Iglesia hacia un texto que millones de judíos en el Reino Unido, muchos de ellos vecinos de otras diócesis, con historia familiar directa en el Holocausto, experimentan como una agresión a su identidad. Es el patrón de siempre: deciden quienes menos tienen que perder, sobre la piel de quienes sí lo tienen.

Lo más grave de Kairos II no es solo que hable de "genocidio" y "apartheid" con la liviandad de un panfleto de propaganda. Es que, al describir la masacre del 7 de octubre de 2023 como algo "nacido de décadas de injusticia, opresión y desplazamiento desde la Nakba de 1948", ofrece una justificación histórica al terrorismo de Hamas, la organización terrorista que gobierna Gaza por el terror, que ha robado la ayuda humanitaria destinada a su propio pueblo, que ejecuta a disidentes y que utiliza a los civiles palestinos como escudos humanos. Quienes promueven esta acción no muestran empatía sino ceguera selectiva. Si a alguien de verdad le importa el sufrimiento de los gazatíes, lo primero que debería pedir no es que se deslegitime a Israel, sino que Gaza deje de estar secuestrada por una tiranía islamista que la ha hundido en la miseria y el odio durante casi dos décadas. Eso, curiosamente, no aparece en ningún párrafo del documento.

El psicólogo evolutivo y comentarista Gad Saad tiene un término preciso para esta actitud: "empatía suicida", esa incapacidad de condenar la violencia del más débil aparente solo porque es percibido como "el más débil", incluso cuando esa violencia es genocida en sus propios términos declarados. Es exactamente lo que exhibió la Sínodo esta semana: mientras cristianos son perseguidos, expulsados y asesinados por islamistas en buena parte de Medio Oriente y África, la energía moral de la Iglesia de Inglaterra se concentra en flagelar al único Estado de la región donde los cristianos, y los ciudadanos de cualquier fe, pueden vivir, votar y practicar su religión con libertad.

Nada de esto ocurrió en el vacío. El mes pasado, la nueva Arzobispa de Canterbury, Dame Sarah Mullally, allanó el camino. Durante el propio debate sinodal defendió la moción afirmando que "Palestina, que el gobierno británico reconoció el año pasado, está desapareciendo". En ningún momento tuvo una palabra equivalente cuando los rehenes israelíes eran torturados, violados y asesinados en Gaza, ni sobre los cohetes lanzados contra civiles o sobre la naturaleza totalitaria de quienes gobiernan Gaza. El desequilibrio es una postura política.

La moción no es sólo un gesto retórico: también instruye a los inversores de la Iglesia (los Church Commissioners y el fondo de pensiones del clero, que manejan miles de millones de libras) a revisar sus políticas de inversión "a la luz" de la opinión consultiva de la Corte Internacional de Justicia de julio de 2024 sobre la ilegalidad de la ocupación. Es decir, no se queda en lo simbólico: detrás del lenguaje de "comprensión" y "escucha" hay un mandato concreto en dirección al desinvestimiento selectivo de Israel, con la maquinaria financiera de una de las instituciones más antiguas de Gran Bretaña puesta al servicio de esa agenda.

Y hay un ángulo constitucional que la propia Iglesia parece no haber pensado del todo. El ex arzobispo de Canterbury, Lord Carey, advirtió que el Rey Carlos III, gobernador supremo de la Iglesia de Inglaterra y patrono del Consejo de Cristianos y Judíos, podría verse ligado a una institución que ahora promueve activamente un documento capaz de "socavar décadas de construcción cuidadosa de relaciones" con la comunidad judía británica. No es un detalle protocolar: es la Corona misma quedando asociada, aunque no lo haya buscado, a un texto que reduce a Israel a una "empresa colonial construida sobre el racismo".

Hace apenas cuatro años, la propia Iglesia pidió perdón por casi mil años de antisemitismo cristiano, con motivo del aniversario del Sínodo de Oxford de 1222, que impuso a los judíos ingleses insignias identificatorias y les prohibió casi todos los oficios. El entonces arzobispo Justin Welby escribió que ojalá ese aniversario inspirara a "rechazar formas contemporáneas de antijudaísmo y antisemitismo". Cuatro años después, la misma institución vota por mayoría aplastante por un texto que niega el derecho de autodeterminación judía, exige boicotear el diálogo con sionistas y describe al Estado de Israel como fruto del racismo europeo. No hace falta ser teólogo para reconocer la distancia entre esas dos fechas como lo que es: una hipocresía institucional de proporciones históricas.

La Iglesia de Inglaterra no está actuando por ingenuidad ni por un exceso de compasión. Si bien unas pocas voces dentro de la propia Iglesia, como el obispo de Lichfield o el de Mánchester, sí objetaron el lenguaje de Kairos II durante el debate, el matiz interno no cambia el resultado: una mayoría abrumadora decidió dar espacio institucional a un documento que legitima la judeofobia y los libelos que se fueron difundiendo desde el 7 de octubre de 2023. Está haciendo lo que tantas instituciones progresistas occidentales hacen por miedo a un activismo que confunde el fanatismo con la justicia social, y que hoy corroe buena parte de la vida pública británica. La Iglesia de Inglaterra debería mirarse al espejo antes de volver a hablar de tolerancia. 

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